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Los
distintos pueblos de la Quebrada de Humahuaca, en la provincia
de Jujuy, al norte de Argentina, enlazan historia y tradiciones
de raíces ancestrales. Sus comunidades aborígenes conservan creencias
religiosas, ritos, arte, música y técnicas agrícolas que conforman
un patrimonio viviente, motivo por el cual la Quebrada fue declarada
Patrimonio Cultural de la Humanidad. Purmamarca
En
lengua aimará significa Pueblo de la Tierra Virgen, es
una localidad de origen prehispánico declarada Sitio Histórico
Nacional y cuyo trazado urbano se hizo en torno a la Iglesia principal,
Santa Rosa de Lima.
Sorprendido
por el turismo, este pequeño pueblo debió incrementar su infraestructura
para recibir a la gran cantidad de visitantes que la desbordan
cada año. No posee cadenas de hoteles cinco estrellas de que vanagloriarse
(lo cual es parte de su encanto); su orgullo reside en el Cerro
de Los Siete Colores, llamado así por la gama de ocres, verdes,
anaranjados, púrpuras y rosados que se combinan en sus laderas,
contrastando con la aridez del paisaje, cubierto de cactus y cardones.
Posiblemente
sea el pueblo norteño que mejor preserve su cultura, su arquitectura
y esa costumbre de que todo transcurra alrededor de la plaza.
Allí se ha instalado una feria donde se ofrecen productos típicos:
ponchos de lana de vicuña y llama, bufandas y gorros tejidos,
tapices, pantalones a rayas de colores estridentes, sonajeros
de semillas, collares y pulseras de alpaca y plata, miniaturas
de mujeres collas cargando sus ollitas de barro, entre otros souvenirs.
Es
en la plaza donde los jóvenes viajeros (los hay de distintos rincones
del país y del mundo) se agrupan alrededor de una guitarra y tiene
lugar la ronda de mate, bebida típica argentina a base de yerba
mate, que, según los expertos, no debe tener ni mucho palo ni
tan poco, y cuyo recipiente es un envase de calabaza o de madera,
de forma cilíndrica y algo ensanchado en la base. Se bebe con
una bombilla de metal que posee un pequeño filtro en la punta
y se coloca dentro del mate. Segundos antes de que rompa el hervor,
el agua debe ser retirada del fuego y ya se puede “cebar” (servir)
el mate, que pasará de mano en mano, respetando los turnos.
En los pueblos
que forman parte de la quebrada jujeña, la mayoría de los restaurantes
y comedores funcionan en las casas y son atendidos por familias
enteras, que se afanan en el preparado de locros, humitas, tamales
y cabrito asado, entre otras delicias autóctonas. En una oportunidad
en que me encontraba cenando en uno de estos locales, tuve que
atravesar la cocina para llegar al patio trasero donde se encontraba
el baño. Entonces entendí por qué tardaba tanto en estar
lista la comida: sentada en un rincón, silenciosa, una anciana
colla extendía el relleno de maíz y carne de cerdo sobre la hoja
de chala para luego envolverlo con suavidad, como arropándolo.
Con una lentitud entre exasperante y encantadora, aquella mujer
hacía de cada tamal una obra de arte. Volví a sentarme junto a
mis amigos y no dije nada de lo que había visto, pero sugerí comprar
algún snack mientras esperábamos la cena.
 
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