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El teatro sagrado
Alejandra Garrido Buzeta
alejandramelfi@yahoo.com

Lo
advierta o no, consciente o inconscientemente, lo que el público
busca fundamentalmente en el amor, el crimen, las drogas, la insurrección,
la guerra, es el estado poético, un estado trascendente
de vida. El Teatro de la Crueldad ha sido creado para devolver
al teatro una concepción de la vida apasionada y convulsiva;
y en ese sentido de violento vigor, de extrema condensación
de los elementos escénicos, ha de entenderse la crueldad
de ese teatro.
Antonin Artaud, Segundo
Manifiesto del Teatro de la Crueldad. El teatro y su doble.
El termino vanguardia
fue acuñado en el siglo XIX y servía para describir
a los artistas de ideas políticas radicales que creían
que estaban prefigurando el cambio social mediante una revolución
estética. Estos artistas se oponían a las formas
de arte burguesas establecidas. En el teatro, esta revolución
se manifiesta en la idea de retornar a una concepción ritual
cercana a los orígenes. A partir de esa premisa, muchos
grupos se dedicaron a la investigación de ritos arcaicos,
con el fin de devolver al teatro su verdadera condición
mágica de transformar al hombre. Todas estas experimentaciones
trajeron consigo el surgimiento de nuevos lenguajes y una manera
completamente distinta de concebir la puesta en escena y la metodología
de la interpretación. Uno de los referentes más
importantes de esta revolución de la escena fue Antonin
Artaud, quién a través de sus libros y cartas define
claramente su visión de este nuevo teatro.
Origen sagrado
El origen del teatro está
profundamente unido a la religión. Las primeras manifestaciones
teatrales surgieron de las ceremonias de adoración a Dioniso,
allí lo teatral desconocía la oposición entre
público y escena. La acción dramática no
consistía en diálogos entre personajes, sino en
cánticos de alabanza divina; cánticos mediante los
cuales los integrantes del coro dionisiaco, los sátiros,
se transformaban mágicamente en la divinidad adorada. Más
tarde, surgirá la figura del coreuta que se transformará
en actor que, portando una máscara, actuará en representación
de Dioniso. Luego, surgirá el diálogo entre otros
miembros del coro y el actor. Así comienza la separación
entre escena y público.
Como lo explica Nietzsche
en El nacimiento de la tragedia, la constitución
posterior del coro griego es la imitación artística
de ese fenómeno natural; sólo que es preciso tener
siempre presente que el público de la tragedia griega se
reencontraba a sí mismo en el coro de la orquesta y este
proceso es el fenómeno dramático primordial. Según
Nietzsche, el objetivo era:
verse uno transformado
a sí mismo delante de sí, y actuar uno como si realmente
hubiese penetrado en otro cuerpo, en otro carácter. El
coro ditirámbico tiene la tarea de excitar dionisíacamente
hasta tal grado el estado de ánimo de los oyentes, que
cuando el héroe trágico aparezca en la escena éstos
no vean acaso el hombre cubierto con una máscara deforme,
sino la figura de una visión, nacida, por así decirlo,
de su propio éxtasis... Tendremos así algo análogo
al sentimiento con que el espectador agitado por la excitación
dionisíaca veía avanzar por el escenario al dios
con cuyo sufrimiento se había ya identificado.
La envergadura ritual
del teatro se disipa pronto en occidente y entonces comienza un
lento y sostenido proceso, cuyo resultado es la constitución
de un teatro psicológico centrado en el hombre. En esta
forma de teatro, la puesta en escena es decoración. El
espacio escénico sostiene al hombre con sus actos y diálogos.
La palabra dramática es el centro. La escena es la superficie
pasiva donde transcurre el drama representado.
Las
vanguardias: un intento desesperado por recuperar el rito perdido
A fines del siglo XIX,
todas las expresiones artísticas —expresionismo, surrealismo,
dadaísmo, etc.— buscan negar el concepto burgués
del arte como imitación naturalista de la vida, estéticas
construidas a partir de una visión de la realidad mucho
más cercana a la de los sueños.
En el teatro, esta revolución
se concretó en un intento por recuperar su condición
sagrada: se perseguía casi la experiencia mística
para el actor y el público. En esta búsqueda aparece
la imborrable huella del Teatro de la Crueldad, que luchó
por el resurgimiento de lo que Artaud llamó el «manantial
de lo sagrado en la escena.» Un manantial sagrado... Quizá
a eso se refieran estas palabras que le atribuyen al cruel
francés: «El teatro debe ser altar vibratorio donde
el hombre se reúna con fuerzas cósmicas divinas;
el teatro debe convertir al espacio en cuarzo mágico donde
la percepción humana se acalore en una luz trascendente.»
Peter Brook, en su libro
El espacio vacío, se refiere a lo sagrado en Artaud:
Artaud (1896-1948)
deseaba un teatro que fuera un lugar sagrado, quería
que ese teatro estuviera servido por un grupo de actores y directores
devotos, que crearan de manera espontánea y sincera una
inacabable sucesión de violenta imágenes escénicas,
provocando tan poderosas e inmediatas explosiones de humanidad
que a nadie le quedaran deseos de volver de nuevo a un teatro
de anécdota y charla. Quería que el teatro contuviera
todo lo que normalmente se reserva al delito y a la guerra. Deseaba
un público que dejara caer todas sus defensas, que se dejara
perforar, sacudir, sobrecoger, violar, para que al mismo tiempo
pudiera colmarse de una poderosa y nueva carga.
Artaud mantenía
que sólo en el teatro podíamos liberarnos de las
reconocibles formas en que vivimos. Eso hacía del teatro
un lugar sagrado donde se podía encontrar una mayor realidad.
