Editorial

La insaciable voracidad de
una cultura autodestructiva

Mundos paralelos

Colaboración:

Un poquito de hambre
por Jakob Gramms


Entrevistas:

Ernest García
«El crecimiento desmedido primero se autocancela y luego se torna destructivo»

Emilio Martínez Navarro
Por una ética del consumo

José Saborit
«Yo aconsejaría usar la televisión para poner encima un florero»


 

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Esta lógica, que advierte que “a mayor producción, mayor demanda», es intrínseca al crecimiento o desarrollo económico, palabras incuestionables por el sentido común y lo políticamente correcto, y ampliamente explotadas por la retórica política (Ver entrevista en este dossier a Ernest García). Por crecimiento se entiende el «aumento simultáneo o concatenado de producción, renta, población, consumo e inversiones, dentro de un mismo grupo o nación» (2).

La psicología del desarrollo es cultivada sin tregua por los gurúes de la sociedad de consumo, precisamente porque si no se gasta, si no se compra permanentemente, es imposible que la producción aumente y se generen, en consecuencia, mayores ganancias. Hay que alentar una curva de ascendencia sostenida, que no sostenible. Los medios de comunicación actúan de portavoces del poder establecido: se encargan de sembrar el pánico ante la eventualidad de que un país no crezca anualmente. Y la dictadura de las cifras se impone a las políticas sociales y las direcciona a merced de los intereses económicos.

La publicidad, por su parte, es la encargada de mitificar los productos, de revestirlos de cualidades que en realidad no les son intrínsecas. En esta función mitificadora, la publicidad se mueve en dos campos: el psicoanálisis y los reflejos condicionados. Por estas vías, busca sublimar los objetos y convertirlos en sustitutos de impulsos humanos, asociándolos con deseos o frustraciones de las personas, para moderar los primeros y compensar las segundas; de modo que despierta en el consumidor la necesidad de acceder a tal producto para satisfacer una aspiración o calmar la sensación de fracaso en algún aspecto de su vida. Es, por ejemplo, bien conocido el recurso a la erotización de las mercancías: y es que, ¿qué tiene que ver un coche con una exuberante mujer semidesnuda? Lo que logra tal asociación es dar la idea de que el vehículo se encuentra dotado de valores sexuales o que permitirá a su propietario recubrirse de ellos.

La religión del consumo

A fines del siglo XIX, Thornstein Veblen desvelaba en Teoría de la clase ociosa el funcionamiento del motor que moviliza la máquina consumista: demostración de posición social dentro del grupo y afán de emulación de quienes persiguen lo mismo y no quieren ser marginados. Más que un sistema de satisfacción de necesidades, se trata de una institución social.

El psicólogo Erich Fromm sugirió que la sociedad occidental se erige sobre los cimientos de la propiedad privada, el lucro y el poder, derechos percibidos como sagrados por las personas (3). Resulta interesante su acotación acerca de que la propiedad privada es una excepción cultural e histórica y no una constante universal de la humanidad.

Para este autor, las normas de funcionamiento dan forma al carácter social, el modo de ser que sobresale al conjunto de sus miembros. En la sociedad industrial, ese carácter está circunscrito al «deseo de adquirir propiedades, conservarlas y aumentarlas; o sea, obtener ganancias y los propietarios son admirados y envidiados como seres superiores», indica. La actitud corriente es entonces la del eterno insatisfecho, el ansioso adquisidor de objetos y símbolos que van a parar a un saco roto y cuyo valor debe ser reemplazado por el de otro producto.

Fromm buscó dilucidar el porqué de estos comportamientos en el campo psicológico. En esta línea, decía que una de las manifestaciones de la condición existencial del tener –que se distingue radicalmente de la del ser- pasa por “incorporar”. Lo cual está en sintonía con un comportamiento infantil: el niño se lleva a la boca las cosas que quiere poseer y que su desarrollo impide que obtenga por otras vías. Asimismo, en otras culturas comerse un ser humano representaba integrar sus poderes, o al apropiarse de ciertos símbolos se pretende que aquello simbolizado pase a formar parte de la persona. De la misma manera, «la actitud inherente al consumismo es devorar todo el mundo», sostenía Fromm, para quien «el consumidor es el eterno niño de pecho que llora reclamando su biberón».

 

 

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Notas 

1) Eduardo Haro Tecglen. La sociedad del consumo. Salvat Editores. 1973.

2) Idem.

3) Erich Fromm. ¿Tener o ser? Fondo de cultura económica.

4) Gilles Lipovetsky. El imperio de lo efímero. Anagrama.

5) Beatriz Sarlo. Escenas de la vida posmoderna. Ariel.

6) Nestor García Canclini. Artículo: Consumidores y ciudadanos.

7) Idem.

8) Anthony Giddens. Sociología. IV Edición. Alianza.

9) Adela Cortina. Ética del consumo. Revista Claves de la razón práctica n°97.

Enlaces sobre
consumo:

Directorio de asociaciones de consumidores.

Sobre la ética del consumo (Documento desarrollado por Emilio Martínez Navarro y publicado exclusivamente en teína)

Asociación red Renta Básica

García Canclini: consumidores interactivos.

Entrevista a Adela Cortina: "El concepto moderno de la empresa ha de incluir cuestiones éticas".

Consumo... Luego Existo, por Adela Cortina y Ignasi Carreras.

Necesidades, desigualdades y sostenibilidad ecológica.

Apuntes universitarios sobre consumismo y compra compulsiva.