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portada literaria
Desobediencia cultural frente a
los dioses de la mercadotecnia

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

En Argentina los precios
de los libros recién salidos de imprenta son sospechosamente
caros, alrededor de 30 pesos en general; y me refiero a los nacionales
o a los que se imprimen acá, porque las etiquetitas de
los importados parecen sacadas de una casa de lencería: El hombre sin atributos, Robert Musil, 210 pesos; Política
exterior, de Henry Kissinger, 175 pesos; All what jazz,
de Philip Larkin, 98; Esculpir el tiempo, de Andrei Tarkovski,
95; ¿Quién dijo totalitarismo?, Slavoj Zižek, 80;
Salto mortal, de Kenzaburo Oé, 79. Para quienes
conocen mejor los euros que los pesos, y teniendo en cuenta la
diferencia de poder adquisitivo entre Argentina y España,
es como si te pidieran, más o menos, ¡210, 175, 98, 95,
80 ó 79 euros respectivamente! Una barbaridad. «Un destarifo,
nano.», que decía mi amigo Vicente. De verdad, ¿tan onerosos
precios no favorecen el apestoso elitismo ya de por sí
inherente a la cultura? ¿Esto no desprende un tufillo a precios
elevados porque sí, como los del caviar iraní, el
champán francés o unos calzoncillos de John Lennon?
Cualquier multinacional explota-niños asiáticos
puede prestarle la excusa que precisen a los gigantes literarios.
Por suerte, hoy bastantes
de las novedades impresas en Argentina en los últimos años
están tiradas en los saldos a 5 pesos, es decir, que un
lector medianamente avispado puede prescindir de las actuales
novedades y no quedarse muy descolgado en cuanto a literatura
contemporánea. Por otro lado, salvo los divinizados por
los suplementos culturales —autores, en general, mediocres—, tarde
o temprano, cualquier escritor es susceptible de terminar en una
mesa de saldos. Sin embargo, los importados, que ya de por sí
suponen una elevada inversión para las librerías,
resultan difíciles de adquirir a un precio asequible. Esta
situación me resulta, en cierto modo, familiar: cuando
vivía en España tenía pesadillas con las
desmesuradas pretensiones económicas de Siruela o Pre-Textos;
nunca
me alcanzaba el dinero para comprarme su libro más barato.
Ahora, cuando los veo en los escaparates de Buenos Aires, creo
estar en una joyería más que en una tienda de libros,
y sólo se me ocurre un modo de conseguirlos: el robo. Soy
muy malo para cometer crímenes, pero si alguien tiene más
sangre fría que yo y está dispuesto a hacer negocios
conmigo, arriba está mi correo electrónico.
Los suplementos culturales
y las revistas reciben al por mayor los libros con que sueñan
los lectores. Las editoriales no escatiman gastos ni prebendas
en este aspecto: se debe hablar de ellos en los medios. Uno se
compra un suplemento cultural al azar y allí están
todos: sesudísimos ensayistas, inextricables filósofos,
novelistas de cualquier laya, poetas malditos y de culto, amantísimos
del cuento, intelectuales teleidiotas y románticos letraheridos
de los medios gráficos, algunos incluso izquierdistas de
pelo en pecho, aunque, eso sí, toditos a precios de libre
mercado: las putas caras y de pocas páginas de Márquez;
la churrería novelística que parece haber montado
Paul Auster; los nuevos ensayos de Castoradis, Eco o Bourdieu;
también los novísimos libros de Tabucchi, Gore Vidal,
Kapuściński o Caetano Veloso; Derrida por aquí y Barthes
por allá; también un poco de Lacan, o de Cortázar, quien muerto
vende los libros más caros en Alfaguara que cuando presumía de
zurdo en Cuba o Nicaragua; o cualquiera de los infames volúmenes
póstumos —Guirnalda con amores, sin ir más lejos—
que le están editando al también extinto Bioy Casares,
quien gracias a la política ratonil y taimada de Emecé
se convertirá en un escritor entre mediocre y pésimo.
Y uno, que es cándido, pazguatillo y timorato sin remedio,
que se compró por 0.50 centavos de peso el suplemento cultural
de turno, que tiene un largo haber de libros cerrados antes de
la página 50 y que observa cariacontecido que pocas novedades
cuestan menos de 30 mangos, se pregunta: ¿vale la pena
arriesgarse de nuevo? Con razón los divos de la cultura
porteña cobran alrededor de 50 pesos la hora en sus talleres
particulares: ¿de dónde financiarse si no la biblioteca?
En fin, en esta ciudad
resulta más barato tomarse un par de daiquiris de banana,
grosellas y mango en un lugar chic, rodeado de incontinentes
amazonas y lascivos efebos, con todas las posibilidades de la
noche aún en la mano, que presumir de que lees a Foucault,
Lipovetsky o Guy Debord. Luego comentan que «La gente no lee».
El pueblo siempre fue sabio a la hora de divertirse, y si no lee
es porque tiene mejores ofertas de ocio. El teatro o el cine,
como los ricos daiquiris en buena compañía, son
también más asequibles que la literatura contemporánea.
Si el gobierno suprimiese
el IVA a la cultura y las editoriales compatibilizaran sus precios
con el poder adquisitivo de los ciudadanos, ya veríamos
si la gente lee o no. Uno puede asumir cagarla a bajo costo, como
asume que pierde dinero cuando juega a la lotería o le
llevan a ver una película que es un bodrio, pero no a los
precios escandalosos que titilan en los escaparates de las librerías,
es decir, comprarse a 35 pesos El pasado, de Alan Pauls,
o atreverse a gastar más de 40 en Los jardines de Kesington,
de Rodrigo Fresán, es asumir un cargo de conciencia: no
los valen. Por un poco más uno cena sushi y tempura con
su pareja en un restaurante lindo, y lo pasa mejor. Además,
esos precios son tramposos: ¿quién se atreve a reconocer
que es malo un libro por el que pagó mucho?
Y vista así la
situación: ¿quién sale favorecido de este sutil
oscurantismo cultural donde las grandes editoriales fijan no sólo
precios abusivos sino qué deben leer —pero sobre todo comprar—
los lectores? ¿No se está abusando de la ‘actualidad’,
concepto fetiche y calma-ansiedades donde los haya? ¿Por qué
nadie protesta, ni siquiera los autores que presumen de marxistas,
que aceptan el premio Nobel y luego publican en una multinacional?
Y los sesudísimos
escritores: ¿para quién escriben, para ricos burgueses
que tienen el poder adquisitivo necesario?, ¿para refinadísimos
esnobs y estultos académicos que se creen una suerte de
logia masónica de la cultura y que se envanecen sin rubor
de ser una caterva de ignorantes ilustrados?, ¿para quién?
Esta sección de
literatura se llama a sí misma a la desobediencia cultural,
a la renuncia tácita a comprar novedades. Ya veníamos
armando la sección con libros comprados en los saldos o
no necesariamente nuevos, pero, dada la situación, parece
imponerse como criterio no acceder a la locura mercantilista de
las editoriales y seguir ciñéndonos a los libros
que nos gustan y que podemos comprar, o a los que nos prestan
o robemos de las librerías. El escritor, como el músico,
es quien menos se beneficia de estas políticas de precios,
muy dignas de la estatura intelectual de los constantinos, teodosios
y dioclecianos que gobiernan con mano férrea el sacrosanto
imperio cultural. No se hable más: no a las novedades a
precios excesivos.
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