Según él, esto
implicaba el compromiso con una forma de vida, donde la actividad
del actor y la del espectador fueran llevadas por la misma desesperada
necesidad. Este retorno a lo sagrado posibilitaría
la transformación del ser humano e intentaría unificar
al hombre y a la cultura. En palabras de Artaud: «Ese verdadero
teatro debía surgir en confrontación con el teatro
burgués que nos presenta la vida tal y como la vemos y
que no provoca en nosotros ninguna alteración más
que el puro entretenimiento.»
Artaud le reprocha a los
clásicos su preocupación excesiva por los conflictos
humanos, la separación entre público y escenario
y el predominio del texto sobre el cuerpo y su gestualidad. Ésta
es una gran influencia del teatro oriental —balinés—, donde
el cuerpo expresa, a través del gesto y el color, el encuentro
entre lo humano y un mundo mítico y divino, un mundo universal
y ancestral.
El
Teatro de la Crueldad
Querido J. Paulhan:
La crueldad es sobre
todo necesidad y rigor. La decisión implacable e irreversible
de transformar al hombre en un ser lúcido. De esta lucidez
nace el nuevo teatro. Todo nacimiento implica también una
muerte. Para dar origen a mi "crueldad" será
necesario cometer un asesinato. Hay que asesinar al padre de la
ineficacia en el teatro: el poder de la palabra y del texto. El
texto es el dios todopoderoso que no le permite al verdadero teatro
nacer. Al atentar contra la palabra, atentamos contra nosotros
mismos. Hasta ahora, es el lenguaje verbal aquello que nos permite
comprender al mundo. Y lo comprendemos mal. Al asesinar al lenguaje
verbal, estamos asesinando al padre de todas nuestras confusiones.
Por fin seremos libres. Esto vale no sólo para el teatro.
Seremos hombres libres en todo aspecto de nuestra vida.
Carta de Antonin Artaud
a Jean Paulhan, uno de los encargados de la dirección de
la revista Nouvelle Reveu Francaise, que en 1932 publicó
el Primer Manifiesto del Teatro de la Crueldad.
Así bautizó
Artaud al tipo de teatro que necesitaba la sociedad, y lo definió
con claridad en los dos manifiestos que incluyó en El
teatro y su doble, donde habla de abordar «las grandes preocupaciones
y las grandes pasiones esenciales que el teatro moderno ha recubierto
con el barniz del hombre falsamente civilizado.» Artaud defiende
que se debe renunciar al hombre psicológico, al carácter
y a los sentimientos netos. En palabras suyas: «el Teatro de la
Crueldad se dirigirá al hombre total y no al hombre social
sometido a leyes y deformado por preceptos y religiones... Incluirá
no sólo el anverso, sino también el reverso del
espíritu; la realidad de la imaginación y de los
sueños aparecerá ahí en pie de igualdad con
la vida.»
Desde
el punto de vista de la forma, el Teatro de la Crueldad negaba
el predominio del texto y del autor, tan propio del realismo burgués
y que pretendía situar a la palabra en el mismo plano de
importancia que otros lenguajes. Artaud aspiraba a la creación
de un lenguaje teatral puro que contuviera el espíritu
de los más antiguos jeroglíficos, un verdadero lenguaje
físico basado en signos y no en palabras. La puesta en
escena adquiría así un papel preponderante en
la materialización de esos antiguos conflictos y en la
creación de una atmósfera de sugestión hipnótica
donde la mente es afectada por una presión directa sobre
los sentidos.
Los
seguidores de estos movimientos en la actualidad
Muchos grupos han continuado
la labor investigadora de las propuestas de Artaud. Peter Brook
es uno de los principales seguidores de estas premisas, aunque
su trabajo también explora caminos diferentes.
Es difícil reconocer
la materialidad del teatro artaudiano porque muchos grupos que
se atribuyen el trabajar con sus preceptos obtienen resultados
que difieren completamente entre sí. De todos modos esto
no resulta extraño: ni siquiera el propio Artaud llegó
a materializar satisfactoriamente el teatro que fundó.
Muchos grupos sólo copian la forma y se confunden entre
intentos fallidos y pretenciosos, que alejan al público
de lo que debiera ser el «verdadero teatro». Además de
saberse las fórmulas o recetas, también es
necesario que quiénes las apliquen sean personas con una
cierta sensibilidad. Los experimentos vacíos han contribuido
a alejar al público del «verdadero teatro», haciéndolo
refugiarse en un género menor —y digo menor porque desde
los griegos las piezas de divertimento eran pasatiempos menores
en comparación con las tragedias—. Pero ¿qué hay
de cierto en que la gente se refugia en lo que le queda? Suena
a antiguo el discurso de que la gente no va al teatro porque no
hay buen teatro, sobretodo porque la gente sí va al teatro:
los espectáculos de teatro comercial —o más bien:
el teatro que no tiene otro objetivo que el de entretener— repletan
sus butacas en temporadas repetidas. Tal vez no sólo se
trata de recuperar los ritos.
¿Cómo se pueden
combinar estos rituales ancestrales con la vida contemporánea
para crear un lenguaje que al mismo tiempo tenga ese efecto purificador
y pueda ser comprendido por el hombre de nuestra época?
Tal vez la única alternativa para conseguir su objetivo
purificador y mágico sea nacer y destruirse a sí
mismo continuamente para poder seguir causando esa conmoción
que le debiera ser propia, porque todo teatro (arte) que empieza
como una revolución, al ser aceptado oficialmente como
bueno deja de provocar la conmoción que le animó
originalmente y se transforma en un objeto de culto y de moda,
por lo tanto resulta casi imposible tener una línea de
trabajo que no deba traicionarse a sí misma a cada instante.
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