Viaje a lo desconocido

Puentes de Hamburgo

Templos de Japón

Estambul x 9


 
 

* Nota:

Moby Dick, Herman Melville.

Editorial Debate, Madrid 2003 (3ª edición).

Traducción de Enrique Pezzoni.

La cita está en la pág. 728.

El capítulo La sinfonía, el CXXXII, que está en las páginas 725 a 729.

 


Viaje a lo desconocido

 

 

Pero Ahab apartó la mirada; como un árbol seco se sacudió y arrojó al suelo su último fruto marchito.

—¿Qué es esto? ¿Qué es esta cosa sin nombre, inescrutable, sobrenatural? ¿Qué amo oculto y engañoso, qué tirano despiadado me ordena, si contra todos los deseos y afectos humanos me siento una vez más impulsado, forzado y me dispongo a hacer temerariamente lo que mi corazón no se atrevió siquiera a concebir? ¿Es Ahab, Ahab? ¿Soy yo, Señor, quien levanta este brazo? Pero si el sol inmenso no se mueve por sí solo y no es más que un mensajero en el cielo; si ni siquiera puede girar una estrella sin que la mueva un poder invisible, ¿cómo puede latir este pequeño corazón, cómo puede pensar este ínfimo cerebro, si Dios no le da sus latidos, si no piensa sus pensamientos y vive su vida? Los cielos, hombre, nos hacen girar en este mundo como ese cabestrante, y el Destino es la palanca. Y durante todo ese tiempo, ¡mira!, siempre el mismo cielo sonriente, el mismo mar sin fondo... ¡Mira ese pez! ¿Quién le habrá metido en la cabeza que persiga y muerda a ese pez volador? ¿Quién debe dictar sentencia, cuando el propio juez es arrastrado al banquillo?

(Ahab poco antes de lanzarse a la caza de Moby Dick.)

Moby Dick, Herman Melville*

 

[ Versión libre del capítulo La sinfonía, de Moby Dick ]

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Ahab atravesó la cubierta desde la escotilla. El mar estaba en calma y soplaba apenas una brizna de aire. Pocos amaneceres tan dulces como éste se habían producido durante el año y medio de travesía. Hasta su ruidosa cojera sonó menos furibunda que otras veces contra los tablones. Desde la borda se inclinó para mirar: su sombra se mecía tranquila sobre las olas. Tras las penurias para atravesar el Cabo de Hornos, el Pacífico salía de nuevo a su encuentro. Allí cesaba siempre la hostilidad de la climatología y las mareas; este océano merecía su nombre. Ahab se tocó el sombrero hacia el costado derecho: una lágrima rodaba por su mejilla. Segundos después, el capitán cuya ira atemorizaba a la tripulación tenía los ojos húmedos.

Starbuck observó al viejo. Estaban solos en cubierta. Lo vio desplomarse sobre la borda. Su capitán estaba cerca de la locura y los hados no lo acompañaban, pese al golpe de efecto conseguido el día anterior. Explicar que la inversión magnética de las agujas de navegación se debía al fuego de Santelmo y fabricar una brújula delante de la tripulación le habían devuelto la confianza de ésta; ahora navegaban otra vez con rumbo conocido. Sin embargo, era una cuestión de tiempo que el miedo amotinara a los hombres. Incluso él, su viejo amigo Starbuck, compañero en los mares del Japón cuando Moby Dick segó la pierna de Ahab y lo hirió a éste de por vida en lo más íntimo, pensaba que lo sensato era rebelarse. Cuando Starbuck se dio cuenta de que su capitán lloraba se acercó con sigilo. El fino oído de Ahab sintió el crujido de las maderas. Ahab alzó el sombrero y se giró. Sus mejillas húmedas conmovieron al oficial.

¡Starbuck!

—Señor.

