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Asfalto y hormigón. Carreteras
que salen y entran, se anudan, se dividen. Se agolpan unas encima
de otras como serpientes. Se elevan sobre los límites de
la ciudad y caen sobre la superficie
del mar. Downtown se ve envuelto en una red de sombrías
arterias por la que circulan miles de vehículos. Puentes
y pasos elevados de color gris. Paseas por debajo de ellos, junto
a la bahía. Oyes el zumbido del tráfico a unos metros
sobre tu cabeza. Un hombre borracho está durmiendo entre
las malas hierbas que crecen allí. Piensas en aquel joven
rubio, con un pelo igual de sucio, que vivió algún
tiempo en un lugar así. Tal vez aquí mismo. Kurt
Cobain se llamaba, si la memoria no te falla. Lo echaron de casa
y dormía en estos puentes. Murió. Nada en la ciudad
lo recuerda. ¿Habrá algún otro Seattle? ¿Has
acabado en la ciudad equivocada? ¿Dónde están
aquellos jóvenes nihilistas y perdidos que inspiraron el
Troit (Ethan Hawke) de “Reality Bites” o aquel rockero (Matt Dillon)
de “Solteros”?
5,
Te alejas del corazón de la ciudad.
Las avenidas son más anchas y los rascacielos son ahora
casas bajas, similares entre sí, similares a las de cualquier
ciudad norteamericana. A la derecha un McDonalds lleno de luces
y banderitas. A la izquierda una gasolinera. Crees conocer al
gasolinero barrigón con perilla y gorra al revés.
Piensas en saludarlo. No lo haces. De pronto algo golpea la ventana
de tu coche de alquiler. Te asustas. Es un hombre disfrazado de
pollo gigante. Un hombre-anuncio que te da unos papeles de descuento
para quién sabe qué restaurante de comida rápida.
Va cantando una canción. La canta como si fuera un pollo.
La repite una y otra vez, desgañitándose. El semáforo
se pone en verde. Te alejas desconcertado.
6,
La ciudad se extiende durante kilómetros,
entre lagos y bosques, cambiando totalmente su fisonomía
al alejarte del centro. Cabañas de madera. Motosierras.
Caravanas. Montones de leña con hachas clavadas. Camionetas
destartaladas. Camisas de cuadros y gorras. Piensas en la gente
que vive aquí. Todavía Seattle. Entre los grandes
abetos y los pequeños lagos. Subes a una colina y observas
todo a tu alrededor. Piensas que en esas cabañas silenciosas
se esconden muchos secretos. Te inquieta la tranquilidad. Te recuerda
demasiado al Maine de Stephen King, en esta misma latitud.
7,
Hace
varios días que dejaste la ciudad. La piensas. La escribes.
Lees lo escrito. No puedes creerlo. ¿Realmente fue así?
¿Tanto se parece Estados Unidos a su propia caricatura
esperpéntica? La vuelves a pensar. La dudas. Al final desistes.
No encuentras otras palabras. Es así en tu corazón
y en tu memoria. En la realidad seguramente será más
amable. Piensas que deberías volver algún día
para averiguarlo, para no ser injusto. Sabes que no lo harás.

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