El desarrollo
de un país no se mide por el PIB, sino por los indicadores de
educación, de salud, número de accidentes laborales, esperanza
de vida; de calidad de vida en general de las personas. Pero
si ya se ha salido de la miseria, el no seguir creciendo no
es ningún drama.
- No es por sonar pesimista, pero ¿cree realmente que a medio
plazo se puede salir de esta situación, sobre todo teniendo
en cuenta el modelo económico que impera en la actualidad
y el poder de las grandes multinacionales, que diariamente tiran
de esta idea de consumir como clave para el éxito?
- Hay dos
indicios positivos o esperanzadores. En primer lugar existe
una movilización ciudadana en forma de organizaciones de la
sociedad civil, de organizaciones de consumidores y usuarios
que van siendo cada vez más conscientes de estos problemas y
que no solamente le dicen a sus asociados que consuman responsablemente,
mirando etiquetas y mirando fechas de caducidad y ese tipo de
cosas (que es lo que hasta ahora ha centrado su atención), sino
que ya va habiendo organizaciones que introducen esta idea del
consumo responsable y la van divulgando entre la población.
Llegará
un momento, espero, en que la población será consciente
de cuáles son los límites del consumo responsable,
y entonces ésta comprenderá la necesidad de comprometerse
con los más desfavorecidos y con el medio ambiente para
que el consumo responsable se convierta en un horizonte de nuestra
conducta cotidiana. Por ejemplo, usando más el transporte público,
dejando cada vez más relegado el uso del coche particular, utilizando
energías limpias y procurando que el consumo diario de una serie
de productos se reduzca sensiblemente. Y que eso permita hacer
llegar un mínimo de consumo a gente que está en
la miseria. Hablo de «un mínimo» porque,
para extender el nivel de consumo de los países opulentos
a la humanidad entera, hacen falta dos planetas; de ahí
que debamos asumir los límites ecológicos.
El otro indicio
esperanzador viene de arriba. La ONU elabora desde 1990 el Programa
de las Naciones Unidas para el Desarrollo Humano, una clasificación
anual de acuerdo al nivel de desarrollo humano de los países
del mundo. Sus criterios, más cualitativos ahora que
cuantitativos, van calando entre los gobiernos. Ese gota a gota
crea en los gobiernos y poderes públicos una mentalidad
diferente, la de que hemos de trabajar en una línea de
desarrollo sostenible que nos lleve hacia un consumo cada vez
más responsable y menos despilfarrador.
- Esa obsesión por el consumo es tan fuerte que incluso en
los países menos favorecidos aspiran a consumir como en las
naciones más desarrolladas. ¿Cómo contrarrestar algo tan fuertemente
instalado?
- Ahí tenemos
que movilizarnos los ciudadanos, los que participamos en lo
que en principio sólo son modestas organizaciones de consumidores,
modestas revistas o modestas universidades que no suponen ninguna
revolución, y sin embargo son pequeñas gotas de agua que se
van juntando y que pueden llegar a crear lo que a menudo se
llama una masa crítica. La masa crítica es un concepto que se
utiliza en la química para decir que se necesita una mínima
cantidad de dos substancias para que puedan reaccionar entre
ellas y dar lugar a una tercera. Esto tiene también aplicaciones
en los cambios sociales, es decir, se necesita una cierta cantidad
de ciudadanos concientes que van haciendo día a día una serie
de actividades, como pueden ser controlar a las multinacionales,
denunciar una serie de problemas, trabajar por un consumo responsable
o lo que sea...
Esa masa
crítica de ciudadanos se puede lograr. Entonces los gobiernos
ya no podrán mirar para otro lado, sino que tendrán
que tomar medidas para solucionar esos problemas... Hay experiencias
históricas de cómo se han logrado cambiar cosas que eran escandalosas,
como el apartheid en Sudáfrica o las reformas a favor
del medio ambiente que se han ido haciendo en la legislación
de los países, aunque muchas veces no acaban de cumplirse.
Finalmente
es la presión de los ciudadanos conscientes, de la gente que
va haciendo pequeñas cosas, pero que esas pequeñas cosas se
van juntando, lo que logra que las cosas cambien.
- ¿Podría sintetizar el concepto de la ética para el consumo?
- Se podría
sintetizar en que cualquier persona que pretenda vivir éticamente
en este mundo tiene que replantearse sus hábitos de consumo.
Los hábitos de consumo, tanto a nivel personal como institucional,
deben ser revisados. Hay que preguntarse qué está haciendo mi
empresa, mi organización cívica; replantearse esos hábitos y
tener en cuenta cuáles son los límites ecológicos de un consumo
responsable y cuáles son las necesidades de consumo con respecto
a una mayor justicia social y a una mayor solidaridad con los
desfavorecidos de todo el planeta. Eso es un imperativo ético
de primera magnitud relacionado con ese valor que sería la igualdad
de todos los seres humanos. Y para conseguir que un mínimo de
consumo llegue a todas las personas de éste mundo, pues algunos
deberán reducir el suyo.
Los recursos
no están bien repartidos entre todos los seres humanos, no llegan
en igualdad de condiciones, al menos para que todos vivan dignamente.
Y eso está totalmente conectado con los hábitos de consumo irracionales
e injustos que hemos adoptado en los países opulentos.

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