Salvador Giner analiza en esta entrevista el
concepto de Religión civil planteado por Rosseau en El
contrato social. Se trata de un tipo de religiosidad que sacraliza
la sociedad, a través de cultos y ritos, y que no es difícil
de detectar en lo cotidiano. Sus valores son republicanos, es
decir, esta creencia enaltece la solidaridad de las relaciones
humanas. Por eso, contrasta en muchos aspectos con la dinámica
neoliberal imperante.
«Ahí
está el asunto, en el hecho de que necesitamos algún
sentido de lo sagrado: la convivencia pacífica debe darse
entre seres con intereses encontrados y por eso necesitamos
apelar a lo trascendente, no digo a lo sobrenatural».
Así explica Salvador Giner, sociólogo y profesor
en la Universidad de Barcelona, la esencia del concepto de Religión
civil formulado por Rosseau. En su Contrato social, éste
incurre en una clara contradicción, explica Giner: impulsa
una sociedad fundada en el contrato entre individuos libres,
pero termina recurriendo a la idea de que, para convivir, las
personas necesitan compartir creencias públicas de naturaleza
sagrada que les otorgue un sentimiento de unidad.
Nada mejor que la transcripción
de un párrafo de un ensayo de Giner para familiarizarse
con el concepto de marras: «La religión civil
es una versión atenuada de la sobrenatural. Una religión
tal vez atea. No es la primera. Cada época genera la
sacralidad que necesita y a la nuestra le cuesta creer en un
Dios perverso. Pero tiene sus tótems, sus lares, sus
arcángeles, sus guías carismáticos, sus
sacerdotes, sus tribus predestinadas a la gloria, sus villanos,
sus demonios, sus maldiciones. Sigue siendo necesaria una visión
mínimamente coherente del cosmos (empezando por el más
banal y cotidiano) que sólo con impresiones, emociones
e imágenes pueden comprender mentes poco analíticas
o remisas o contemplar el mundo sin el don de la fe. Se trata
de una sacralidad que se caracteriza por sus ausencias: aquellas
fuerzas mágicas o trascendentes que ya no están,
cuya presencia ni se invoca ni se revoca. La religión
civil desconoce, sin despreciarlo, cuanto trasciende su esfera
mundana.» (1)
El ejemplo más estudiado es el
de la religión civil norteamericana, donde el culto a
la sociedad y a ciertos valores sociales se ve reflejado en
rituales como el saludo a la bandera en las escuelas o la imagen
de los Estados Unidos en los billetes.
Pero la época moderna trajo consigo
cientos de ejemplos. «Hemos hecho jurar fidelidad
al pueblo y a la constitución a los príncipes
y a los poderoso en su nombre, que no es otro que el de la patria»,
ejemplifica Giner en el mismo texto.
Las religiones civiles varían
y su determinación es escurridiza, es decir, no se puede
demarcar con exactitud dónde comienza y dónde
termina una religión civil. Lo evidente es que está
asociada a una concepción republicana —ni comunitaria
ni liberal— de la vida, donde el altruismo, la solidaridad,
es un pilar fundamental sobre el que se apoyan las relaciones
sociales.
Se trata de una expresión cotidiana
en las sociedades actuales —en las cuales asume, claro, características
propias según cada caso—, y su manifestación no
hace más que demostrar la naturaleza religiosa del hombre.
Sobre el tema, teína conversó
con Salvador Giner:
- ¿Hay una desaparición
de lo religioso en el mundo actual?
- Desde el siglo XX ya nadie sostiene
eso, lo que está clarísimo es que ha habido una
transformación de lo religioso. Han aparecido religiones
mundanas, civiles, además de nuevas sectas e iglesias,
pero lo religioso no ha desaparecido en absoluto.
- ¿El concepto de religión
civil, que en un primer momento esboza Rousseau como fundamento
de sociabilidad, pondría de manifiesto el papel de cohesión
que muchos autores le atribuyen a lo religioso?
- Cuando he dicho que hay religiones
en el siglo XX y XXI me refiero a un sentido de lo trascendente,
donde la trascendencia se define de muchas maneras, y si no
se cree en lo sobrenatural, entonces la trascendencia es mundana,
como en el caso del nacionalismo, que es una religión
política. La religión
civil
es de esta naturaleza pero no es necesariamente nacionalista,
sino que atribuye a la sociedad una cualidad sagrada; cuando
hay un culto a la sociedad hay una religión civil. Lo
que sucede es que puede identificarse con una nación
determinada y pasa a ser entonces religión civil nacional;
el hombre rinde culto a su tribu y a su sociedad con una serie
de símbolos y de rituales, como se ve cada día.
- Existe, entonces, una diferencia
entre nacionalismo y religión civil...
