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NOTAS A PROPÓSITO DE LA OBRA DE MAX WEBER La salvación por la conquista: el otro fundamentalismoMax Weber publicó en 1904-1905 la primera edición de La ética protestante y el «espíritu» del capitalismo (1). En 2005 se cumple, pues, el centenario de esta obra y ello proporciona una buena ocasión para rendir un pequeño homenaje al sociólogo alemán y, de paso, para recuperar algunas de sus ideas en estas breves notas acerca de los fundamentalismos religiosos. Por José Beltrán Llavador En el célebre ensayo mencionado, Weber analiza las consecuencias de la doctrina calvinista (en el origen del protestantismo ascético) que sostiene básicamente que Dios ha decidido desde la eternidad condenar a una parte de la humanidad y salvar a la otra, sin que los seres humanos puedan alterar este designio divino. Siguiendo esta lógica implacable, el «amor» al prójimo y al mundo no es un fin en sí mismo, no es altruista o expresivo, sino meramente instrumental y se explica como un medio para servir al orden racional del mundo determinado –en realidad, predestinado— por Dios. En palabras de Joaquín Abellán, en el magnífico «estudio preliminar» a la obra de Weber: «El mundo se les presenta como simple material, como campo de pruebas donde se cumple el deber cristiano de aumentar la gloria de Dios a través de una conducta racional, como lugar de acreditación del creyente que busca la certidumbre de su salvación» (EP: 30). Y es así como «Weber llega a la conclusión de que el modo de vida racional y metódico del protestantismo ascético favoreció el espíritu del capitalismo, el cual consiste básicamente en una conducta económica racional» (EP: 31). Un reflejo de esta conducta se encuentra en el término Beruf, que en castellano traducimos como «profesión», pero que en los países protestantes tiene claras connotaciones de «llamada» religiosa (EP: 22). De modo que la empresa capitalista encierra en sí misma una orientación espiritual, un deber y un ethos impersonal, ultramundano: el emprendedor capitalista no sería sino la encarnación del ascético profesional puritano. Recordemos que la «joven» Norteamérica (frente a la «vieja» Europa) tiene su origen histórico en un primer viaje fundacional de los padres peregrinos (2) (pilgrim´s fathers), que hacen del nuevo continente una tierra de promisión, —sirviendo a «los designios de la providencia en la tierra» (3) — otorgándole así una misión salvífica sobre el resto de la humanidad. No puede sorprender que los diferentes textos constitucionales de los Estados Unidos, desde el primero hasta el último, apelen de manera recurrente a la misión divina que les ha sido encomendada. Señala Weber en La ética…, con palabras de anticipación, casi proféticas, que la preocupación por los bienes externos tendría que ser como un abrigo liviano, que se puede quitar de encima en todo momento, pero «el destino ha convertido este abrigo en un caparazón duro como el acero. Al emprender el ascetismo la transformación del mundo y tener repercusión en él, los bienes externos de este mundo lograron un poder creciente sobre los hombres y, al final, un poder irresistible, como no había sucedido nunca antes en la historia. Hoy el espíritu de ese ascetismo se ha salido de ese caparazón, y quien sabe si definitivamente. El capitalismo victorioso, desde que tiene una base mecánica, ya no necesita de ese apoyo.» (EP: 233-234). Y prosigue a continuación: «En el lugar donde el afán de lucro ha experimentado su mayor liberación, en los Estados Unidos, este afán de lucro (…) tiende hoy a asociarse a una pasión agonal que le confiere, con frecuencia, el carácter de un deporte. Nadie sabe todavía quien vivirá en el futuro en ese caparazón (…) Entonces podría hacerse verdad para el último hombre (4) de la evolución de esta cultura la frase: ′hombre especialista sin espíritu y hombre hedonista sin corazón, esta nada se imagina haber ascendido a un nivel de humanidad nunca alcanzado antes′» (EP: 234-235). Las metáforas que informan la más reciente retórica de la política internacional emanada de los think tanks de los Estados Unidos, no pueden ser más elocuentes y permiten apreciar la huella patente, más que latente, del puritanismo. Comenzando por los propios discursos convertidos ya en «doctrina» oficial. No tenemos más que pensar en términos bélicos –que hoy son moneda común— como «eje del mal», «libertad duradera», «justicia infinita»(5), etc. ¿No son, acaso, el reverso de esas otras invocaciones a la «guerra santa» que proceden no del oeste, sino del este? El recurso a estas metáforas no es casual ni gratuito. En el fondo, la legalidad internacional que se pretende imponer por