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Yo quiero ser pobre un ratito
Sergio Pitol, en una entrevista concedida a El cultural, afirmaba: «Llegué a Barcelona en 1969, en la miseria, pero fue enriquecedor.» Repasando la biografía que de don Sergio aparece en Internet, uno encuentra que, justo desde 1960, el ilustre escritor fue miembro del Servicio Exterior de su país y que ocupó puestos tan llamativos como consejero cultural, director de Asuntos Culturales o director de Asuntos Internacionales, lo que constituye sin duda un modo muy interesante de estar en la miseria. Pero si él dice que estaba en la miseria, yo le creo. Le creo porque hay gente para la que no tener doce casas y cuatro coches es síntoma claro de pobreza. Las declaraciones de Pitol han activado mi mala (muy mala, de hecho) memoria y enseguida me he dado de bruces con otras biografías paupérrimas. Así, Gabriel García Márquez (a la sazón, el escritor más rico del mundo) decía en un artículo sobre Juan Rulfo: «Yo vivía en un apartamento sin ascensor de la calle Renán, en la colonia Anzures, con Mercedes y Rodrigo, que entonces tenía menos de dos años. Teníamos un colchón doble en el suelo del dormitorio grande, una cuna en el otro cuarto, y una mesa de comer y escribir en el salón, con dos sillas únicas que servían para todo.» Y luego añade: «Yo tenía 32 años, había hecho en Colombia una carrera periodística efímera, fulminante, acababa de pasar tres años muy útiles y duros en París, y ocho meses en Nueva York.» Aparte de que no tener ascensor en 1960 tampoco es para tanto, la inopia de Gabo mola cantidad: vive en Ginebra, Roma, París, Europa del Este, Londres, Nueva York, La Habana y finalmente México D.F., y cuenta además con amigos igualmente menesterosos como Carlos Fuentes, Álvaro Mutis o Fidel Castro. Pero, ya digo, si él asegura que estuvo «viviendo durante casi cuatro años de milagros cotidianos», yo le creo a pies juntillas. Otra vida fascinante es la de Simone Weill (1909-1943). Según puede leerse en el prólogo de La gravedad y la gracia, Simone «a los once años seguía a los parados que se manifestaban por el boulevard Saint-Michel». Eso no le impidió entrar en los colegios más prestigiosos y ocupar una cátedra universitaria. Sin embargo, la conciencia política de Simone Weill hizo que en 1934 pidiera la excedencia y «abandonara su vida docente para llevar una existencia obrera. Opta, en fin, por abrazar una peligrosa profesión (...) El 4 de diciembre de ese mismo año consigue su primer empleo como peón en la empresa Alsthom, de componentes eléctricos. Deja la casa de sus padres y se instala en una buhardilla de la misma calle en que está sita la empresa. El trabajo a destajo y la inhumana organización...» Hasta aquí, el lector curioso puede tomar dos posturas: la de la admiración absoluta por el deseo de Simone de acercarse a los trabajadores, o el escepticismo de encontrarnos con un caso más de niña rica aburrida de ser rica que, como dice el genial título de una novela de Julián Rodríguez , decide tomarse «unas vacaciones baratas en la miseria de los demás.» La cita del prólogo sigue así: «inhumana organización de la factoría le producen los primeros sufrimientos, y un mes después enferma. Recuperada de una otitis, vuelve a Alsthom, donde continúa trabajando hasta el 4 de abril de 1935.» Lo que me lleva a apuntarme sin duda a la postura escéptica, dado que Simone Weill estuvo apenas tres meses en la fábrica, pero se llevó la gloria y la dignidad de los miles de obreros de verdad que trabajaron allí durante décadas. Cursillos de miseria En algún sitio, leí que Juan Bonilla (Jerez, 1966) había trabajado como «repartidor de pan en Sevilla», y en las solapas de los primeros libros de Ray Loriga (Madrid, 1967), nos explican: «Ha realizado diversos trabajos (mozo de almacén, empleado en una hamburguesería...) antes de empezar a publicar relatos en la revista underground El canto de la tripulación». Ante lo cual, yo me pregunto: ¿lo hacen a posta? Quiero decir: hay miles de trabajos de mierda por ahí, miles; pero los escritores siempre han ejercido los más miserables y, por ello, «prestigiosos». ¿Acaso miran las ofertas de empleo y piensan: a ver qué colocación puedo pillar que quede bien en mi biografía? ¿Se lo inventan sin más? ¿O les imponen en la editorial un pasado glorioso en los márgenes del sistema? Otro asunto muy parecido se da cuando alguien gana un gran premio literario. El periodista, que es gilipollas, pregunta: «¿Qué va a hacer usted con el dinero del premio?» (ante lo cual no entiendo cómo el escritor no responde: ¿Y a usted qué c*** le importa?), y la contestación suele ser: «Uy, pues por fin podré comprarme un piso.», o «Pagaré mis múltiples deudas.», o, como dijo Lucía E. tras hacerse recientemente con el Planeta: «Me voy a comprar un coche, que nunca he tenido.» Es decir: si eres escritor no puedes dar al lector-consumidor la impresión de que estás forrado, tienes que pintarle un escenario caritativo, de modo que comprar tu libro sea para él como hacer una buena obra. Y esto, en muchos casos, es falso, como en el de Lucía E., que no se cuenta precisamente entre los escritores españoles con menos recursos económicos (¡si en ocho años ha ganado cerca de medio millón de euros en premios, por el amor de Dios!) El epítome de toda esta frivolización de la pobreza lo representa José Saramago. Como dice Juan Carlos Méndez Guédez: «El Nobel no lo ganaron ni Borges ni Cortázar. Y en cambio lo recibió un autor tan mediocre como Saramago. Habría que preguntarle a él su fórmula. Tal vez consista en continuar siendo estalinista, en ganar mucho, muchísimo dinero gracias a sus continuos mensajes a favor de los pobres del mundo.» O como dijo Andrés Trapiello en la tele: «Saramago no es un escritor comunista al que le han dado el Nobel; le han dado el Nobel porque es comunista.» Darío Fo empleó los millones del premio nórdico para dotar de autobuses a una residencia de ancianos, sin embargo, ¿qué ha hecho José Saramago con esos millones? ¿Los ha donado en secreto como dicta la Biblia? ¿En secreto, un tipo que hasta cuando ayuda a cruzar a una viejecita llama antes a los fotógrafos? En la orilla opuesta a José Saramago (es decir, en la de los pobres de verdad) está un autor del que Jesús Ferrero, en petite comité, afirmó hace muchos años: «En España hay un escritor muy bueno, que no conoce nadie y que vive de 40.000 pesetas al mes.» Ese autor era Roberto Bolaño (1953-2003). El chileno dijo en una entrevista: «Siempre quise ser un escritor político, de izquierdas, claro está, pero lo escritores políticos de la izquierda siempre me parecían infames. (...) Quiero decir, miserables como escritores. Y yo ahora tiendo a pensar que también fueron miserables como hombres. Y probablemente miserables como amantes y como esposos y como padres.» Roberto Bolaño nunca hizo exhibición de sus miserias, pues los que han sido pobres de verdad saben algo que ignoran los inopes de diseño: mi dolor no se vende. Pero, ya digo, yo a esos escritores de izquierdas (pobres, muy pobres, requetepobres), les creo. Les creo a todos. |
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