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Epístola al corifeo vaticano
Carta
de Jesús al Papa
Ábrete a otros ámbitos, Wojtyla, a otras voces, a otros lugares, a otras culturas, a otras visiones del universo, a otras filosofías de la existencia y de la esencia. Sé cosmopolita, como lo fueron los alejandrinos, entre los que tantos padres de tu Iglesia hubo. No gires en la órbita de tu ombligo, no contemples la punta de tus chapines, no te enclaustres, no cierres las ventanas, no pasees como un oso de jardín zoológico entre las cuatro paredes de la Ciudad Eterna (y sé, por cierto, consciente de que también ella, Roma, como todo, perecerá y desaparecerá.) O lo que es, en esta ocasión, lo mismo: lee la Baghavad Gîta y después, ya metido en faena, echa también un vistazo al Tao Te King, y al I Ching, y los Vedas, y las Upanisadas, y a los Sûtras de Patañjali, y... No todo va a ser Biblia y sólo Biblia en este mundo.
Jung sostenía que el hombre necesita del arquetipo divino la idea de Dios y que éste es un cauce que cada cultura anega con el agua mitológica que prefiere. Las religiones compendian los mitos y supersticiones que cada pueblo asimila a su cultura. La figura de Jesús se asemeja casi hasta la copia literal, según Joseph Campbell en El héroe de las mil caras, a Osiris, Diónisos, Atis, Adonis, Zoroastro, Mitra, Krishna o Buda, quienes también nacen, por ejemplo, de madre virgen y mortal. Todos estos héroes reproducen idéntico mito. Según Dragó, la obstinada interpretación literal de los evangelios canónicos, la negación de su exégesis simbólica y el desprecio por la aportación gnóstica suponen la gran mentira sobre la que se asienta la iglesia católica y gran parte del drama de la Historia. Además, al Vaticano le espanta comparar su religión con las demás, y no se plantea poner en crisis uno solo de sus dogmas; incluso prefiere obviar, por ejemplo, a Quetzalcoátl, divinidad nahua adorada por las culturas precolombinas muchísimo antes de conocer el credo hispanocatólico a punta de espada. El libro está empapado en ocasiones saturado de las lecturas de Dragó sobre Karl Jung, Joseph Campbell, Ken Wilber, Gurdjeff, Freke y Gandy, Christina y Stanislav Grof o Alain Danilou; también de los innumerables viajes del autor a los lugares sagrados. La densidad informativa es considerable y gustará a quienes estén interesados en evadirse de la asfixia hispanocatólica gracias a los puentes que tiende el pensamiento oriental y el estudio de la historia. Filosóficamente Dragó se ancla en un pensamiento claro: desde el siglo VI a.d.n.e. el de Lao-Tsé, Zoroastro, Pitágoras, Buda, Confucio o los filósofos presocráticos poco hemos avanzado en materia espiritual, y gran parte de la culpa la tiene la iglesia católica. Fiel al estilo sinuoso, lleno de meandros estilísticos, con arabescos uno tras otro, enrocado y enroscado entre comas, aliteraciones, paréntesis y guiones explicativos, en ocasiones abigarrado como el rococó más florido, el gnóstico Sánchez Dragó despliega lo mejor que tiene: su erudición al servicio de la espiritualidad. Siempre polémico, mal visto por una intelectualidad que prefiere afincarse en la seguridad de los conceptos fetiche acuñados por el ismo de moda o por la mediocridad, Sánchez Dragó cumple sobradamente con sus seguidores y detractores en este libro: resulta excesivo, erudito y reaccionariamente arcaico en sus modos y temas. |
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