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Tokiofrenia

Seattle

Quebrada de Humahuaca


 

 

 

 


Tokiofrenia

 

Alberto Olmos
alberto-olmos@terra.es

 

Tokio es grande. Tokio es moderno. Tokio es mejor que tú y que todos tus amigos. Uno va a Tokio y piensa: «Oh». Incluso si vuelves a Tokio veinte veces tu pensamiento no da para más de dos letras. En la capital de Japón hay japoneses, hay extranjeros y hay minifaldas. Lo que no hay es basura. Tampoco papeleras. Los ciudadanos de Tokio llevan los bolsillos llenos de desperdicios personales; se pasan el día transportando sus colillas y pañuelos de papel y envueltas de Kit-kat de un lado para otro. Las mujeres llevan bolsos grandes porque generan mucha basura. Su bolso grande es de Louis Vuitton y ellas llenan de basura a Louis Vuitton. La población femenina de Tokio no se cuenta por mujeres, se cuenta por bolsos de Louis Vuitton. La población masculina se contabiliza por salary-man, unidad de medida que equivale a un hombre con corbata y camisa blanca a punto de volarse la cabeza por el estrés. Muchos lo hacen: se la vuelan, o se la llenan de gas, o se la corta un amigo después de clavarse ellos un puñal en el estómago. No están locos; sólo Yukio Mishima estaba loco, él no era salary-man, era escritor, no sufría estrés, y se mató por capricho, o por vanidad, o por cualquier otro motivo extravagante. Para matarse hay que tener una razón de peso, deudas, amantes, tumores, por lo menos para irse dejando algo de recuerdo. Los japoneses dejan sus teléfonos móviles de recuerdo, cuando se matan. Suena el teléfono del suicida y nadie lo coge. El teléfono también hace fotos y graba vídeos y te conecta a Internet, pero si estás muerto la conexión va de veras lenta. Pero todo se andará. Ahora han inventado un teléfono móvil para los ancianos. Los ancianos son gente simple que necesita tecnología simple. El teléfono móvil geriátrico tiene sólo un botón. Aún así, muchas viejecitas siguen pulsando la tecla equivocada. El próximo proyecto de DoComo Company es el teléfono para los suicidas. Que no estés con vida no es razón para no contestar al teléfono. Ése va a ser el eslogan. En japonés queda más corto, claro. En general, la lengua nipona hace cortas todas las cosas. Pasocom es Personal Computer; Aircon es Air Conditioner. Tengo más ejemplos, pero no quiero extenderme. Tokio. Llegas en tren y, si quieres, puedes pasarte todo el día dentro del sistema ferroviario. Hay tiendas en las estaciones; hay restaurantes. ¿Qué coño no hay en las estaciones? Si eres ciego seguro que no sabes nunca si has salido ya del Metro. Por eso en Tokio han puesto baldosas amarillas en el suelo, baldosas alineadas en su propio sistema de comunicación, que lleva a los invidentes de un sitio para otro. Estas baldosas tienen un dibujo muy pronunciado, de modo que los ciegos puedan seguir su ruta gracias a las plantas de los pies. Sin embargo, yo nunca he visto un solo ciego usando estos carriles de servicio. Supongo que estarían todos dándose masajes en los pies. Zatoichi era las dos cosas: ciego y masajista. En la Antigüedad los invidentes sobrevivían de manera digna. Los tiempos cambian y ahora hay ciegos trabajando en la televisión. Por ejemplo, Tamori-san. No ve pero sale por la tele para que todos le veamos. Dice unas chorradas el Tamori. Es comediante. Como Kitano. Kitano hizo de Zatoichi. Ergo todos son conexiones, en Japón. Por eso recomiendo visitar Tokio con un ratón en la mano. No un ratón de verdad, sino un ratón de los de clic y doble clic. A los tokiotas se les puede pinchar. Son puros links, los tokiotas. Si hace usted clic sobre Akiko se abre la web de Shibuya y hay un perro en mitad de la plaza. Es de metal, el perro, y no ladra porque le han soldado muy bien la boca. Si no, anda que no iba a ladrar. Aullaría, de hecho. Como usted si viera lo que acampa alrededor del perro. No, indios no, aunque también llevan minifalda. Las minifaldas salen todas del edificio 109 y el 109 (hay que explicarlo todo) es una tienda encima de una tienda encima de una tienda. ¿109 tiendas? Hombre, no. Dejémoslo en 103. Venden fashion, éstos, ropa de colores para las mujeres amarillas. Sobre todo minifaldas. Las japonesas son planas por delante y por detrás (por dentro la mayoría de las veces) y lo que les queda bien son las minifaldas. Akiko es supersexy pero no la mira nadie. Los japoneses (esto es sólo una teoría; yo tengo muchas teorías; también muchas deudas) no miran a las mujeres porque fuera de la pantalla de televisión, de la página del cómic o de Internet, no es lo mismo, claro. Pinchemos ahora en Hidecki. Hidecki es un pornógrafo. Shohei Imamura dirigió Los pornógrafos en 1966 pero se olvidó de hacerlo en color y a la gente no le gusta esta peli. Son así: lo quieren todo a color. Hidecki consume cómics porno y ve pelis porno pero no le basta. Se ha comprado una pequeña cámara de vídeo y la ha puesto en una bolsa de deporte y se ha lanzado a la calle a filmar minifaldas. No es el único. Hay quien pone pequeñas cámaras en el baño de señoras. El acoso digital es implacable en la ciudad de Tokio. El acoso castizo de la mano al culo también se lleva, pero es mas difícil. Las autoridades intervinieron y habilitaron vagones de metro sólo para mujeres. Lo pone bien clarito en el cartel. Sólo mujeres. Donde sólo hay hombres es en el pachinko. Mientras las mujeres dan vueltas por todo Tokio dentro de sus gineceos rodantes, los hombres juegan al Pachinko. No puedo explicar qué es el Pachinko porque no lo entiendo. Parece una mezcla de tragaperras y petaco. A los japoneses les hace felices y a sus dueños ricos, así que todos contentos. Porque eso sí, Tokio es feliz hasta dar asco. Venden felicidad en cada esquina porque no sólo la felicidad puede comprarse: es que la felicidad es el dinero. La filosofía zen es una mierda. La única manera de no desear nada es tenerlo todo. En Japón se acaba el stock de cualquier producto antes de que lo fabriquen. Qué digo: ¡antes de que lo inventen! Consumir no es alienarse; alienarse es leer a Proust, jodidas magdalenas alienantes. En Tokio no hay. Magdalenas. O las hay al revés: no sirven para evocar el pasado, sino para evocar el futuro. Comprar es vivir más, por lo menos hasta que se caduque la Coca Cola; por lo menos hasta que se acabe la mantequilla; por lo menos hasta que alcance uno la última pantalla del Resident Evil III. Tokio, entonces; es grande, es moderno, es mejor que tú y que todos tus amigos; Tokio digital y ciego, banda ancha de billetes. Oh, Tokio, oh; ríe ahora que ya te llegará tu tsunami.

 

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