Ki-duk Kim, o el reverso del won

La aburrida burguesía


 






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Notas:

(1) Ganador del Oso de Plata al mejor director en el Festival de Berlín (2004) y del León de Plata al mejor director en Venecia (2004).

(2) Marin Karmitz ha trabajado como productor para artistas de la talla de Claude Chabrol (Un asunto de mujeres, Madame Bovary, La ceremonia), Krzysztof Kieslowski (Tres colores: azul, blanco, rojo), Abbas Kiarostami (Ten, El viento nos llevará) o Michael Haneke (Código desconocido).

 

 

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Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera

Ante un título así, alguien podría esperar un documental lleno de flores, riachuelos, deshielos y alfombras de hojas secas. Y no se equivocaría demasiado, porque la atmósfera de la película es ésa: un templo budista que flota sobre un lago precioso, rodeado de cumbres arboladas, todas ellas alejadas de sociedades humanas y envueltas por una tranquilidad inmensa. En este conjunto pictórico tan estupendo conviven un monje y su alumno, una suerte de Siddharta lleno de torpezas. El templo recibe visitas fortuitas de personas que buscan un lugar de retiro temporal. A sus puertas llega una muchacha enferma que se enamora del discípulo del monje, lo que provoca la escapada de éste con la joven y su posterior retorno tras saborear la vida social. Todo ello sucede en el transcurso de las estaciones de diversos años, en un lugar la vida transcurre, pero nada cambia; y mucho menos los tropiezos humanos.

En su estreno internacional la película se tachó de moralista, y con acierto, porque lo es. El director lanza mensajes claros —de corte budista— bajo la forma de una historia fatalista que determina a sus personajes. Por un lado, la necesidad del amor a la vida —ya sea vegetal, animal o humana—, la búsqueda de la paz interior y la comunión con el entorno. Por otro lado, una visión sobre la propiedad con una moraleja sencilla: todo aquello que el ser humano posee, acaba por destruirse. Además, aquello de lo que se apodera, se convierte en la semilla de la ruina personal. Con todo, una película preciosa que da pie a la reflexión sobre la vida en un mundo apestado de avaricia.

Samaria

En este caso, Ki-duk Kim utiliza el tema estrella del cine oriental, por detrás de la violencia y el cine de yakuzas: la incomprensión y la alienación adolescente. Presenta la historia de dos muchachas que quieren huir del mundo que les rodea. Están insatisfechas y su adolescencia les mueve a buscar la independencia, a vivir sin ataduras familiares. ¿Y cómo hacerlo? ¿Cómo escapar? ¿De dónde sacar el dinero necesario? Prostituyéndose; he ahí la solución que encuentran. Estas jovencitas, menores de edad, se citan por chat con hombres para recaudar el dinero suficiente y viajar lejos de su país. Mientras una de ellas vigila en la calle y acuerda los encuentros, la otra ofrece sus encantos con sumo agrado —con demasiado—. Esto causa enfado en su amiga, que carga con un dilema moral que no parece afectar a su compañera. Pero el asunto se complica cuando el padre de una de ellas ve a su hija —sin ser descubierto— metida en la cama junto a un adulto. A partir de entonces el hombre, destrozado, decide perseguir a los presuntos corruptores de menores, para vengar las acciones que va cometiendo su hija.

Ki-duk Kim abandona los parajes naturales para mostrar al espectador un contexto urbano, donde los distintos personajes, lejos de buscar el entendimiento, conducen la historia hacia un final absurdo. El padre no comprende a su hija y no es capaz de decirle lo que sabe; prefiere aliviar su propio dolor con el ajusticiamiento de los pederastas. Padre e hija se aprecian, ni siquiera discuten; sin embargo, cada uno toma su propia determinación y no la varía ni un ápice. Por esta razón la película queda sentenciada con la misma amargura que en su anterior trabajo, con el continuo tropiezo generacional y sus absurdas consecuencias.

 

 

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