| Decadencia reaccionaria
Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

Los pliegues de la Tiara (Los
papas y la Iglesia del siglo XX)
Fernando García de Cortázar y José María
Lorenzo Espinosa
Editorial Alianza
232 páginas
6 pesos, El Aleph, Corrientes y Acuña de Figueroa, Buenos
Aires.
El
Zentrum [partido alemán confesional católico y centrista
que gobernaba en coalición con los socialdemócratas
en Alemania, 1932], por su parte, se había visto envuelto
en el desprestigio de la misma república. El caos económico,
el paro y la inflación centristas no pudieron ser controlados
por la coalición de socialdemócratas y centristas,
dejando al país en manos de la propaganda y la demagogia
hitleriana. En las elecciones de abril de 1932, el ascenso del
nacionalsocialismo fue espectacular, dando fuerzas a la intimidación
de los escuadrones del partido nazi, que se ocuparon de hacer
desaparecer a numerosos políticos de la oposición
política y sindical. No obstante, el golpe de mano de marzo
de 1933 para alcanzar el poder por la vía parlamentaria,
no se pudo realizar sin eliminar primero a los comunistas con
la manipulación del Reichstag y, luego, aprovechando la
presión de Roma sobre los diputados centristas [del Zentrum],
que votaron la concesión de plenos poderes al líder
nazi.
La compensación a esta actitud
de la sede vaticana fue la rápida firma del Concordato
de 1933. Convencidas ambas partes de las ventajas que ofrecía
el acuerdo, su negociación sólo duró ocho
días. Los mandatarios nazis, a cuyo frente estaba el vicecanciller
de religión católica Von Papen, se sorprendieron
de encontrar una tan favorable acogida a sus intenciones concordatarias.
Por parte vaticana el cardenal Pacelli, futuro Pío XII
y que había sido nuncio en Munich y Berlín entre
1917 y 1929, condujo las apresuradas conversaciones, en las que
resulta difícil creer que no surgieran elementos importantes
de retraso o divergencia. Hitler, a quien el papa piropeó
diciendo que era el estandarte más indicado contra el comunismo
y el nihilismo, recibió con el concordato el mejor regalo
que le podía hacer Roma para refrendar su golpe parlamentario.
Fue Pío IX, en su Concilio Vaticano I, hacia 1870,
quien inventó eso de que el papa debía ser infalible.
La reacción de la iglesia católica a la revolución
francesa o a la revolución industrial fue la involución
dogmática: el papa tiene la verdad porque sí. El
sucesor del infalible Pío IX, León XIII (1878 -
1903), apuntó buenas maneras gracias a su encíclica
Rerum Norvarum, pero nada más. Los siguientes papas,
salvo el breve y casi yeyé Juan XXIII, enquistaron y polarizaron
los conflictos internos, confundieron el comunismo con el demonio,
vendieron su alma a la flor y nata del fascismo europeo Hitler,
Mussolini, Franco y Salazar y luego sonrieron a sus herederos
latinoamericanos Videla, Pinochet y compañía,
sofocaron todo intento eclesial por encontrarse con los obreros
y la ideología marxista, siguieron buscando el favor de
las burguesías y las clases dominantes, olvidaron del todo
la espiritualidad y se concentraron en hacer su reino de este
mundo. Ahí es nada.
El Vaticano está muy lejos de poder
ser identificado con las enseñanzas de Jesús. Su
italocracia y eurocentrismo resultan sospechosos en una iglesia
que debería ser universal. Los papas y cardenales son y
han sido siempre en su mayoría italianos; de hecho, Wojtyla
es el primer papa no italiano desde 1522. Por otro lado, los religiosos
católicos de América, Asia y África no boxean
en la misma categoría que los europeos: la opulenta y abstracta
palabrería europea pesa más que las necesidades
de revolución de los pobres de verdad. Además, en
Roma gustan de las clases: no es lo mismo pertenecer al reaccionario
Opus Dei que ser liberal y jesuita: Ratzinger y Juan Pablo miran
mejor a los primeros; y también se ve bien eso de regodearse
en el anquilosamiento: el Vaticano necesitó hasta 1965
para reconocer que se podía ser cura y obrero, o hasta
1992 para excusarse con el genial Galileo Galilei. En definitiva,
la iglesia y su gerontocrática cadena de mando no invaden
países al estilo made in USA porque no tienen suficientes
guardias suizos; pero, entre la Curia, no falta quien piense que
todo tiempo pasado fue mejor.
En fin, que difícilmente habrá
un papa negro y no me refiero a uno jesuita, o rojo,
o amarillo con ojitos achinados, o que conviva con un varón
o una mujer antes de seguir pontificando barbaridades sobre la
familia, la sociedad o el sexo; sin embargo, doctores y teólogos
no le faltan a la iglesia que, bajo pena de excomunión,
apelen a lo contrario. Küng, Cardenal, Boff,... En cualquier
caso, parece que la crisis demográfica del catolicismo
terminará, tarde o temprano, por sepultar las intrigas
palaciegas y abrir aún más el resquicio por donde
penetró la teología de la liberación. Quizá
la iglesia asuma pronto que no puede seguir siendo una transnacional
que fija políticas de mercado en territorios nacionales
ajenos al suyo.
No hay desperdicio en este libro, todo
es notable; aunque sobresalen los capítulos dedicados al
catolicismo en América Latina y al papa Juan Pablo II.
Fernando García de Cortázar y José María
Lorenzo Espinosa son breves pero concisos y contundentes; nada
está de más: todo párrafo es maná
que llevarse a la boca. El libro resulta instructivo, ameno, consistente
y muy bien escrito juraría que el estilo es de García
de Cortázar. De todos modos, echo en falta un capítulo
dedicado a las relaciones de la iglesia con las dictaduras latinoamericanas
y española. En resumen: dado el nefando nivel humanístico
de la educación escolar, he aquí una lectura que
ayudará a subsanar tantos olvidos en las clases de historia
de los padres salesianos, maristas, las monjitas auxiliadoras,
los fieles del Opus Dei, etc.
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