| Epístola
al corifeo vaticano
Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

Carta de Jesús
al Papa
Fernando Sánchez Dragó
Editorial Planeta, 2001
346 páginas
5 pesos, Dickens, Av. Corrientes 1375, Buenos Aires
Ábrete
a otros ámbitos, Wojtyla, a otras voces, a otros lugares,
a otras culturas, a otras visiones del universo, a otras filosofías
de la existencia y de la esencia. Sé cosmopolita, como
lo fueron los alejandrinos, entre los que tantos padres de tu
Iglesia hubo. No gires en la órbita de tu ombligo, no contemples
la punta de tus chapines, no te enclaustres, no cierres las ventanas,
no pasees como un oso de jardín zoológico entre
las cuatro paredes de la Ciudad Eterna (y sé, por cierto,
consciente de que también ella, Roma, como todo, perecerá
y desaparecerá.) O lo que es, en esta ocasión, lo
mismo: lee la Baghavad Gîta y después, ya
metido en faena, echa también un vistazo al Tao Te
King, y al I Ching, y los Vedas, y las Upanisadas,
y a los Sûtras de Patañjali, y... No todo
va a ser Biblia y sólo Biblia en este mundo.
He aquí un libelo en toda regla contra la iglesia católica
y su jefe empresarial, el infalible Juan Pablo II. Sánchez
Dragó se inviste de Jesús el Galileo, se autonombra
amanuense de éste y le escribe una incendiaria misiva al
preboste católico. En la carta, Jesús desmiente
haber predicado el recalcitrante credo que la iglesia propugna,
niega su condición de Cristo, recuerda las semejanzas entre
él y los mitos de culturas precedentes, rehace su biografía,
denuncia la persecución y exterminio de las religiones
mistéricas por parte de los cristianos antiguos o señala
a Pablo de Tarso como el verdadero fundador de la iglesia y principal
falsario de sus enseñanzas. Los objetivos principales del
libro son reclamar una vuelta al gnosticismo, pavimentar el regreso
hacia la espiritualidad sincretista primigenia y ayudar al resquebrajamiento
del dogmatismo vaticano, en definitiva, orar por el advenimiento
de un catolicismo que sea capaz de responder a las necesidades
actuales.
Jung sostenía que el hombre necesita del
arquetipo divino la idea de Dios y que éste
es un cauce que cada cultura anega con el agua mitológica que
prefiere. Las religiones compendian los mitos y supersticiones
que cada pueblo asimila a su cultura. La figura de Jesús se asemeja
casi hasta la copia literal, según Joseph Campbell en El héroe
de las mil caras, a Osiris, Diónisos, Atis, Adonis, Zoroastro,
Mitra, Krishna o Buda, quienes también nacen, por ejemplo, de
madre virgen y mortal. Todos estos héroes reproducen idéntico
mito. Según Dragó, la obstinada interpretación literal de los
evangelios canónicos, la negación de su exégesis
simbólica y el desprecio por la aportación gnóstica suponen
la gran mentira sobre la que se asienta la iglesia
católica y gran parte del drama de la Historia. Además,
al Vaticano le espanta comparar su religión con las demás,
y no se plantea poner en crisis uno solo de sus dogmas; incluso
prefiere obviar, por ejemplo, a Quetzalcoátl, divinidad nahua
adorada por las culturas precolombinas muchísimo antes de conocer
el credo hispanocatólico a punta de espada.
El libro está empapado en
ocasiones saturado de las lecturas de Dragó sobre
Karl Jung, Joseph Campbell, Ken Wilber, Gurdjeff, Freke y Gandy,
Christina y Stanislav Grof o Alain Danilou; también de
los innumerables viajes del autor a los lugares sagrados.
La densidad informativa es considerable y gustará a quienes
estén interesados en evadirse de la asfixia hispanocatólica
gracias a los puentes que tiende el pensamiento oriental y el
estudio de la historia. Filosóficamente Dragó se
ancla en un pensamiento claro: desde el siglo VI a.d.n.e. el
de Lao-Tsé, Zoroastro, Pitágoras, Buda, Confucio o los filósofos
presocráticos poco hemos avanzado en materia espiritual,
y gran parte de la culpa la tiene la iglesia católica.
Fiel al estilo sinuoso, lleno de meandros
estilísticos, con arabescos uno tras otro, enrocado y enroscado
entre comas, aliteraciones, paréntesis y guiones explicativos,
en ocasiones abigarrado como el rococó más florido,
el gnóstico Sánchez Dragó despliega lo mejor
que tiene: su erudición al servicio de la espiritualidad.
Siempre polémico, mal visto por una intelectualidad que
prefiere afincarse en la seguridad de los conceptos fetiche acuñados
por el ismo de moda o por la mediocridad, Sánchez Dragó
cumple sobradamente con sus seguidores y detractores en este libro:
resulta excesivo, erudito y reaccionariamente arcaico en sus modos
y temas.
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