Un poquito de hambre

Por Jakob Gramms

La línea recta no siempre es el camino más corto hacia la meta. El sistema que rige la satisfacción de nuestras necesidades fisiológicas es un ejemplo de ello: en vez de ir directamente a saciar el hambre llenando de alimento nuestro estómago vacío, hace funcionar un circuito paralelo en el que la cascada de endorfinas nos compensa con la sensación de bienestar cuando hemos comido. Es como una carrera en la que no nos importa tanto la victoria en sí, sino el premio que nos van a dar: las burbujas del champán, el beso de la azafata, la foto en la prensa, los cinco minutitos de gloria.

A imagen y semejanza del mecanismo bioquímico que convierte en tan placentero el hecho de no morirnos de hambre, los inventores del complejo de culpabilidad crearon el pecado y la penitencia. Sólo que en este caso se trataba (más que de una cuestión de vida o muerte) de controlar los bajos impulsos del hombre: sembrando miedo y desconcierto, que nada más brotar habrían de buscar alivio en la exclusiva mano absolutoria del padre confesor; y vuelta a empezar. Con todo, la sublimación de los instintos animales fue necesaria para que pudieran nacer un determinado orden social y, en su estela, la Cultura.

Conforme el pan de cada día se iba ganando de un modo más cómodo al tiempo que menos directo, los circuitos de la motivación (es decir: carencia más satisfacción de la misma igual a recompensa) también se hicieron más sofisticados. Como cubrir las necesidades básicas ya no equivalía a una hazaña que justificara descorchar botellas, había que ir en busca de la golosina en otras áreas. La creación de nuevas demandas se hizo imperativa. El hambre se renueva de forma natural gracias al desgaste energético que la vida supone, mientras que las carencias creadas necesitan de un estímulo constante: la frustración por no tener.

Seguimos a unos modelos que nos sugieren que son lo que son gracias a que tienen lo que tienen. Lo que pasa es que, para tener lo que ellos tienen, debemos hacer un esfuerzo tal que en realidad nos costaría menos tratar de alcanzar directamente el ser sin dar ese rodeo tremendo por el tener. Máxime cuando al final el tener tampoco es una garantía para una forma de ser estable. El consumo es una especie de antibiótico de espectro amplio que se emplea para curar todos los males, los miedos y las frustraciones, pero cuyo efecto dura muy poco y, además, genera hábito. Su ciclo es parecido al que marcan el hambre y la saciedad, el pecado y la penitencia, y no dista mucho del que caracteriza una adicción.

Los feligreses acuden a los centros comerciales a comulgar con el rito de las fiestas de guardar para sentirse a salvo de los diablos y demonios azuzados por la propaganda. La rebeldía de los jóvenes ya no es reconducida al callejón sin salida de las drogas, sino que sus ganas de cambiar el mundo se amoldan, incluso antes de manifestarse, a los logos de sus marcas favoritas. Siempre será más sano eso que inyectarse el algodón rosa en vena, pero ¿quién se ocupará entonces de airear el ambiente con nuevas ideas? Ya conocemos lo de la religión como opio para el pueblo, y el consumo está haciendo méritos para ocupar el lugar de la primera como método de anestesia general. Tal vez sea ésta la única manera de evitar que nuestras sociedades, ya de por sí fragmentadas, estallen por completo, pero, ante tanta bulimia, un poquito de hambre no nos vendría mal. Aguza el ingenio y, además, con el estómago lleno no se hace la revolución.