- Es cuestión de grado: hay religiones
mucho más tenues, ligeras, livianas que se sustentan
en la virtud pública, la solidaridad, la fraternidad
entre los hombres, y otras religiones civiles que pueden llegar
hasta el fascismo o nazismo, en su forma extrema y de dejar
de ser cívicas. No obstante, cuando usamos la expresión
religión civil siempre pensamos en una religión
de cultos y conductas cívicas. Hay que ir con mucho cuidado
en estas cosas porque son términos escurridizos. Por
ejemplo, la religión civil norteamericana, que es una
de las más antiguas de las que se han estudiado, tiene
una serie de rituales públicos —como al instauración
del presidente, la imagen de los Estados Unidos en todos los
billetes, el saludo a la bandera cada mañana en las escuelas—
que pueden manipularse y ser convertidos en formas extremas
de patriotismo, como ha ocurrido en las últimas elecciones;
y en otros casos se rutinizan y se banalizan, y no pasan a conformar
una religión civil fuerte. Es decir, que hay como mínimo
un espectro de posibilidades. La intensidad del sentimiento
de religiosidad civil varía: puede ser muy suave o no,
puede confundirse con el nacionalismo, o puede convertirse en
una suerte de piedad pública mínima que fomenta
la convivencia y de buenos modales.
- En todo caso, ¿la religión
civil se encuentra estrechamente ligada al espíritu democrático?
- Más que al espíritu
democrático, al espíritu republicano. La noción
de religión civil viene ya desde Rousseau, en contradicción
absoluta con su propia teoría, porque él hablaba
de un contrato social entre personas libres y acaba su
ensayo sobre el Contrato Social con unas páginas dedicadas
a la religión civil, porque se dio cuenta que si no compartimos
creencias públicas —no contractuales sino de dogmas,
algo sagrado que nos una— no podemos convivir. Ahí está
el asunto, en el hecho de que necesitamos algún sentido
de lo sagrado: la convivencia pacífica debe darse entre
seres con intereses encontrados y por eso necesitamos apelar
a lo trascendente, no digo a lo sobrenatural. Por ello la religión
civil no está ligada ni al comunitarismo ni al liberalismo,
sino sobre todo a la versión republicana de la vida,
la cual refiere que los seres humanos no están en lucha
unos con otros, sino que pertenecen a una comunidad de convivencia
en la cual lo importante es la vida medianamente virtuosa, en
el sentido de tener una visión fraterna que nos permita
ser solidarios. Tener una vida pública decente.
UNA LABOR DE CONTRASTE
- ¿Cómo encaja
esta noción de religión civil en un mundo donde
hay una economía salvaje que no respeta derechos civiles,
un individualismo egoísta, un desinterés político
general, un alto nivel de pluralismo que, a su vez, no se ve
reflejado en el acceso a la ciudadanía?
- El lugar que ocupa la religión
civil es de contraste: está ahí delante de lo
que está proponiendo la sociedad contemporánea
con la lucha individualista y egoísta de cada uno por
sus llamados intereses. (Mejor dicho, por sus pasiones, como
la codicia.) El capitalismo y el liberalismo proponen unas reglas
del juego universales donde todos luchamos unos contra otros;
h
ay
unas reglas del juego que más o menos se respetan y dentro
de las cuales uno puede hacerse millonario o caer en la pobreza.
En cambio, el republicanismo pide unos mínimos de solidaridad
y fraternidad, esto es, esencialmente, el ejercicio del altruismo.
La religión civil propone una sociedad fraterna en la
cual el altruismo sea el cemento de la vida social. Eso se conjuga
muy mal con el mundo silvestre al que acaba de aludir. Pero
la vida está llena de contradicciones: por un lado se
nos pide que vayamos a lo nuestro y por otro que seamos solidarios.
¿Y si en la batalla ganan las fuerzas del mal? Hay que ver la
cantidad de movimientos cívicos de solidaridad, la indignación
moral que causa la explotación de lo que antes se llamaba
el tercer mundo, la preocupación por la mortandad infantil;
una especie de indignación moral que sentimos todos ante
la injusticia del universo. Lo malo es que hemos construido
esta sociedad absurda, dedicada a la prosperidad pero que no
es próspera, a la libertad pero que no es libre, a la
solidaridad y que no es solidaria. Hay una tensión entre
lo que hemos proclamado como virtudes públicas y lo que
ocurre en la práctica.
- Invirtiendo la pregunta, ¿en
qué medida ayuda la religión civil a consolidar
y legitimar un sistema político que, pese a ser democrático,
genera desigualdades e injusticias?
