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Seattle
x 7
[alberto
torres blandina]
0
space
needle. frank gehry: experience music project. halibut. puget sound. pearl
jam. pike place market. mcdonalds. noah
sealth "chief seattle". elliott bay. kurt cobain. starbuck’s coffee.
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A
Estados Unidos no se va. Se vuelve. Es la primera vez que visitas Seattle.
Y sin embargo recuerdas sus calles. Algunos de sus rincones. Algunas de
sus estampas típicas. Es curioso cómo las películas
americanas acaban por mezclarse con nuestro pasado. Un pasado falso. Y
sin embargo la emoción del reencuentro es real. La aguja espacial
caracteriza el perfil de la ciudad, recortada frente a un cielo gris.
De algunos balcones cuelgan banderas de barras y estrellas. A tu derecha
pasa el skytrain. Piensas en que apenas ha cambiado nada desde la última
vez. Y nunca antes estuviste.
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Entras
al mercado Pike Place. Un folleto turístico recomendaba su visita.
Sospechas que si esto es lo que recomiendan los folletos turísticos
es porque no hay demasiadas cosas que hacer en la ciudad. La gente se
agolpa en su interior para comprar pescado fresco. No puedes soportar
el olor, el griterío, los charcos del suelo. Sales por la puerta
trasera y paseas junto a un mar casi negro. A lo lejos el puerto, de metal
oxidado, y algunos barcos viejos. Te sientas en un banco junto a un puesto
de perritos. Una brisa salobre atraviesa tu ropa. El océano desde
aquí da miedo: oxidado, frío, oscuro.
3,
Ha
anochecido en el centro, en downtown. Un hombre de pelo largo y barba
pelirroja está sentado en el suelo. Lleva una camiseta de Harley
Davidson y una botella de vino tapada con un cartón. Unos niños
negros con camisetas de baloncesto, cadenas doradas y un gran radiocasete
te insultan al pasar. Después dicen obscenidades a una adolescente
rubia y gordita que se sonroja inmediatamente. En un callejón trasero
aparece un mendigo de gabardina roída, barba desigual y ojos desencajados.
El vapor que sale de una rendija del suelo lo envuelve como a un espectro.
En un centro comercial cuatro jóvenes de aspecto universitario
brindan con cuatro jarras de cerveza y una japonesa te invita a entrar
en una tienda de ropa cool. Crees estar viviendo en una película
de serie B. Sólo faltan la jefa del equipo de animadoras enamorada
del quarterback y el chicano de buen corazón y mal destino.
4,
Asfalto
y hormigón. Carreteras que salen y entran, se anudan, se dividen.
Se agolpan unas encima de otras como serpientes. Se elevan sobre los límites
de la ciudad y caen sobre la superficie del mar. Downtown se ve envuelto
en una red de sombrías arterias por la que circulan miles de vehículos.
Puentes y pasos elevados de color gris. Paseas por debajo de ellos, junto
a la bahía. Oyes el zumbido del tráfico a unos metros sobre
tu cabeza. Un hombre borracho está durmiendo entre las malas hierbas
que crecen allí. Piensas en aquel joven rubio, con un pelo igual
de sucio, que vivió algún tiempo en un lugar así.
Tal vez aquí mismo. Kurt Cobain se llamaba, si la memoria no te
falla. Lo echaron de casa y dormía en estos puentes. Murió.
Nada en la ciudad lo recuerda. ¿Habrá algún otro
Seattle? ¿Has acabado en la ciudad equivocada? ¿Dónde
están aquellos jóvenes nihilistas y perdidos que inspiraron
el Troit (Ethan Hawke) de “Reality Bites” o aquel rockero (Matt Dillon)
de “Solteros”?
5,
Te
alejas del corazón de la ciudad. Las avenidas son más anchas
y los rascacielos son ahora casas bajas, similares entre sí, similares
a las de cualquier ciudad norteamericana. A la derecha un McDonalds lleno
de luces y banderitas. A la izquierda una gasolinera. Crees conocer al
gasolinero barrigón con perilla y gorra al revés. Piensas
en saludarlo. No lo haces. De pronto algo golpea la ventana de tu coche
de alquiler. Te asustas. Es un hombre disfrazado de pollo gigante. Un
hombre-anuncio que te da unos papeles de descuento para quién sabe
qué restaurante de comida rápida. Va cantando una canción.
La canta como si fuera un pollo. La repite una y otra vez, desgañitándose.
El semáforo se pone en verde. Te alejas desconcertado.
6,
La
ciudad se extiende durante kilómetros, entre lagos y bosques, cambiando
totalmente su fisonomía al alejarte del centro. Cabañas
de madera. Motosierras. Caravanas. Montones de leña con hachas
clavadas. Camionetas destartaladas. Camisas de cuadros y gorras. Piensas
en la gente que vive aquí. Todavía Seattle. Entre los grandes
abetos y los pequeños lagos. Subes a una colina y observas todo
a tu alrededor. Piensas que en esas cabañas silenciosas se esconden
muchos secretos. Te inquieta la tranquilidad. Te recuerda demasiado al
Maine de Stephen King, en esta misma latitud.
7,
Hace
varios días que dejaste la ciudad. La piensas. La escribes. Lees
lo escrito. No puedes creerlo. ¿Realmente fue así? ¿Tanto
se parece Estados Unidos a su propia caricatura esperpéntica? La
vuelves a pensar. La dudas. Al final desistes. No encuentras otras palabras.
Es así en tu corazón y en tu memoria. En la realidad seguramente
será más amable. Piensas que deberías volver algún
día para averiguarlo, para no ser injusto. Sabes que no lo harás.

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