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Deja que tus
historias me liberen de Tazmamart
Con el tiempo y el deterioro lento y seguro de mi capacidad física y también
mental, ya no conseguía mantenerme atento a mi auditorio. Me dolían los
huesos, la columna vertebral, porque dormía encogido. El dolor, que conseguía
superar cuando realizaba un largo trabajo de concentración y desprendimiento,
prevalecía en cuanto me dirigía a los demás. Había una interrupción del
proceso que me permitía estar en otra parte. Me convertí entonces en un
narrador lleno de agujeros. No estaba ya en condiciones de hacer mi papel.
Necesitaba sobreponerme, aislarme en cierto modo, aunque todos estuviéramos
en un aislamiento total, entregados a todas las enfermedades y a la desesperación.
Cada día, Abdelkader exigía historias. Me suplicaba:
Salim,
amigo mío, nuestro literato, tú cuya imaginación es magnífica, dame de
beber. Para mí, cada frase es un vaso de agua pura, agua de manantial.
Prescindiré de sus féculas, compartiré contigo mi ración de agua pero,
por favor, cuéntame una historia, una larga y loca historia. Lo necesito.
Es vital. Es mi esperanza, mi oxígeno, mi libertad. Salim, tú que lo has
leído todo, tú que recuerdas todos los versos, con puntos y comas, tú
que recreas el otro mundo donde todo es posible, no me abandones, no me
olvides. Mi enfermedad sólo puede curarse con palabras e imágenes. Gracias
a ti, durante unos instantes, fui Marlon Brando. En mi cabeza camino como
él camina en las películas. En mi cabeza miro a las mujeres como él las
mira en la vida. Me has hecho un regalo. En cuanto tu relato termina,
yo no era ya Marlon Brando. Me gustan tus metáforas, adoro tu ironía,
me haces viajar y olvido que mi cuerpo está magullado. Vuelo, camino,
veo estrellas y no siento ya el dolor que me corroe los riñones, que me
mina el interior. Crees que exagero, que lo digo para hacerme el intelectual.
Mi nivel académico es muy modesto. También a mí me habría gustado ser
un artista, pero no tuve los medios. Desde que nos cuentas Las mil
y una noches, la supervivencia es más soportable aquí que antes. Nunca
hubiera creído que me gustase tanto escuchar historias. Cuando estábamos
en Ahermemou, te observaba y advertía que después de cada permiso volvías
con unos libros. Yo llevaba pasteles hechos por mi madre y una baraja
de naipes. Te envidiaba. Recordarás que un día te pedí que me prestaras
un libro; me hiciste leer unos poemas, intenté comprender pero renuncié
a ello. Otra vez me diste una novela policíaca. Me gustó, pasaba en América.
Me hubiera gustado una historia que pasara entre nosotros, en mi aldea,
en Rachidia. Todo para decirte que es absolutamente necesario que vuelvas
a llevarnos de viaje con tus historias. No es ya para pasar el tiempo,
es para no reventar, sí, tengo el presentimiento de que si no escucho
ya tus historias, decaeré. Sé que no tienes ya muchas fuerzas, que tu
voz se ha vuelto ronca a causa del frío, que has perdido otra muela esta
semana, pero te lo suplico, ponte otra vez manos a la obra.
Me
impresionó tanto su petición que prometí que, después de las féculas vespertinas,
le contaría la historia de dos hermosas gemelas que se casan con dos hermanos
enanos. Por desgracia, me abrumó una fuerte fiebre y me dormí sentado
en mi rincón, con la cabeza contra el frío muro. No conseguía ya hablar,
ni levantarme, estaba en un estado de trance, escuchaba ruidos pero no
comprendía nada de lo que ocurría a mi alrededor. Durante unos días, sorpresivamente,
perdí la orientación. No sabía dónde estaba ni qué hacía en aquel agujero.
Deliraba, la fiebre subía y, luego, cierta mañana, tras una semana de
ausencia desperté agotado. La cabeza me daba vueltas y el primer nombre
que pronuncié fue el de Abdelkader. Lhoucine me dijo que habían venido
a buscarle la víspera. Lo habían envuelto en una bolsa de plástico y arrastraron
el cuerpo hacia la puerta. Cuando estuvieron fuera, el Ustad había iniciado
el recitado del Corán. Se había dejado morir, era un suicidio pues había
vomitado sangre. Debió de tragarse algo cortante. Nunca lo sabré. Me dije
que habría muerto aunque yo hubiese tenido fuerzas para contarle historias.
Se agarraba a las palabras, que constituían para él la última esperanza.
Me decía a menudo que era mi amigo y que esperaba algún día salir de allí
para vivir al aire libre esa amistad. Era del tipo que lo comparte todo,
que lo da todo. Cierto día, me dijo: «¡Contigo compartiría todo lo que
Dios me diera, incluso, mi sudario!». Sin duda fue enterrado sin sudario,
sin aseo, arrojado a la tierra y cubierto con cal viva. Uno de los guardias
me lo confirmó más tarde.
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Sufrían
por la luz / Tahar Ben Jelloun
Traducción de Manuel Serrat Crespo
RBA Editores, Barcelona, 2001 / 5 pesos
Librería Lucas, Corrientes 1247
(La
novela se inspira en lo sucedido en el penal de Tazmamart, en medio del
desierto marroquí, donde fueron recluidos un grupo de soldados que intentaron
dar un golpe de Estado el 10 de julio de 1971. Permanecieron 18 años encerrados
en un agujero negro, sin apenas poder ver la luz, sin el privilegio de
compartir espacios comunes o siquiera tocarse. Muchos murieron. Alguno
sobrevivió para contarle a Tahar Ben Jelloun esta historia.)
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