Contra la herética pravedad y la apostasía


Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

La inquisición en Hispanoamérica (judíos, protestantes y patriotas)
Boleslao Lewin
Editorial Paidós, Buenos Aires (1970 aprox.)
288 páginas
3 pesos, El Aleph, Corrientes y Acuña de Figueroa, Buenos Aires.

A fines del siglo XVI la Inquisición de México procesó post mortem a Antonio Machado, sastre paralítico y judío ferviente, cuyos huesos mandó desenterrar y quemar, junto con su estatua, en el auto de fe de 1601. Según surge de su proceso, aún inédito pero en nuestro poder, el hijo de este israelita tan apegado a su fe, doctor Juan Machado, abogado de la Audiencia de México, era un católico sincero y practicante. Incluso la Inquisición —lo que es decir mucho— no vio ningún motivo para proceder contra él. Sin embargo, halló suficientes justificativos para proceder, en 1604, contra su hija Antonia, porque a pesar de ser nieta de un relajado, «trae vestidos de seda con franja de oro». Cabe destacar que fueron los vecinos de la rea quienes la acusaron ante el Santo Oficio. También a causa de una denuncia de personas de su trato fue procesado Gonzalo Medina, otro nieto de Antonio Machado. Se le acusaba de «traer armas, vestidos de seda y paño fino y andar a caballo», todas cosas prohibidas a los descendientes de condenados hasta la segunda generación, inclusive. (pág. 171)

Boleslao Lewin es un clásico entre los historiadores americanistas. La tesis de este libro es clara: el matrimonio medieval entre reyes españoles y papas precedió a Hitler en la invención y expansión del antisemitismo. España, parapetada tras el acero católico, aprovechó la carrerilla con que venía de perseguir judíos, moros, conversos, infieles y a quienes se terciase durante la Reconquista, para lanzarse a los predios europeos a fusilar protestantes y otros herejes. Cuando Colón informa de la existencia de un continente desconocido —con el consiguiente desmadre teológico que esto significaba—, no tardan los sabios de la época en tomar una decisión acorde a su estatura espiritual, y España exporta lo peor de sí: una máquina de tortura psicológica, extorsión económica y exterminio físico, la Inquisición; que sólo existió en España y Portugal y en las colonias de éstas en el Nuevo Mundo.

En 1569, Felipe II recomendó «nombrar Inquisidores Apostólicos contra la herética pravedad y apostasía, y los oficiales y ministros necesarios para el uso y ejercicio del Santo Oficio.» en las colonias de América. Si ya entonces el Sacrosanto Circo Imperial presentaba al otro lado del Atlántico atracciones varias como el deslome de indios en las minas del Potosí a ritmo de multinacional moderna, el florecimiento de lujosas iglesias como si fueran McDonalds, el expolio por toneladas de cualquier mineral precioso o la devastación de los suelos a fuerza de plantar caña de azúcar y café —como escribieron Marx en 1848 y más tarde Galeano—, sólo faltaba enviarles la Inquisición para convertir el continente en un cuadro perfecto de El Bosco.

Según Lewin, la raíz del odio español por los judíos tiene un fuerte componente económico. La evolución de los hechos puede sintetizarse como sigue:

1) En 1184 se celebra el Concilio de Verona y aparece la figura del Inquisidor ordinario, obispo que vigilaba, reglamento en mano, la herejía en sus parroquias y diócesis. El papa Lucio III y el emperador Francisco Barbarroja acordaron que «el crimen cometido en ofensa de la majestad divina debía ser juzgado mucho más severamente que el cometido contra la majestad humana.»

2) En 1219 Domingo de Guzmán, monje dominico, crea la Milicia de Jesucristo, primer aparato represor inquisitorial. En 1224, el papa Gregorio IX, que cuenta con este soporte paramilitar, crea la Inquisición delegada. El clima de intolerancia religiosa crece y Nicolás Eymerich, inquisidor delegado, se empeña en echarle el guante al bueno de Ramón Llull.

3) En 1391 se producen masivas conversiones de judíos en católicos. Las conversiones fueron forzadas y se desarrollaron en un clima de violentas coacciones. Aparece la curiosa nomenclatura de cristianos viejos y cristianos nuevos. Estos últimos son los conversos.

4) En 1449 se promulga el edicto de limpieza de sangre de Toledo, y los conversos quedan excluidos de casi toda actividad pública por ser «infames, inhabiles, incapaces e indignos para haber todo beneficio público y privado en la dicha cibdad de Toledo».

5) En 1483, el papa Sixto IX reconoce la división entre cristianos viejos y nuevos y certifica la imposibilidad de los conversos para formar parte de la Inquisición. Ese mismo año Torquemada —otro dominico—, gracias a una bula papal, es nombrado Inquisidor General del Reino de Castilla, Aragón, Cataluña y Valencia.

6) En 1492, los Reyes Católicos promulgan el edicto de expulsión de los judíos de España.

A partir de ahí:

7) La Inquisición desarrolló una exigente política de limpieza étnica: se exigía la pureza de sangre cristiana hasta la cuarta generación a todos sus funcionarios, desde el barbero o el pinche de cocina hasta el inquisidor general. (Cuando Dios se cabrea en el Éxodo también lo hace hasta la cuarta generación.)

8) Los inquisidores perseguían con celo la herejía, sí, pero con mayor ahínco si cabe desposeían a los encausados de su patrimonio, que servía para financiar al Tribunal del Santo Oficio. Los judíos fueron expoliados como fueron expoliadas las minas bolivianas del Potosí.

9) La saña católica fue en las Indias Occidentales como en España: judío bueno: judío torturado, vejado, muerto y con la familia sancionada por generaciones.

10) La Inquisición en Hispanoamérica murió al calor de las ideas ilustradas de Voltaire, Rousseau, D'Alambert y compañía, autores censurados y considerados como heréticos. Curiosamente las recién independizadas colonias necesitaron que las Cortes de Cádiz, en 1812, abolieran este tribunal para animarse ellas a desterrarlo de suelo americano. Cuando Napoleón libera a Fernando VII, éste regresa a España, anula la Constitución y restaura la Inquisición. En América Latina, las ex colonias imitan a la ex metrópoli y retorna el tribunal de la fe. En 1820, Fernando VII cae y con él la Inquisición, ya de manera definitiva a los dos lados del Atlántico.

Sin ser un virtuoso del estilo, Boleslao Lewin salva con honor el obstáculo que supone para los investigadores mostrar los resultados de su trabajo, y convierte en interesante y ordenada la densidad informativa que maneja; aunque a veces ésta resulta demasiado abrumadora. En esos momentos se nota que la orientación del libro es eminentemente histórica y, en cierta medida, alejada de la divulgación: incluye muchas citas extensas, llamadas a otros textos, reproducciones de facsímiles, una amplia bibliografía, discusiones con otros investigadores... Este último apartado resulta llamativo, pues los damnificados son clásicos españoles: Claudio Sánchez-Albornoz es señalado como antisemita por su versión sobre Luis Vives, Américo Castro —el ídolo de Juan Goytisolo— es acusado de falsificar una cita de Menéndez Pelayo y éste, aunque encaja menos golpes, sale intitulado como «el más alto exponente del pensamiento católico español moderno.» En definitiva, un buen libro cuya lectura sólo se puede recomendar.