| El eco religioso
de la palabra poética (o algunas reflexiones sobre la poesía
y el poder)
En este microensayo Juárez Aldazábal
analiza el papel de la palabra poética en nuestras sociedades
posmodernas.
Carlos Juárez Aldazábal
carlosaldazabal@yahoo.com


En 1997 Juan Gelman recibió
el Premio Nacional de Poesía, durante una ceremonia en
la que se atrevió a denunciar la continuidad de la dictadura
de Videla con el gobierno menemista. En esa ocasión la
secretaria de cultura, Beatriz Gutiérrez Walker, afectada
por el discurso del poeta, se atrevió a retrucar con una
afirmación desafortunada: «usted puede decir lo que dijo
porque este gobierno se lo permite.»
Michel Foucault, en
una de las entrevistas que aparecen en la Microfísica
del poder, sostiene que las relaciones de poder «no obedecen
a la sola forma de la prohibición y del castigo, sino que
son multiformes.» El poder no sólo prohíbe: también
posibilita, produce efectos de saber y de verdad «reglamentados
por la producción, la ley, la repartición, la puesta
en circulación y el funcionamiento de los enunciados.»
El enunciado «usted puede decir lo que dijo porque este gobierno
se lo permite» oculta la verdad de que el poder político,
que podría silenciar a sus opositores mediante la violencia,
no lo hace porque se percibe a sí mismo como un poder democrático,
poder que no precisa callar al oponente, que puede permitirle
que mienta, que despliegue enunciados equívocos
que escapan a la posibilidad de lo real (es inevitable aquí
recordar la célebre frase de Perón, «la única
verdad es la realidad»).
Como dice Octavio
Paz en un artículo de La casa de la presencia, «el
poder político es estéril, porque su esencia consiste
en la dominación de los hombres, cualquiera que sea la
ideología que lo enmascare (...) allí donde el poder
invade todas las actividades humanas, el arte languidece o se
transforma en una actividad servil y maquinal (...) El poder inmoviliza,
fija en un solo gesto —grandioso, terrible o teatral y, al fin,
simplemente monótono— la variedad de la vida.» Por supuesto
que Paz está haciendo hincapié en el poder de los
gobiernos totalitarios porque, como escribe en otra parte del
texto, «un arte político sólo puede nacer allí
donde existe la posibilidad de expresar opiniones políticas,
es decir, allí donde existe la posibilidad de hablar y
de pensar.» A partir de esto último podríamos preguntarnos:
¿la poesía de Juan Gelman existe porque existe la democracia?
¿A esa idea de Paz se refería la secretaria menemista,
funcionaria de un gobierno donde el totalitarismo se había
vuelto economicista? Pero mejor dejemos el asunto en suspenso
para abocarnos a la problemática de la relación
entre el poder y la poesía o, para decirlo de un modo más
benjaminiano, la supervivencia de un eco religioso, entendido
como mito, en la palabra poética.
En el artículo
mencionado, Paz sostiene que «el poder político puede canalizar,
utilizar y —en ciertos casos— impulsar una corriente artística.
Jamás puede crearla. Y más: su influencia resulta,
a la larga, esterilizadora. El arte se nutre siempre del lenguaje
social. Ese lenguaje es, asimismo y sobre todo, una visión
del mundo.» Debemos inferir de lo expresado que el poder de la
poesía se confunde con el poder del lenguaje. ¿En qué
consiste ese poder?
Merleau-Ponty en su
Fenomenología de la percepción señala
que el lenguaje «es una manifestación, una revelación
del ser íntimo y del vínculo psíquico que
nos une al mundo y a nuestros semejantes.» Pero el lenguaje revela
el mundo, no es el mundo. Michel Foucault en Las palabras y
las cosas se lamenta diciendo que «se ha deshecho la profunda
pertenencia del lenguaje y del
mundo. Se ha terminado el primado de la escritura.» Más
adelante intenta colocar una esperanza afirmando que «en la época
moderna la literatura es lo que compensa (y lo que confirma) el
funcionamiento significativo del lenguaje. A través de
ella brilla de nuevo el ser del lenguaje en los límites
de la cultura occidental —y en su corazón—.» Sin embargo,
como también señala Foucault, la palabra que aparece
en la literatura moderna (y por extensión en la posmoderna)
es una palabra que «va a crecer sin punto de partida, sin término
y sin promesa.» La tarea del poeta, entonces, parece complicarse.
El discurso poético,
revestido de su carácter mítico, y por lo tanto
religioso, ha sido el primer dador de sentido de las sociedades
humanas. El poder de la poesía, el poder de la palabra
poética, ha sido, originariamente, el de fundar sociedades,
instituir sociedades. Perdido ese poder originario sólo
le queda al poeta el deber de ejercer un poder limitado pero más
vigoroso, en el que, sin embargo, la carga religiosa sobrevive:
una poesía que abra sentidos, que indique posibilidades
de mundos, alternativas para sociedades que, como las nuestras,
han sido refundadas por una racionalidad occidental y moderna.
Sociedades que han seguido las indicaciones dadas por Platón
en el capítulo X de La República: echar a
los poetas de la polis.
Y esto me sirve para
retomar la anécdota del comienzo. Juan Gelman, poeta que
se atrevió a nombrar el mundo, a comprometerse con la existencia
dando testimonio de ese compromiso en su obra, había apelado
a la sensibilidad de los que estaban presentes en aquella entrega
de premios, había despertado la parte no racional del alma
humana (tan criticada por Platón) había colocado
en su discurso la verdad del genocidio y la perversidad de los
verdugos, en un tono que recordaba el registro de la homilía.
«La única verdad es la realidad» fue, en cierta forma,
la respuesta del poder político, el discurso de la racionalidad
y la eficacia, el deseo platónico de una república
sin poetas pero esta vez al servicio de la impunidad.
«Lo político
excluye lo artístico, porque lo primero tiene que ser partidista
para poder conseguir algo», escribió León Tolstoi
en su diario, el 21 de marzo de 1885. El poeta, en cambio, para
poder ejercer el poder de la poesía no puede tomar partido
por la realidad clausurada de la racionalidad occidental. Su único
compromiso es con la vida, sus múltiples matices, sus variadas
formas, sus distintos mundos. Tarea angustiante y dolorosa (pero
también feliz) que obliga al artista a hacerse responsable
del poder que habita en sus palabras.
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