SOBRE RELIGIONES INSTITUCIONALIZADAS

El cepo del alma

Por Jakob Gramms

El instinto de supervivencia es algo que rige todo lo vivo en el universo conocido, desde las amebas hasta las más sofisticadas formas de organización social. Las religiones institucionalizadas no son una excepción, pero -al contrario de lo que hacen todos los demás entes- para perpetuarse ignoran otro gran principio universal: el de la evolución, la adaptación y el cambio constantes. Una vez captadas suficientes almas para formar congregación apuestan por una inalterabilidad que choca frontalmente con las leyes que mandan a todos los elementos de este mundo reconfigurarse sin cesar.

Así, los cristianos andan predicando los mismos dogmas desde hace dos mil años, los musulmanes les van a la zaga en tan sólo unos siglos y los judíos no parecen cansarse del rollo macabeo en el que llevan cinco milenios ya. Mientras tanto, la Tierra sigue dando vueltas sobre su eje que, a pesar de parecer estar fijado con cola de contacto en los confines del sistema solar, altera su inclinación en unos cuantos grados cada x eras. Nuestro entorno social está en evolución permanente: modas, partidos políticos e imperios irrumpen en el panorama para después abandonar la escena por la puerta pequeña de la Historia; en el ocio, la gastronomía, la ciencia, la tecnología, la filosofía y en la cultura -en el sentido más amplio de la palabra- no paran de aparecer ideas y fenómenos nuevos. La naturaleza tampoco cesa de cambiar: especies de animales y de plantas mutan y se extinguen, enfermedades aparecen y desaparecen, los cascos polares se derriten y volcanes recién nacidos rediseñan paisajes. Y a pesar de todas estas transformaciones, en los textos sagrados no se cambia ni una coma y se los tiene como verdad única, absoluta e inamovible. Tal vez su propósito consista es proporcionar a nuestras almas un anclaje firme en un contexto tan voluble. Y también es verdad que nuestro cerebro tiende a ahorrar recursos por lo que debe de estar agradecido cuando se le ofrecen siempre las mismas letanías que ya se sabe de memoria. Pero eso fomenta la pereza mental. Significa poner un cepo en las piernas que la Humanidad debería usar para avanzar también en su desarrollo espiritual. A la hora de conseguir que en temas religiosos todo siga igual, monográfico y monolítico, las letras y piedras son las formas elegidas por los autoproclamados administradores del bien de nuestras almas. Porque tan inamovibles como sus palabras resultan los pétreos símbolos de su pretendida eternidad: los templos, llámense sinagogas, iglesias o mezquitas. Aquí no pasa nada.

Tomar ejemplo

En China, durante siglos la música no se anotaba. No había partituras ni otro medio que trasmitiera melodías y ritmos de forma inalterable a lo largo del tiempo o a lo ancho de la geografía. Esta circunstancia dio lugar a una riqueza y variedad extremas de las manifestaciones musicales, pues se desarrollaban libremente sin trabas labradas en papel o piedra. Además, el relativo aislacionismo debido al hecho de que la música se interpretaba sólo en directo produjo una divergencia de tendencias muy acentuada entre diferentes zonas del país. El aprendizaje de la música fue algo eminentemente práctico y por ende siempre susceptible de variaciones e interpretaciones personales. Cada músico se podía sentir libre de crear su propia música en ese territorio marcado por unas cuantas reglas básicas, pero sin códices llenos de artículos casi jurídicos que respetar. Imaginemos por un momento ese paisaje sonoro tan heterogéneo...

Ahora, imaginemos por un momento la ausencia de textos de obligado cumplimiento en cuanto a lo espiritual se refiere: cada cual tendría derecho de interpretar a su manera y dar forma propia a sus necesidades en este terreno (si las tuviera, porque no todo el mundo siente la llamada de las grandes preguntas sin respuesta). Pasaríamos en un plisplás de lo labrado en piedra milenaria al «móntatelo tú mismo». Sería como acudir al supermercado de las ofertas espirituales y llenar el carro con los productos que mejor se adapten a las necesidades de cada cual: oraciones hechas a medida, cosmogonías interactivas, altares de quita y pon, rituales envasados al vacío, redención de pecados tres por dos... Ese pragmatismo fomentaría la libre competencia entre religiones y eso, en un mundo regido por la lógica de la oferta y la demanda, en última consecuencia mejoraría el servicio al cliente, además de bajar los precios.

Y, ya metidos en harina, ¿por qué dejar fuera de esta conversión los dogmas hechos piedra? Si, a lo largo de la historia, sinagogas han sido convertidas en iglesias, iglesias en mezquitas y mezquitas en iglesias, ¿por qué los lugares sagrados no van a poder adaptarse a nuestras cambiantes necesidades espirituales? El muro de lamentaciones, una gran pantalla de proyección de imágenes relajantes. El Vaticano, una sala de meditación colectiva. La mezquita de Al-Aqsa un gran auditorio donde elevar el espíritu al son de la música new age. Puestos a imaginar... ¡a volar, mi alma!