La
línea recta no siempre es el camino más corto hacia la meta.
El sistema que rige la satisfacción de nuestras necesidades
fisiológicas es un ejemplo de ello: en vez de ir directamente
a saciar el hambre llenando de alimento nuestro estómago vacío,
hace funcionar un circuito paralelo en el que la cascada de
endorfinas nos compensa con la sensación de bienestar cuando
hemos comido. Es como una carrera en la que no nos importa tanto
la victoria en sí, sino el premio que nos van a dar: las burbujas
del champán, el beso de la azafata, la foto en la prensa, los
cinco minutitos de gloria.
A imagen
y semejanza del mecanismo bioquímico que convierte en tan placentero
el hecho de no morirnos de hambre, los inventores del complejo
de culpabilidad crearon el pecado y la penitencia. Sólo que
en este caso se trataba (más que de una cuestión de vida o muerte)
de controlar los bajos impulsos del hombre: sembrando miedo
y desconcierto, que nada más brotar habrían de buscar alivio
en la exclusiva mano absolutoria del padre confesor; y vuelta
a empezar. Con todo, la sublimación de los instintos animales
fue necesaria para que pudieran nacer un determinado orden social
y, en su estela, la Cultura.
Conforme
el pan de cada día se iba ganando de un modo más cómodo al tiempo
que menos directo, los circuitos de la motivación (es decir:
carencia más satisfacción de la misma igual a recompensa) también
se hicieron más sofisticados. Como cubrir las necesidades básicas
ya no equivalía a una hazaña que justificara descorchar botellas,
había que ir en busca de la golosina en otras áreas. La creación
de nuevas demandas se hizo imperativa. El hambre se renueva
de forma natural gracias al desgaste energético que la vida
supone, mientras que las carencias creadas necesitan de un estímulo
constante: la frustración por no tener.
Seguimos
a unos modelos que nos sugieren que son lo que son gracias a
que tienen lo que tienen. Lo que pasa es que, para tener lo
que ellos tienen, debemos hacer un esfuerzo tal que en realidad
nos costaría menos tratar de alcanzar directamente el ser sin
dar ese rodeo tremendo por el tener. Máxime cuando al final
el tener tampoco es una garantía para una forma de ser estable.
El consumo es una especie de antibiótico de espectro amplio
que se emplea para curar todos los males, los miedos y las frustraciones,
pero cuyo efecto dura muy poco y, además, genera hábito. Su
ciclo es parecido al que marcan el hambre y la saciedad, el
pecado y la penitencia, y no dista mucho del que caracteriza
una adicción.
Los feligreses
acuden a los centros comerciales a comulgar con el rito de las
fiestas de guardar para sentirse a salvo de los diablos y demonios
azuzados por la propaganda. La rebeldía de los jóvenes ya no
es reconducida al callejón sin salida de las
drogas,
sino que sus ganas de cambiar el mundo se amoldan, incluso antes
de manifestarse, a los logos de sus marcas favoritas. Siempre
será más sano eso que inyectarse el algodón rosa en vena, pero
¿quién se ocupará entonces de airear el ambiente con nuevas
ideas? Ya conocemos lo de la religión como opio para el pueblo,
y el consumo está haciendo méritos para ocupar el lugar de la
primera como método de anestesia general. Tal vez sea ésta la
única manera de evitar que nuestras sociedades, ya de por sí
fragmentadas, estallen por completo, pero, ante tanta bulimia,
un poquito de hambre no nos vendría mal. Aguza el ingenio y,
además, con el estómago lleno no se hace la revolución.