| Yo quiero ser pobre
un ratito
Alberto
Olmos
alberto-olmos@terra.es

Lo
bueno que tiene el pasado es que siempre nos lo podemos inventar.
Entre los escritores, una de las revelaciones biográficas
más habituales es que, antes de estar podridos de dinero,
pasaron épocas de necesidad. Así, del mismo modo
que los actores famosos al recordar sus inicios afirman que fueron
al casting «a acompañar a un amigo»,
es milagrosamente típico que un novelista adinerado, desde
su aburguesamiento actual, diga que hace veinte o treinta años
no tenía ni para comer.
Sergio Pitol, en una entrevista concedida
a El cultural, afirmaba: «Llegué a Barcelona
en 1969, en la miseria, pero fue enriquecedor.» Repasando
la biografía que de don Sergio aparece en Internet, uno
encuentra que, justo desde 1960, el ilustre escritor fue miembro
del Servicio Exterior de su país y que ocupó puestos
tan llamativos como consejero cultural, director de Asuntos Culturales
o director de Asuntos Internacionales, lo que constituye sin duda
un modo muy interesante de estar en la miseria. Pero si él
dice que estaba en la miseria, yo le creo. Le creo porque hay
gente para la que no tener doce casas y cuatro coches es síntoma
claro de pobreza.
Las declaraciones de Pitol han activado
mi mala (muy mala, de hecho) memoria y enseguida me he dado de
bruces con otras biografías paupérrimas. Así,
Gabriel García Márquez (a la sazón, el escritor
más rico del mundo) decía en un artículo
sobre Juan Rulfo: «Yo vivía en un apartamento sin
ascensor de la calle Renán, en la colonia Anzures, con
Mercedes y Rodrigo, que entonces tenía menos de dos años.
Teníamos un colchón doble en el suelo del dormitorio
grande, una cuna en el otro cuarto, y una mesa de comer y escribir
en el salón, con dos sillas únicas que servían
para todo.» Y luego añade: «Yo tenía
32 años, había hecho en Colombia una carrera periodística
efímera, fulminante, acababa de pasar tres años
muy útiles y duros en París, y ocho meses en Nueva
York.» Aparte de que no tener ascensor en 1960 tampoco es
para tanto, la inopia de Gabo mola cantidad: vive en Ginebra,
Roma, París, Europa del Este, Londres, Nueva York, La Habana
y finalmente México D.F., y cuenta además con amigos
igualmente menesterosos como Carlos Fuentes, Álvaro Mutis
o Fidel Castro. Pero, ya digo, si él asegura que estuvo
«viviendo durante casi cuatro años de milagros cotidianos»,
yo le creo a pies juntillas.
Otra vida fascinante es la de Simone Weill
(1909-1943). Según puede leerse en el prólogo de
La gravedad y la gracia, Simone «a los once años
seguía a los parados que se manifestaban por el boulevard
Saint-Michel». Eso no le impidió entrar en los colegios
más prestigiosos y ocupar una cátedra universitaria.
Sin embargo, la conciencia política de Simone Weill hizo
que en 1934 pidiera la excedencia y «abandonara su vida
docente para llevar una existencia obrera. Opta, en fin, por abrazar
una peligrosa profesión (...) El 4 de diciembre de ese
mismo año consigue su primer empleo como peón en
la empresa Alsthom, de componentes eléctricos. Deja la
casa de sus padres y se instala en una buhardilla de la misma
calle en que está sita la empresa. El trabajo a destajo
y la inhumana organización...» Hasta aquí,
el lector curioso puede tomar dos posturas: la de la admiración
absoluta por el deseo de Simone de acercarse a los trabajadores,
o el escepticismo de encontrarnos con un caso más de niña
rica aburrida de ser rica que, como dice el genial título
de una novela de Julián Rodríguez , decide tomarse
«unas vacaciones baratas en la miseria de los demás.»
La cita del prólogo sigue así: «inhumana organización
de la factoría le producen los primeros sufrimientos, y
un mes después enferma. Recuperada de una otitis, vuelve
a Alsthom, donde continúa trabajando hasta el 4 de abril
de 1935.» Lo que me lleva a apuntarme sin duda a la postura
escéptica, dado que Simone Weill estuvo apenas tres meses
en la fábrica, pero se llevó la gloria y la dignidad
de los miles de obreros de verdad que trabajaron allí durante
décadas.