—Starbuck, un día como este herí a mi primera ballena. Tenía dieciocho años y soplaba un viento igual de dulce. El océano era una balsa y yo, aunque me sentía decidido a todo, temblaba ante la posibilidad de enfrentarla. Hace cuarenta años de aquella primera vez. En ese tiempo apenas he pasado tres en tierra. Mi vida ha sido este barco zarandeado por los huracanes y las tempestades más allá del Cabo de Hornos, cerca de los hielos árticos, a la deriva por el Ecuador y los trópicos, siempre lejos de casa. Moby Dick arrojó una parte de mí a las pirañas y desde entonces debo sostenerme sobre una sola pierna; y así la vida me dobla con su peso la espalda cada día. Mírame: las arrugas de mi frente revelan un cansancio mortal, las canas de mi pelo me avisan de que el reloj del cuerpo ha avanzado más rápido que para otros hombres. Como Jonás, estuve en el vientre de la ballena; sus fauces me quitaron algo mío, mi pierna... Nunca me recuperaré de aquella embestida mortal. Sé que resulta estúpida mi obsesión por la caza de esa ballena blanca. Pero yo soy un viejo estúpido, lo reconozco: convertí en viuda a una mujer joven al día siguiente de nuestra boda, cuando me di al mar; y ahora dejé huérfano a nuestro hijo, y todo porque vivo tiranizado por una alimaña interna que desea por mí, que noche y día me pide la muerte de un monstruo a quien adjudiqué cuanto me atormenta. ¿Quién soy, Starbuck? ¿El viejo Ahab es quien cree ser? En este momento quisiera que Dios, si existe tras ese cielo límpido que nos protege de lo desconocido, me destrozara de una vez con su arpón, que me aplastará el cerebro y terminara con este sufrimiento inhumano, con esta monomanía incesante. Starbuck: este viaje será mi perdición; mi hambre será saciada por la carne de un destino trágico. Tu mirada franca habla tanto como el horizonte que nos aguarda. Por favor, por el bien de tu mujer y de tu hijo, deja solo a este capitán cuando encuentre a su nívea obsesión y baje al mar cargado de ira a encadenar su destino al de ella.

—Capitán: regresemos, todavía estamos a tiempo. Los hombres se alegrarán de oír la noticia; padecieron en este viaje casi tanto como vuestro corazón. La piel blanca de una mujer y la sonrisa de su hijo os esperan. No dejéis que la ceguera también os impida ver eso.

—No, Starbuck. Regresa tú para jugar con los tuyos. Da el pésame a mi esposa y besa a mi hijo. Yo debo seguir.

—Ahab, por la amistad que nos une, da la orden para que el Pequod arrumbe hacia Nantucket. Tu mujer no merece ser viuda por segunda vez. Tu hijo necesita un padre.

—No puedo... ¿No te das cuenta de que estoy dominado por otro? Un amo oculto me ordena contra todos los deseos y afectos humanos, me impulsa temerariamente contra lo que ni siquiera mi corazón se atrevió a concebir. Me pregunto si continúo siendo Ahab, aquel muchacho que un día como este mató a su primera ballena y sintió que el mar lo abrazaba con la calidez de una madre. Starbuck: tengo un cáncer en el alma; una ballena me arrancó la pierna con la misma facilidad que el destino me alejó de mi madre al poco de salir de su vientre. Casi no conocí la ternura hasta hoy, sólo la vida salvaje, la enormidad del océano, el aliento constante de la muerte. El frescor sobre mis mejillas es pura angustia, la rabia por un destino insatisfecho, el implacable anhelo de acabar con mi obsesión. El monstruo va a devorarme otra vez, no tendré tanta suerte como Jonás. Mantente lejos cuando Moby Dick lance su chorro de sangre espesa delante nuestro. El destino de Ahab ya lo escribieron las estrellas; anoche me lo leyó el persa en el sueño: vio un coche fúnebre tirado por corceles blancos, Starbuck...

Pero Starbuck, desesperado y pálido se había ido.

 

 

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