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Viaje a lo desconocido

Pero Ahab apartó
la mirada; como un árbol seco se sacudió y arrojó
al suelo su último fruto marchito.
—¿Qué es esto?
¿Qué es esta cosa sin nombre, inescrutable, sobrenatural?
¿Qué amo oculto y engañoso, qué tirano despiadado
me ordena, si contra todos los deseos y afectos humanos me siento
una vez más impulsado, forzado y me dispongo a hacer temerariamente
lo que mi corazón no se atrevió siquiera a concebir?
¿Es Ahab, Ahab? ¿Soy yo, Señor, quien levanta este brazo?
Pero si el sol inmenso no se mueve por sí solo y no es
más que un mensajero en el cielo; si ni siquiera puede
girar una estrella sin que la mueva un poder invisible, ¿cómo
puede latir este pequeño corazón, cómo puede
pensar este ínfimo cerebro, si Dios no le da sus latidos,
si no piensa sus pensamientos y vive su vida? Los cielos, hombre,
nos hacen girar en este mundo como ese cabestrante, y el Destino
es la palanca. Y durante todo ese tiempo, ¡mira!, siempre el mismo
cielo sonriente, el mismo mar sin fondo... ¡Mira ese pez! ¿Quién
le habrá metido en la cabeza que persiga y muerda a ese
pez volador? ¿Quién debe dictar sentencia, cuando el propio
juez es arrastrado al banquillo?
(Ahab poco antes de lanzarse
a la caza de Moby Dick.)
Moby Dick, Herman
Melville*
[ Versión libre del capítulo La
sinfonía, de Moby Dick ]
Rubén A.
Arribas
revistateina@yahoo.es
Ahab
atravesó la cubierta desde la escotilla. El mar estaba
en calma y soplaba apenas una brizna de aire. Pocos amaneceres
tan dulces como éste se habían producido durante
el año y medio de travesía. Hasta su ruidosa cojera
sonó menos furibunda que otras veces contra los tablones.
Desde la borda se inclinó para mirar: su sombra se mecía
tranquila sobre las olas. Tras las penurias para atravesar el
Cabo de Hornos, el Pacífico salía de nuevo a su
encuentro. Allí cesaba siempre la hostilidad de la climatología
y las mareas; este océano merecía su nombre. Ahab
se tocó el sombrero hacia el costado derecho: una lágrima
rodaba por su mejilla. Segundos después, el capitán
cuya ira atemorizaba a la tripulación tenía los
ojos húmedos.
Starbuck
observó al viejo. Estaban solos en cubierta. Lo vio desplomarse
sobre la borda. Su capitán estaba cerca de la locura y
los hados no lo acompañaban, pese al golpe de efecto conseguido
el día anterior. Explicar que la inversión magnética
de las agujas de navegación se debía al fuego de
Santelmo y fabricar una brújula delante de la tripulación
le habían devuelto la confianza de ésta; ahora navegaban
otra vez con rumbo conocido. Sin embargo, era una cuestión
de tiempo que el miedo amotinara a los hombres. Incluso él,
su viejo amigo Starbuck, compañero en los mares del Japón
cuando Moby Dick segó la pierna de Ahab y lo hirió
a éste de por vida en lo más íntimo, pensaba
que lo sensato era rebelarse. Cuando Starbuck se dio cuenta de
que su capitán lloraba se acercó con sigilo. El
fino oído de Ahab sintió el crujido de las maderas.
Ahab alzó el sombrero y se giró. Sus mejillas húmedas
conmovieron al oficial.
—¡Starbuck!
—Señor.
—Starbuck, un día
como este herí a mi primera ballena. Tenía dieciocho
años y soplaba un viento igual de dulce. El océano
era una balsa y yo, aunque me sentía decidido a todo, temblaba
ante la posibilidad de enfrentarla. Hace cuarenta años
de aquella primera vez. En ese tiempo apenas he pasado tres en
tierra. Mi vida ha sido este barco zarandeado por los huracanes
y las tempestades más allá del Cabo de Hornos, cerca
de los hielos árticos, a la deriva por el Ecuador y los
trópicos, siempre lejos de casa. Moby Dick arrojó
una parte de mí a las pirañas y desde entonces debo
sostenerme sobre una sola pierna; y así la vida me dobla
con su peso la espalda cada día. Mírame: las arrugas
de mi frente revelan un cansancio mortal, las canas de mi pelo
me avisan de que el reloj del cuerpo ha avanzado más rápido
que para otros hombres. Como Jonás, estuve en el vientre
de la ballena; sus fauces me quitaron algo mío, mi pierna...
Nunca me recuperaré de aquella embestida mortal. Sé
que resulta estúpida mi obsesión por la caza de
esa ballena blanca. Pero yo soy un viejo estúpido, lo reconozco:
convertí en viuda a una mujer joven al día siguiente
de nuestra boda, cuando me di al mar; y ahora dejé huérfano
a nuestro hijo, y todo porque vivo tiranizado por una alimaña
interna que desea por mí, que noche y día me pide
la muerte de un monstruo a quien adjudiqué cuanto me atormenta.
¿Quién soy, Starbuck? ¿El viejo Ahab es quien cree ser?
En este momento quisiera que Dios, si existe tras ese cielo límpido
que nos protege de lo desconocido, me destrozara de una vez con
su arpón, que me aplastará el cerebro y terminara
con este sufrimiento inhumano, con esta monomanía incesante.
Starbuck: este viaje será mi perdición; mi hambre
será saciada por la carne de un destino trágico.
Tu mirada franca habla tanto como el horizonte que nos aguarda.
Por favor, por el bien de tu mujer y de tu hijo, deja solo a este
capitán cuando encuentre a su nívea obsesión
y baje al mar cargado de ira a encadenar su destino al de ella.
—Capitán: regresemos,
todavía estamos a tiempo. Los hombres se alegrarán
de oír la noticia; padecieron en este viaje casi tanto
como vuestro corazón. La piel blanca de una mujer y la
sonrisa de su hijo os esperan. No dejéis que la ceguera
también os impida ver eso.
—No, Starbuck. Regresa
tú para jugar con los tuyos. Da el pésame a mi esposa
y besa a mi hijo. Yo debo seguir.
—Ahab, por la amistad
que nos une, da la orden para que el Pequod arrumbe hacia Nantucket.
Tu mujer no merece ser viuda por segunda vez. Tu hijo necesita
un padre.
—No puedo... ¿No te das
cuenta de que estoy dominado por otro? Un amo oculto me ordena
contra todos los deseos y afectos humanos, me impulsa temerariamente
contra lo que ni siquiera mi corazón se atrevió
a concebir. Me pregunto si continúo siendo Ahab, aquel
muchacho que un día como este mató a su primera
ballena y sintió que el mar lo abrazaba con la calidez
de una madre. Starbuck: tengo un cáncer en el alma; una
ballena me arrancó la pierna con la misma facilidad que
el destino me alejó de mi madre al poco de salir de su
vientre. Casi no conocí la ternura hasta hoy, sólo
la vida salvaje, la enormidad del océano, el aliento constante
de la muerte. El frescor sobre mis mejillas es pura angustia,
la rabia por un destino insatisfecho, el implacable anhelo de
acabar con mi obsesión. El monstruo va a devorarme otra
vez, no tendré tanta suerte como Jonás. Mantente
lejos cuando Moby Dick lance su chorro de sangre espesa delante
nuestro. El destino de Ahab ya lo escribieron las estrellas; anoche
me lo leyó el persa en el sueño: vio un coche fúnebre
tirado por corceles blancos, Starbuck...
Pero Starbuck, desesperado
y pálido se había ido.
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