Cursillos de miseria
En algún sitio, leí que
Juan Bonilla (Jerez, 1966) había trabajado como «repartidor
de pan en Sevilla», y en las solapas de los primeros libros
de Ray Loriga (Madrid, 1967), nos explican: «Ha realizado
diversos trabajos (mozo de almacén, empleado en una hamburguesería...)
antes de empezar a publicar relatos en la revista underground
El canto de la tripulación». Ante lo cual,
yo me pregunto: ¿lo hacen a posta? Quiero decir: hay miles
de trabajos de mierda por ahí, miles; pero los escritores
siempre han ejercido los más miserables y, por ello, «prestigiosos».
¿Acaso miran las ofertas de empleo y piensan: a ver qué
colocación puedo pillar que quede bien en mi biografía?
¿Se lo inventan sin más? ¿O les imponen en
la editorial un pasado glorioso en los márgenes del sistema?
Otro asunto muy parecido se da cuando
alguien gana un gran premio literario. El periodista, que es gilipollas,
pregunta: «¿Qué va a hacer usted con el dinero
del premio?» (ante lo cual no entiendo cómo el escritor
no responde: ¿Y a usted qué c*** le importa?), y
la contestación suele ser: «Uy, pues por fin podré
comprarme un piso.», o «Pagaré mis múltiples
deudas.», o, como dijo Lucía E. tras hacerse recientemente
con el Planeta: «Me voy a comprar un coche, que nunca he
tenido.» Es decir: si eres escritor no puedes dar al lector-consumidor
la impresión de que estás forrado, tienes que pintarle
un
escenario caritativo, de modo que comprar tu libro sea para él
como hacer una buena obra. Y esto, en muchos casos, es falso,
como en el de Lucía E., que no se cuenta precisamente entre
los escritores españoles con menos recursos económicos
(¡si en ocho años ha ganado cerca de medio millón
de euros en premios, por el amor de Dios!)
El epítome de toda esta frivolización
de la pobreza lo representa José Saramago. Como dice Juan
Carlos Méndez Guédez: «El Nobel no lo ganaron
ni Borges ni Cortázar. Y en cambio lo recibió un
autor tan mediocre como Saramago. Habría que preguntarle
a él su fórmula. Tal vez consista en continuar siendo
estalinista, en ganar mucho, muchísimo dinero gracias a
sus continuos mensajes a favor de los pobres del mundo.»
O como dijo Andrés Trapiello en la tele: «Saramago
no es un escritor comunista al que le han dado el Nobel; le han
dado el Nobel porque es comunista.» Darío Fo empleó
los millones del premio nórdico para dotar de autobuses
a una residencia de ancianos, sin embargo, ¿qué
ha hecho José Saramago con esos millones? ¿Los ha
donado en secreto como dicta la Biblia? ¿En secreto, un
tipo que hasta cuando ayuda a cruzar a una viejecita llama antes
a los fotógrafos?
En la orilla opuesta a José Saramago
(es decir, en la de los pobres de verdad) está un autor
del que Jesús Ferrero, en petite comité,
afirmó hace muchos años: «En España
hay un escritor muy bueno, que no conoce nadie y que vive de 40.000
pesetas al mes.» Ese autor era Roberto Bolaño (1953-2003).
El chileno dijo en una entrevista: «Siempre quise ser un
escritor político, de izquierdas, claro está, pero
lo escritores políticos de la izquierda siempre me parecían
infames. (...) Quiero decir, miserables como escritores. Y yo
ahora tiendo a pensar que también fueron miserables como
hombres. Y probablemente miserables como amantes y como esposos
y como padres.»
Roberto Bolaño nunca hizo exhibición
de sus miserias, pues los que han sido pobres de verdad saben
algo que ignoran los inopes de diseño: mi dolor no se vende.
Pero, ya digo, yo a esos escritores de
izquierdas (pobres, muy pobres, requetepobres), les creo.
Les creo a todos.
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