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Quebrada de Humahuaca
María Eugenia Krauss

Hace mucho
tiempo, los indios humahuacas vivían sin privaciones en
las tierras de su quebrada. Dicen que éstas eran verdes
y fértiles, y que en sus terrazas crecía el maíz
como crece la hiedra a la sombra de los árboles. Como no
era tan duro el trabajo, y su fruto abundante, los dueños
de esa tierra compartían la paz y la alegría en
fiestas interminables. Y dicen también que las cosas habrían
seguido así de no ser por la envidia de las tribus calchaquíes
y diaguitas, y la belleza de Zumac, la más hermosa de la
quebrada.
Ambas tribus aunaron sus fuerzas
para conquistar el territorio humahuaca. Prepararon arcos y flechas,
hondas y piedras y, sobre todo, prepararon a Zumac.
Como el único obstáculo
para sus planes era el jefe humahuaca, capaz de convertir a las
familias campesinas en un gran ejército de la noche a la
mañana, enviaron a Zumac a la ceremonia que tendría
lugar esa noche para seducirlo. A la hora del baile, conoció
al jefe. Se miraron a través del humo de la fogata, y más
tarde, la luna nueva los descubrió durmiendo entrelazados.
La noche era oscurísima sobre la quebrada, y nadie estaba
despierto para escuchar el silencio enorme que cubría el
valle como una manta.
El sorpresivo ataque de las
tribus aliadas no dio lugar a la defensa de los humahuacas. Ni
los que huían de sus casas, ni los que intentaron buscar
sus armas, ni los que se ocultaron en los maizales, ni los que
corrían desesperados hacia las montañas, ni uno
solo pudo escapar de la masacre. El mismo jefe murió como
uno más, pero antes maldijo a sus enemigos y les auguró
que aquella victoria de nada les serviría.
Y así fue. Al día
siguiente, cuando el sol iluminó la quebrada, el paisaje
era otro. El pueblo y los cultivos habían desaparecido.
La tierra se había secado, se había vuelto arenosa
y estéril, y estaba extrañamente teñida de
rojo, de morado...
¿Dónde estaban
los muertos, la sangre, los despojos? En vez de cadáveres,
sobre las laderas, entre piedras y polvo, había brotado
una planta desconocida. Miles de cardones, con sus verdes brazos
espinosos, poblaron las cuestas, los pasos y las cimas. Se levantaban
desafiantes, únicos pobladores del desierto que es hoy
lo que antaño fuera su tierra. Y en primavera, bajo el
cielo más azul que se conozca, dejan salir de entre sus
espinas increíbles flores amarillas, blancas y rojas que,
según dicen, son las almas de los desaparecidos indios
humahuaqueños...
Leyenda
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