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De este modo, Eyes wide
shut sólo puede funcionar parcialmente, según el interés mayor
o menor que despierten los diversos capítulos que, más que componer
la historia, la simulan. El más destacado, la bacanal con máscaras
y contraseña
secreta incluidas, da pie a un tibio suspense que culmina en otra
escena claramente diseñada para aparecer en las reseñas de los
críticos: la charla que Tom Cruise mantiene con Sydney Pollack
y en la que se habla de la identidad de los enmascarados en la
orgía, todos gente importante y poderosa. Esta charla, al igual
que la de Cruise con Kidman, es completamente superficial y vacua,
y no en vano Kubrick la filmó cientos de veces hasta conseguir
que pareciera un tratado de filosofía y no la estupidez que en
realidad es.
Sin embargo, hay secuencias muy divertidas.
Sobre todo aquellas en las que aparece el actor croata Rade Serbedzija,
que interpreta al dueño de la tienda de disfraces donde Harford
alquila su máscara para la orgía y cuya hija, encarnada por la
actriz Leelee Sobieski, está siendo pervertida por unos japoneses
travestidos.
La escena que más agradece uno es la de
la cafetería donde Harford entra... ¡a tomar un café! Es maravilloso,
después de tanta sofisticación insufrible, pasar un rato dentro
de una cafetería normal y corriente, con una camarera a la que
Kubrick mantiene vestida todo el rato y donde los parroquianos
simplemente desayunan en lugar de complicarse la vida con orgías
sectarias y contraseñas de libreto de Beethoven.
Eyes wide shut resulta reveladora
de las huecas angustias que aquejan a la clase alta de la sociedad,
esa burguesía que cuando no tiene problemas opta por inventárselos.
Sin embargo, el análisis que propone la cinta es pueril e infatuado,
apolítico, y el conjunto da la impresión de ser un homenaje a
la revista Play-boy.

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