parte de eso que popularmente se identifica con el «Imperio» –aun vulnerando los propios tratados acordados o pactados– se basa en una instancia que no es humana, sino divina. En efecto, las políticas hegemónicas de temor y temblor que se imponen sobre el resto de las naciones, y que suponen un intervencionismo feroz —por ejemplo, esas guerras disfrazadas como «misiones» humanitarias— , están guiadas por un destino —para evitar cualquier «equívoco»— que es fatídico, y por tanto «unívoco», es decir, subordinado a una sola voz. En no pocos casos relevantes, las decisiones no dependen de argumentos (en base a deliberaciones), sino de visiones (presunciones): sencillamente se hace aquello que, inexorablemente, se tiene que hacer. Los acuerdos multilaterales se convierten drásticamente en unilaterales ante la menor sombra de amenaza al «nuevo orden» internacional. Un orden que, sin duda, puede ser nuevo en su expresión geopolítica, pero no en su fundamentación ética, porque, sencillamente, trasciende la historia, ya que corresponde, en última instancia, a una dimensión supraterrenal y, por tanto, atemporal. Desde esta perspectiva, no han de sorprender las invocaciones de Fukuyama al supuesto «final de la Historia», que se pueden interpretar como el desiderátum de la materialización del espíritu del capitalismo total o absoluto sobre la tierra. Lo que Fukuyama sostenía como expresión triunfante del sistema capitalista, Samuel P. Huntington (6) lo plantea, desde una perspectiva cultural, como horizonte a tener en cuenta, primero en tono interrogativo y después taxativo en su conocida tesis acerca del choque de civilizaciones. Si seguimos a Manuel Castells (7), «el fundamentalismo cristiano es un rasgo perenne en la historia estadounidense», ya que «una sociedad constantemente en la frontera del cambio social y la movilidad individual está abocada a dudar de forma periódica de los beneficios de la modernidad y de la secularización, anhelando la seguridad de los valores e instituciones tradicionales basados en la verdad eterna de Dios». En este sentido, «el mismo término fundamentalismo, ampliamente utilizado en todo el mundo, se originó en los Estados Unidos, en referencia a una serie de diez volúmenes titulados The Fundamentals, publicados privadamente por dos hermanos, hombres de negocios, entre 1910 y 1915, para reunir los textos sagrados editados por los teólogos evangélicos conservadores a finales de siglo.» (1998: 44-45) A pesar de la desintegración de la Mayoría Moral de Jerry Falwell en 1989, prosigue Castells, «en la década de los noventa, a raíz de la victoria presidencial de Clinton en 1992, el fundamentalismo llegó al primer plano de la escena política, esta vez en forma de Coalición Cristiana encabezada por Pat Robertson y Ralph Reed que (…) cuentan con una considerable influencia política entre el electorado republicano.» Al decir de Castells, el sentimiento religioso de la sociedad estadounidense «parece tomar un tono cada vez más restaurador, deslizándose hacia una poderoso corriente fundamentalista.» (op. cit.: 44) Señala Castells que el fundamentalismo es un movimiento reactivo, no proactivo. Y encontramos ecos weberianos cuando observa que este movimiento «pretende construir una imagen personal y social basándose en imágenes del pasado y proyectándolas en un futuro utópico para superar los insoportables tiempos presentes». (op. cit.: 48) Por ello, concluye, «el fundamentalismo estadounidense está profundamente marcado por las características de su cultura, por su individualismo familiarista, por su pragmatismo y por la relación personalizada con Dios y con el designio de Dios, como una metodología para resolver los problemas personales de una vida cada vez más imprevisible e incontrolable. Como si el devoto fundamentalista fuera a recibir por la gracia de Dios la restauración del desaparecido modo de vida estadounidense, a cambio del compromiso por parte del pecador de arrepentirse y dar testimonio cristiano.» (op. cit.: 49) La salvación del sujeto individual y social se obtendría así a través de una auténtica conquista, y aquí el término «conquista» deja de ser meramente metafórico. También podemos utilizar como sinónimo la voz «empresa». Y en este caso, lo metafórico (elevado a dimensiones éticas y épicas) y lo literal (contenido en su expresión materialista y monetarista) coinciden en una perfecta alianza. Sin duda, el fantasma que hoy recorre el mundo es el fantasma del capitalismo en su versión extrema y fundamentalista más descarnada —y nunca mejor dicho—, que da lugar a incontenibles perversiones en forma de ojivas, misiles, arsenales y todo tipo de coartadas, calambres y espectros mentales.
