Dudas sobre la fe, certidumbre sobre el hábito

No es la primera, ni será la última vez que la doctrina pontificia intenta marginar y desoír las íntimas exigencias de la naturaleza humana, sin prever ni atender a las consecuencias que de ello se puedan derivar o al carácter que adquieren estos intentos. Reducir la función del pensador a operaciones repetitivas y yermas o tratar con ellas de apoyar oficialmente el magisterio, es convertir lo doctrinal en una ratio política, copiada de la razón de Estado del mundo laico y no de la mejor especie. Operación en la que introducir la fe y sus contenidos es cuando menos un sarcasmo. Porque lo que está en juego, una vez más, no es una polémica sobre la metodología teologal, ni siquiera una interpretación de la función sociológica del criterio teológico.

Lo que se varea, en este asunto, no es el árbol de la vida y de la fe, sino el del poder. Está en cuestión la afirmación de un dominio absoluto que no puede existir sin las brasas de la autoridad indiscutida. Y lo que se juega el Vaticano, por enésima vez en su historia milenaria, es el reparto democrático de la verdad —sea ésta cual sea— y no su búsqueda, que apenas importa a los que sestean en la cumbre. Porque si la disensión, teológica o política, pone en solfa el modelo de reparto, lo que se resiente no es la fe sino la costumbre. Es decir, no la creencia sino el hábito, la querencia e incluso el rito de controlar, manipular y monopolizar el caudal espiritual y material del hijo del carpintero. Así, parece decir el Vaticano, si liberalizamos las conciencias perderemos las costumbres. Si llegamos al libre albedrío, relajamos lo esencial. Es decir, el orden consumado, la comodidad establecida y el poder controlado.

El carisma cristiano que, en estricta doctrina teológica correspondería a todos los creyentes, ha sido secuestrado para ser convertido en guardaespaldas de palacio y aduanero de la verdad, en favor de los que tienen en exclusiva la facultad de interpretar la doctrina y el mensaje de lo alto. Al resto le queda la obediencia debida, la sumisión aceptada, o la participación en el rebaño que no todos los pastores pastorean, sino que algunos, como se duele Jeremías, «extravían con sus embustes y jactancias», incurriendo en las maldiciones del profeta y de los pueblos.

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Los pliegues de la tiara. Los papas del siglo XX.
Fernando García de Cortázar y José María Lorenzo.
Alianza Editorial, Buenos Aires 1992.
232 páginas
6 pesos, en librería El Aleph, Corrientes y Acuña de Figueroa, Buenos Aires.