- Una religión civil no se proclama
como las demás cosas, pero existe, se amolda y luego
se transforma en ideología, y sirve para dar cohesión
a una sociedad determinada. Tiene el peligro de degenerar en
culto al propio país o a la propia nación. O puede
ser inocua, como en Inglaterra, por ejemplo, con el suave culto
a la monarquía británica. En el otro extremo,
una religión civil esencialmente republicana puede transformarse
en una ideología totalitaria como ha ocurrido en la Unión
Soviética, donde el stalinismo era la religión
civil original (comunismo es fraternidad) trasnformada en su
contrario. En esos casos la religión civil se hunde y
se transforma en ideología totalitaria. Y en su forma
más fanática se niega a sí misma, se transforma
en ideología impuesta. En negación de la virtud
cívica y la participación política.
- ¿Existen nuevas manifestaciones
de religión civil a partir de la globalización
de la sociedad?
- En la medida en que existe una mundialización
de la sociedad civil tiene que existir una religión civil
mundial, no digo que todo el mundo la sienta, pero hay cierta
gente de clase media, con movilidad geográfica, con preocupaciones
internacionales, que no sólo están a favor de
una sociedad civil mundial, sino que también lo están,
aunque no lo digan siempre con esas palabras, de una religión
civil mundial. Eso está clarísimo, se puede leer
en textos, en declaraciones; es el caso del foro de Porto Alegre,
que se llevó este año a La India. La mundialización
de la religión civil es indudable pero es aún
muy incipiente.
- ¿El caso más cercano
quizá sea el de la Unión Europea?
- Sí, uno de los más cercanos.
Pero también ahora en Cuzco, Perú, se está
dando un intento de Unión Sudamericana (N del E:
los presidentes de los países sudamericanos se reunieron
a principios de diciembre en esa ciudad para conversar sobre
la gestación de una integración regional). A la
larga, si esto cuaja, será el sueño de Bolívar,
pero no podrá serlo si no se apoya sobre una infraestructura
de culto a una idea soñada de Hispanoamérica.
En el caso de la Unión Europea el culto cívico
está claro aunque se haya empezado por signos externos:
el perfil del continente en los billetes de banco, la bandera
de la Unión, su himno, de Beethoven, y así sucesivamente.
Estos símbolos no despiertan aún las pasiones
que puede desencadenar un estandarte nacional.
- Pareciera observarse en el
panorama mundial una gran hipocresía donde, por un lado,
se rinde culto a ciertos principios civiles, pero por otro,
la realidad y el sistema económico imperante demuestran
todo lo contrario.
- Estoy de acuerdo, eso se constata.
Pero no olvidemos que toda civilización incluye una forma
de hipocresía, por definición. La hispánica,
la británica, la china... La convivencia social entraña
hipocresía. Sin hipocresía no hay vida civilizada.
- ¿Se puede encontrar rasgos
de religión civil en la ideología neoliberal?
-
No. Aunque en algunos casos, como en Estados Unidos o en algunos
países anglosajones, hay algo de eso, cuando se habla
del American way of life que incluye subrepticiamente
el liberalismo económico como si fuera la religión
sagrada de los yanquis: cualquier puesta en tela de juicio del
capitalismo como forma de vida parece que viole los principios
básicos de ese modelo, entonces sí que el liberalismo
es parte de la religión civil. Pero en cualquier otro
país no es así, en la Argentina, en Chile, en
México no forman parte de la religión civil de
esos países. Estos temas son complicados porque se mezclan
con el nacionalismo, con la ideología, en el caso de
Francia con el laicismo... Son terrenos nebulosos. Por un lado,
sabemos que existen y que son importantes y que tienen relaciones
muy directas con la ideología predominante en un país,
pero por otro son difíciles de demarcar, de establecer
en qué lugar comienzan y en cuál acaban. No obstante,
son importantes y existen.
- Lo que puede afirmarse es
que la religión civil, cualquier sea su manifestación,
pone en evidencia la incuestionable dimensión humana
de la fe, la necesidad del hombre de creer en algo.
- Absolutamente. Insisto: no sé
si es la naturaleza humana —mi maestra Hanna Arendt siempre
evitaba esta expresión porque decía que no sabremos
nunca lo que eso es—, pero la condición humana
hace al hombre un homo religiosus. Unos son más
místicos que otros, eso sí. La diferencia de religiosidad
es esencial entre seres humanos: la intensidad de las creencias
varía de unos a otros. Generalizando, sin embargo, el
hombre tiene una dimensión religiosa y si no rinde culto
a Dios o algo sobrenatural, rinde culto a una estrella de cine,
a un equipo de fútbol, a una nación. El alfa y
omega de nuestros cultos están muy separados; pero, que
necesitamos rendir cultos, tener símbolos y atribuir
poderes carismáticos a las cosas es algo para lo que
no hace falta más que abrir los ojos y ver nuestra conducta
cotidiana. Para simplificar mucho la fórmula podemos
decir que cuanto más secular es el mundo más religión
civil hay.
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