Invitación al viaje:
Deja que tus historias me liberen de Tazmamart

Tokiofrenia

Seattle

Quebrada de Humahuaca


 

 

 

 

Quebrada de Humahuaca

 

María Eugenia Krauss

 

Hace mucho tiempo, los indios humahuacas vivían sin privaciones en las tierras de su quebrada. Dicen que éstas eran verdes y fértiles, y que en sus terrazas crecía el maíz como crece la hiedra a la sombra de los árboles. Como no era tan duro el trabajo, y su fruto abundante, los dueños de esa tierra compartían la paz y la alegría en fiestas interminables. Y dicen también que las cosas habrían seguido así de no ser por la envidia de las tribus calchaquíes y diaguitas, y la belleza de Zumac, la más hermosa de la quebrada.

Ambas tribus aunaron sus fuerzas para conquistar el territorio humahuaca. Prepararon arcos y flechas, hondas y piedras y, sobre todo, prepararon a Zumac.

Como el único obstáculo para sus planes era el jefe humahuaca, capaz de convertir a las familias campesinas en un gran ejército de la noche a la mañana, enviaron a Zumac a la ceremonia que tendría lugar esa noche para seducirlo. A la hora del baile, conoció al jefe. Se miraron a través del humo de la fogata, y más tarde, la luna nueva los descubrió durmiendo entrelazados. La noche era oscurísima sobre la quebrada, y nadie estaba despierto para escuchar el silencio enorme que cubría el valle como una manta.

El sorpresivo ataque de las tribus aliadas no dio lugar a la defensa de los humahuacas. Ni los que huían de sus casas, ni los que intentaron buscar sus armas, ni los que se ocultaron en los maizales, ni los que corrían desesperados hacia las montañas, ni uno solo pudo escapar de la masacre. El mismo jefe murió como uno más, pero antes maldijo a sus enemigos y les auguró que aquella victoria de nada les serviría.

Y así fue. Al día siguiente, cuando el sol iluminó la quebrada, el paisaje era otro. El pueblo y los cultivos habían desaparecido. La tierra se había secado, se había vuelto arenosa y estéril, y estaba extrañamente teñida de rojo, de morado...

¿Dónde estaban los muertos, la sangre, los despojos? En vez de cadáveres, sobre las laderas, entre piedras y polvo, había brotado una planta desconocida. Miles de cardones, con sus verdes brazos espinosos, poblaron las cuestas, los pasos y las cimas. Se levantaban desafiantes, únicos pobladores del desierto que es hoy lo que antaño fuera su tierra. Y en primavera, bajo el cielo más azul que se conozca, dejan salir de entre sus espinas increíbles flores amarillas, blancas y rojas que, según dicen, son las almas de los desaparecidos indios humahuaqueños...

Leyenda popular argentina

 

 

Arriba