1 Utilizo la siguiente versión de la obra de Max Weber: La ética protestante y el «espíritu» del capitalismo. Madrid, Alianza, 2001, con traducción, estudio preliminar y notas de Joaquín Abellán (pp. 7-40). Se citará como EP, seguido de las páginas referenciadas. 2 Puede verse a propósito, y como precedente en el terreno literario, una de las obras más representativas del puritanismo inglés: El progreso del peregrino, de John Bunyan. Madrid, Cátedra, 2003. Edición de Javier Alcoriza y Antonio Lastra. Esta obra aparece citada por Max Weber (EP: 228) como antítesis del hombre económico aislado representado en el imaginario popular por Robinson Crusoe. Sobre la crónica colonial en relación con el puritanismo véase de William Bradford: De la plantación de Plymouth. León, Universidad de León, 1994. Con una introducción muy clarificadora de Fernando Beltrán Llavador, pp. 11-50. 3 El entrecomillado pertenece a Wilson, James: Discursos constitucionales. Madrid, Tecnos, 2003. Con estudio preliminar, traducción y notas de Javier Alcoriza y Antonio Lastra. Concretamente pertenece al 11 de diciembre de 1787, p. 148. 4 Sobre la figura de «el último hombre» como «El último puritano», véase la excelente novela homónima de George Santayana, subtitulada Una memoria en forma de novela. Barcelona, Edhasa, 1981, con prólogo de Fernando Savater. Véase también el estudio del autor de estas páginas sobre esta novela en el capítulo V de su monografía Celebrar el mundo: Introducción al pensar nómada de George Santayana. Valencia, Universitat de València, pp. 215-222. [Biblioteca Javier Coy d´estudis nord-americans]. Véase también el mismo ensayo, con ligeras modificaciones y con un apartado añadido denominado «Opúsculo para el 11 de septiembre», en el libro: Los reinos de Santayana, de AA.VV., y Vicente Cervera y Antonio Lastra, eds. Valencia, Universitat de València, 2003. [Bibioteca Javier Coy d´Estudis nord-americans], pp. 165-167. 5 La literatura de desenmascaramiento y denuncia de las políticas de hechos consumados por parte de los Estados Unidos a partir del 11 de septiembre es muy variada. Por citar algunas obras de interés, vale la pena destacar títulos como: Roy, Arundhati: El álgebra de la justicia infinita. Barcelona, Anagrama, 2002, con un prólogo del siempre sugerente John Berger. El prolífico Noam Chomsky publicó 11/09/2001. Madrid, RBA, 2001. Antes había publicado, entre otros y como anticipación, Actos de agresión. Barcelona, Crítica, 2000, con la participación de Edward W. said. 6 Huntington, S. P.: ¿Choque de civilizaciones? Madrid, Tecnos, 2002. 7 Castells, M.: La era de la información. Vol. 2.: El poder de la identidad. Madrid, Alianza, 1998.
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