Portada literaria


Desobediencia...

Lecturas

Sinodal de Aguilafuente

La Inquisición en Hispanoamérica
, de Boleslao Lewin

Los pliegues de la tiara, de Fernando García de Cortázar.

Hombres a la carta,
de Javier Sádaba

Carta de Jesús al Papa, de Fernando Sánchez Dragó

Venenos nutritivos

Yo quiero ser pobre un ratito.

El eco religioso de la palabra poética...


 

 

 

portada literaria

Desobediencia cultural frente a
los dioses de la mercadotecnia

 

 

 

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

En Argentina los precios de los libros recién salidos de imprenta son sospechosamente caros, alrededor de 30 pesos en general; y me refiero a los nacionales o a los que se imprimen acá, porque las etiquetitas de los importados parecen sacadas de una casa de lencería: El hombre sin atributos, Robert Musil, 210 pesos; Política exterior, de Henry Kissinger, 175 pesos; All what jazz, de Philip Larkin, 98; Esculpir el tiempo, de Andrei Tarkovski, 95; ¿Quién dijo totalitarismo?, Slavoj Zižek, 80; Salto mortal, de Kenzaburo Oé, 79. Para quienes conocen mejor los euros que los pesos, y teniendo en cuenta la diferencia de poder adquisitivo entre Argentina y España, es como si te pidieran, más o menos, ¡210, 175, 98, 95, 80 ó 79 euros respectivamente! Una barbaridad. «Un destarifo, nano.», que decía mi amigo Vicente. De verdad, ¿tan onerosos precios no favorecen el apestoso elitismo ya de por sí inherente a la cultura? ¿Esto no desprende un tufillo a precios elevados porque sí, como los del caviar iraní, el champán francés o unos calzoncillos de John Lennon? Cualquier multinacional explota-niños asiáticos puede prestarle la excusa que precisen a los gigantes literarios.

Por suerte, hoy bastantes de las novedades impresas en Argentina en los últimos años están tiradas en los saldos a 5 pesos, es decir, que un lector medianamente avispado puede prescindir de las actuales novedades y no quedarse muy descolgado en cuanto a literatura contemporánea. Por otro lado, salvo los divinizados por los suplementos culturales —autores, en general, mediocres—, tarde o temprano, cualquier escritor es susceptible de terminar en una mesa de saldos. Sin embargo, los importados, que ya de por sí suponen una elevada inversión para las librerías, resultan difíciles de adquirir a un precio asequible. Esta situación me resulta, en cierto modo, familiar: cuando vivía en España tenía pesadillas con las desmesuradas pretensiones económicas de Siruela o Pre-Textos; nunca me alcanzaba el dinero para comprarme su libro más barato. Ahora, cuando los veo en los escaparates de Buenos Aires, creo estar en una joyería más que en una tienda de libros, y sólo se me ocurre un modo de conseguirlos: el robo. Soy muy malo para cometer crímenes, pero si alguien tiene más sangre fría que yo y está dispuesto a hacer negocios conmigo, arriba está mi correo electrónico.

Los suplementos culturales y las revistas reciben al por mayor los libros con que sueñan los lectores. Las editoriales no escatiman gastos ni prebendas en este aspecto: se debe hablar de ellos en los medios. Uno se compra un suplemento cultural al azar y allí están todos: sesudísimos ensayistas, inextricables filósofos, novelistas de cualquier laya, poetas malditos y de culto, amantísimos del cuento, intelectuales teleidiotas y románticos letraheridos de los medios gráficos, algunos incluso izquierdistas de pelo en pecho, aunque, eso sí, toditos a precios de libre mercado: las putas caras y de pocas páginas de Márquez; la churrería novelística que parece haber montado Paul Auster; los nuevos ensayos de Castoradis, Eco o Bourdieu; también los novísimos libros de Tabucchi, Gore Vidal, Kapuściński o Caetano Veloso; Derrida por aquí y Barthes por allá; también un poco de Lacan, o de Cortázar, quien muerto vende los libros más caros en Alfaguara que cuando presumía de zurdo en Cuba o Nicaragua; o cualquiera de los infames volúmenes póstumos —Guirnalda con amores, sin ir más lejos— que le están editando al también extinto Bioy Casares, quien gracias a la política ratonil y taimada de Emecé se convertirá en un escritor entre mediocre y pésimo. Y uno, que es cándido, pazguatillo y timorato sin remedio, que se compró por 0.50 centavos de peso el suplemento cultural de turno, que tiene un largo haber de libros cerrados antes de la página 50 y que observa cariacontecido que pocas novedades cuestan menos de 30 mangos, se pregunta: ¿vale la pena arriesgarse de nuevo? Con razón los divos de la cultura porteña cobran alrededor de 50 pesos la hora en sus talleres particulares: ¿de dónde financiarse si no la biblioteca?

En fin, en esta ciudad resulta más barato tomarse un par de daiquiris de banana, grosellas y mango en un lugar chic, rodeado de incontinentes amazonas y lascivos efebos, con todas las posibilidades de la noche aún en la mano, que presumir de que lees a Foucault, Lipovetsky o Guy Debord. Luego comentan que «La gente no lee». El pueblo siempre fue sabio a la hora de divertirse, y si no lee es porque tiene mejores ofertas de ocio. El teatro o el cine, como los ricos daiquiris en buena compañía, son también más asequibles que la literatura contemporánea.

Si el gobierno suprimiese el IVA a la cultura y las editoriales compatibilizaran sus precios con el poder adquisitivo de los ciudadanos, ya veríamos si la gente lee o no. Uno puede asumir cagarla a bajo costo, como asume que pierde dinero cuando juega a la lotería o le llevan a ver una película que es un bodrio, pero no a los precios escandalosos que titilan en los escaparates de las librerías, es decir, comprarse a 35 pesos El pasado, de Alan Pauls, o atreverse a gastar más de 40 en Los jardines de Kesington, de Rodrigo Fresán, es asumir un cargo de conciencia: no los valen. Por un poco más uno cena sushi y tempura con su pareja en un restaurante lindo, y lo pasa mejor. Además, esos precios son tramposos: ¿quién se atreve a reconocer que es malo un libro por el que pagó mucho?

Y vista así la situación: ¿quién sale favorecido de este sutil oscurantismo cultural donde las grandes editoriales fijan no sólo precios abusivos sino qué deben leer —pero sobre todo comprar— los lectores? ¿No se está abusando de la ‘actualidad’, concepto fetiche y calma-ansiedades donde los haya? ¿Por qué nadie protesta, ni siquiera los autores que presumen de marxistas, que aceptan el premio Nobel y luego publican en una multinacional?

Y los sesudísimos escritores: ¿para quién escriben, para ricos burgueses que tienen el poder adquisitivo necesario?, ¿para refinadísimos esnobs y estultos académicos que se creen una suerte de logia masónica de la cultura y que se envanecen sin rubor de ser una caterva de ignorantes ilustrados?, ¿para quién?

Esta sección de literatura se llama a sí misma a la desobediencia cultural, a la renuncia tácita a comprar novedades. Ya veníamos armando la sección con libros comprados en los saldos o no necesariamente nuevos, pero, dada la situación, parece imponerse como criterio no acceder a la locura mercantilista de las editoriales y seguir ciñéndonos a los libros que nos gustan y que podemos comprar, o a los que nos prestan o robemos de las librerías. El escritor, como el músico, es quien menos se beneficia de estas políticas de precios, muy dignas de la estatura intelectual de los constantinos, teodosios y dioclecianos que gobiernan con mano férrea el sacrosanto imperio cultural. No se hable más: no a las novedades a precios excesivos.

 

 

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