La aburrida burguesía

Alberto Olmos

A Stanley Kubrick no se le ocurrió nada mejor para cerrar su esplendorosa filmografía que realizar una película sobre los Grandes Dramas Imaginarios de una pareja de acaudalados neoyorquinos. Después de haber salido indemne de incursiones intelectuales de mayor calado (la pederastia en Lolita, el ser —así, como suena— en 2001 una odisea del espacio o el sadismo en La naranja mecánica) Kubrick partía en Eyes wide shut de la premisa narrativa más inane del Universo: la infidelidad.

Basada en una novela de Arthur Schnitzler, Eyes wide shut retrata la vida de un matrimonio burgués cuya principal preocupación existencial es aburrirse sin dejar de gastar el dinero. Una noche, después de acudir a una fiesta de Navidad extraordinariamente lujosa, los Harford entran en crisis. La mujer, interpretada por Nicole Kidman, llama la atención de su marido (Tom Cruise) sobre el pegajoso marcaje a que éste ha sido sometido en la fiesta por dos supermodelos. El señor Harford se defiende, niega todo desliz y acaba enunciando la teoría de que los hombres, aunque les pese, no pueden anular su deseo sexual, mientras que las mujeres «no actúan de esa manera» y, una vez casadas, dejan de lado toda posible promiscuidad. La señora Harford se parte de risa durante cinco minutos ante la idea que de las mujeres tiene su esposo, y después le revela que una vez estuvo a punto de serle infiel con un hombre con el que ni siquiera cruzó una palabra, y que hubiera bastado un sólo gesto de dicho hombre para que ella abandonara de inmediato a su familia. Ante estas palabras, el personaje de Tom Cruise queda confuso y aprovecha una llamada telefónica para salir de su domicilio y exponerse a los peligros de la noche más extraña de su vida.

Eyes wide shut circunscribe su metraje a estas horas nocturnas, y a las primeras del nuevo día, utilizando una estructura narrativa simétrica que trata de hacernos creer que la sucesión en verdad inconexa de episodios y aventuras tiene alguna unidad. No es así y del drama matrimonial que inició la película pasamos a un encuentro con una prostituta, a un velatorio, a un caso de pederastia y a una orgía en una mansión. En todo momento, Kubrick aprovecha lo poco que le queda de vida para desnudar a docenas de actrices, sacar referencias a su obra anterior y enfocar compulsivamente árboles de Navidad.

De este modo, Eyes wide shut sólo puede funcionar parcialmente, según el interés mayor o menor que despierten los diversos capítulos que, más que componer la historia, la simulan. El más destacado, la bacanal con máscaras y contraseña secreta incluidas, da pie a un tibio suspense que culmina en otra escena claramente diseñada para aparecer en las reseñas de los críticos: la charla que Tom Cruise mantiene con Sydney Pollack y en la que se habla de la identidad de los enmascarados en la orgía, todos gente importante y poderosa. Esta charla, al igual que la de Cruise con Kidman, es completamente superficial y vacua, y no en vano Kubrick la filmó cientos de veces hasta conseguir que pareciera un tratado de filosofía y no la estupidez que en realidad es.

Sin embargo, hay secuencias muy divertidas. Sobre todo aquellas en las que aparece el actor croata Rade Serbedzija, que interpreta al dueño de la tienda de disfraces donde Harford alquila su máscara para la orgía y cuya hija, encarnada por la actriz Leelee Sobieski, está siendo pervertida por unos japoneses travestidos.

La escena que más agradece uno es la de la cafetería donde Harford entra... ¡a tomar un café! Es maravilloso, después de tanta sofisticación insufrible, pasar un rato dentro de una cafetería normal y corriente, con una camarera a la que Kubrick mantiene vestida todo el rato y donde los parroquianos simplemente desayunan en lugar de complicarse la vida con orgías sectarias y contraseñas de libreto de Beethoven.

Eyes wide shut resulta reveladora de las huecas angustias que aquejan a la clase alta de la sociedad, esa burguesía que cuando no tiene problemas opta por inventárselos. Sin embargo, el análisis que propone la cinta es pueril e infatuado, apolítico, y el conjunto da la impresión de ser un homenaje a la revista Play-boy.