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Ki-duk
Kim, o el reverso del won
Ki-duk
Kim, director surcoreano formado en París, se abre camino hacia
la cúspide del mejor cine oriental.
Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

Una
de las cunas capitalistas de Oriente, Corea del Sur, se coloca
a la altura de Taiwán y Japón en la producción de cine comercial,
gracias a historias originales y bien contadas, un estilo de filmación
insólito y guiones controvertidos. Ki-duk Kim es una de las promesas
coreanas que, tras sus triunfos en Berlín y Venecia (1), se está
dando a conocer en Europa con sutileza, pero a golpe de martillo.
Junto a él, directores como Hong Sang-soo, que en su última película,
Yeojaneun namjaui miraeda (La mujer es el porvenir
del hombre, 2004), trabajó con Marin Karmitz (2), o Park
Chan Wook, quien entró por la puerta grande tras ganar el premio
del Jurado en Cannes con la espectacular Oldboy (2003).
Estos directores comparten una peculiar
visión sobre las relaciones humanas: analizan los extremos emocionales
del odio o la pasión y los enfrentan con personajes honestos,
víctimas del sistema y las circunstancias. La falta de humanidad
queda patente en sus protagonistas, al igual que un egoísmo infantil,
en ocasiones poco realista. Por ello, a pesar de la cotidianidad
de las situaciones, éstas terminan resolviéndose de manera violenta.
En las películas de Ki-duk-Kim se adivina la frialdad del won
—y la de cualquier otra moneda— y la clase de sociedad
que genera el dinero, la falta de valores y un sentido de la justicia
muy cuestionable.
La calidad de las tres últimas películas
de Ki-duk Kim lo avalan como uno de los mejores cineastas actuales:
Primavera, Verano, Otoño, Invierno... y Primavera (Bom
yeoreum goeul gyeoul geurigo bom, 2003), Samaria
(2004) y Hierro 3 (Bin-jip, 2004).

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