- No siempre;
sólo en ciertas fases y hasta un cierto punto. En España, por
ejemplo, entre finales de los cincuenta y mediados de los ochenta
del siglo pasado. Entonces, el crecimiento permitió a la mayoría
de la gente comer más (y en algunos aspectos, mejor), permitió
estudiar y tener acceso a medicinas y cuidados médicos, tener
una vivienda en condiciones y tener vacaciones, tener luz y
agua corriente y hasta caliente. La expansión económica condujo
a más bienestar. Bienestar
material,
claro, pero es que de ése precisamente faltaba mucho. En una
sociedad donde la memoria del hambre, de las condiciones terribles
de las primeras etapas de la dictadura fascista de Franco, está
todavía viva, esa experiencia de mejora generalizada de las
condiciones materiales de la existencia, ligada al desarrollo
económico, me parece innegable. Todo puede discutirse, claro,
pero demasiada gente lo vivió de esa manera y no me parece razonable
mantener que se equivocaron.
En general,
las necesidades humanas se satisfacen con bienes y servicios
procedentes de tres fuentes. De la producción económica, distribuida
a través del mercado o del estado (muebles, vehículos, lecciones
recibidas en la escuela o atención médica en un hospital). Del
intercambio no mercantil con otros seres humanos (crianza, afecto,
cuidados, identidad, reconocimiento social). Y del medio ambiente
natural (agua para beber, aire para respirar, petróleo para
quemar). Cuando la primera de esas fuentes es escasa y las otras
dos son abundantes, entonces el crecimiento económico contribuye
mucho al bienestar, porque permite obtener más de lo que más
falta, porque incrementa lo que escasea. Porque el desarrollo
es precisamente expansión de la esfera económica a costa de
las otras dos. El problema comienza cuando hay mucha producción
económica pero las otras dos fuentes del bienestar humano se
han vuelto escasas; que es lo que pasa hoy.
-
¿Hay un límite para el desarrollo económico? Es decir, ¿cuáles
son las consecuencias de un crecimiento ilimitado, desmedido?
- Hay varios
límites, no sólo uno. Hay, por una parte, el punto en que más
desarrollo económico no comporta más bienestar, sino menos.
El desarrollo tiene siempre costes sociales y ambientales: con
él se gana poder adquisitivo pero se pierde calidad en los contactos
humanos y se pierden funciones útiles de la naturaleza. Hay
más dinero para pagar cuidadores de niños, de ancianos y de
perros, consejeros personales, restaurantes y viajes en automóvil
a bosques o playas lejanos; pero falta tiempo para disfrutar
de los hijos o de una larga y lenta comida con los amigos y
amigas (y el aire de la propia ciudad es un asco y las playas
próximas una cloaca). Este intercambio es inevitable: para poder
dedicar todo el tiempo a ganar más dinero hay que sacrificar
los contactos humanos y destruir el medio ambiente. Llega un
momento en que las pérdidas superan a los beneficios. Y entonces
más crecimiento ya no produce mayor bienestar, sino al contrario.
El desarrollo se convierte entonces en una condena. En muchas
sociedades ricas, y seguramente también en la nuestra, ese umbral
ya ha sido traspasado. El crecimiento es aún posible, pero ya
hace años que no es realmente deseable. Lo que ocurre es que
nadie sabe cómo parar la máquina sin dar paso al caos, pero
está muy claro que esa máquina no nos lleva ya a ninguna parte.
En el menos malo de los casos, supone un esfuerzo extenuante
para permanecer en el mismo sitio.
Otro límite
viene impuesto por la finitud del planeta. Por el hecho de que
se agota el petróleo barato, de que la atmósfera ya no puede
absorber más dióxido de carbono sin recalentarse en exceso o
de que el ritmo de extinción de especies animales y vegetales
supera el que se produjo cuando la desaparición de los dinosaurios.
Más allá de la capacidad de carga de la Tierra, el crecimiento
deja de ser posible y sólo apunta a un colapso económico y demográfico.
Aún pasarán diez o quince años antes de que esos efectos sean
visibles, pero seguramente se han traspasado ya los límites
que los hacen inevitables. En este sentido, la era del desarrollo
se ha acabado. Las propuestas interesantes y constructivas no
se refieren ya al desarrollo sostenible o cosas así, sino a
las diferentes versiones del posdesarrollo, a cómo se podría
conseguir que la inevitable cuesta abajo sea más o menos ordenada
y próspera.


