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Primavera, verano, otoño, invierno...
y primavera
Ante un título así, alguien podría esperar
un documental lleno de flores, riachuelos, deshielos y alfombras
de hojas secas. Y no se equivocaría demasiado, porque la atmósfera
de la película es ésa: un templo budista que flota sobre un lago
precioso, rodeado de cumbres arboladas, todas ellas alejadas de
sociedades humanas y envueltas por una tranquilidad inmensa. En
este conjunto pictórico tan estupendo conviven un monje y su alumno,
una suerte de Siddharta lleno de torpezas. El templo recibe visitas
fortuitas de personas que buscan un lugar de retiro temporal.
A sus puertas llega una muchacha enferma que se enamora del discípulo
del monje, lo que provoca la escapada de éste con la joven y su
posterior retorno tras saborear la vida social. Todo ello sucede
en el transcurso de las estaciones de diversos años, en un lugar
la vida transcurre, pero nada cambia; y mucho menos los tropiezos
humanos.
En su estreno internacional la película
se tachó de moralista, y con acierto, porque lo es. El director
lanza mensajes claros —de corte budista— bajo la forma
de una historia fatalista que determina a sus personajes. Por
un lado, la necesidad del amor a la vida —ya sea vegetal,
animal o humana—, la búsqueda de la paz interior y la comunión
con el entorno. Por otro lado, una visión sobre la propiedad con
una moraleja sencilla: todo aquello que el ser humano posee, acaba
por destruirse. Además, aquello de lo que se apodera, se convierte
en la semilla de la ruina personal. Con todo, una película preciosa
que da pie a la reflexión sobre la vida en un mundo apestado de
avaricia.
Samaria
En este caso, Ki-duk Kim utiliza el tema
estrella del cine oriental, por detrás de la violencia y el cine
de yakuzas: la incomprensión y la alienación adolescente.
Presenta la historia de dos muchachas que quieren huir del mundo
que les rodea. Están insatisfechas y su adolescencia les mueve
a buscar la independencia,
a vivir sin ataduras familiares. ¿Y cómo hacerlo? ¿Cómo escapar?
¿De dónde sacar el dinero necesario? Prostituyéndose; he ahí la
solución que encuentran. Estas jovencitas, menores de edad, se
citan por chat con hombres para recaudar el dinero suficiente
y viajar lejos de su país. Mientras una de ellas vigila en la
calle y acuerda los encuentros, la otra ofrece sus encantos con
sumo agrado —con demasiado—. Esto causa enfado en
su amiga, que carga con un dilema moral que no parece afectar
a su compañera. Pero el asunto se complica cuando el padre de
una de ellas ve a su hija —sin ser descubierto— metida
en la cama junto a un adulto. A partir de entonces el hombre,
destrozado, decide perseguir a los presuntos corruptores de menores,
para vengar las acciones que va cometiendo su hija.
Ki-duk Kim abandona los parajes naturales
para mostrar al espectador un contexto urbano, donde los distintos
personajes, lejos de buscar el entendimiento, conducen la historia
hacia un final absurdo. El padre no comprende a su hija y no es
capaz de decirle lo que sabe; prefiere aliviar su propio dolor
con el ajusticiamiento de los pederastas. Padre e hija se aprecian,
ni siquiera discuten; sin embargo, cada uno toma su propia determinación
y no la varía ni un ápice. Por esta razón la película queda sentenciada
con la misma amargura que en su anterior trabajo, con el continuo
tropiezo generacional y sus absurdas consecuencias.
 
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