El
instinto de supervivencia es algo que rige todo lo vivo en el
universo conocido, desde las amebas hasta las más sofisticadas
formas de organización social. Las religiones institucionalizadas
no son una excepción, pero —al contrario de lo que hacen
todos los demás entes— para perpetuarse ignoran otro
gran principio universal: el de la evolución, la adaptación
y el cambio constantes. Una vez captadas suficientes almas para
formar congregación apuestan por una inalterabilidad
que choca frontalmente con las leyes que mandan a todos los
elementos de este mundo reconfigurarse sin cesar.
Así, los cristianos andan predicando
los mismos dogmas desde hace dos mil años, los musulmanes
les van a la zaga en tan sólo unos siglos y los judíos
no parecen cansarse del rollo macabeo en el que llevan cinco
milenios ya. Mientras tanto, la Tierra sigue dando vueltas sobre
su eje que, a pesar de parecer estar fijado con cola de contacto
en los confines del sistema solar, altera su inclinación
en unos cuantos grados cada x eras. Nuestro entorno social está
en evolución permanente: modas, partidos políticos
e imperios irrumpen en el panorama para después abandonar
la escena por la puerta pequeña de la Historia; en el
ocio, la gastronomía, la ciencia, la tecnología,
la filosofía y en la cultura —en el sentido más
amplio de la palabra— no paran de aparecer ideas y fenómenos
nuevos. La naturaleza tampoco cesa de cambiar: especies de animales
y de plantas mutan y se extinguen, enfermedades aparecen y desaparecen,
los cascos polares se derriten y volcanes recién nacidos
rediseñan paisajes. Y a pesar de todas estas transformaciones,
en los textos sagrados no se cambia ni una coma y se los tiene
como verdad única, absoluta e inamovible. Tal vez su
propósito
consista
es proporcionar a nuestras almas un anclaje firme en un contexto
tan voluble. Y también es verdad que nuestro cerebro
tiende a ahorrar recursos por lo que debe de estar agradecido
cuando se le ofrecen siempre las mismas letanías que
ya se sabe de memoria. Pero eso fomenta la pereza mental. Significa
poner un cepo en las piernas que la Humanidad debería
usar para avanzar también en su desarrollo espiritual.
A la hora de conseguir que en temas religiosos todo siga igual,
monográfico y monolítico, las letras y piedras
son las formas elegidas por los autoproclamados administradores
del bien de nuestras almas. Porque tan inamovibles como sus
palabras resultan los pétreos símbolos de su pretendida
eternidad: los templos, llámense sinagogas, iglesias
o mezquitas. Aquí no pasa nada.
Tomar ejemplo
En China, durante siglos la música
no se anotaba. No había partituras ni otro medio que
trasmitiera melodías y ritmos de forma inalterable a
lo largo del tiempo o a lo ancho de la geografía. Esta
circunstancia dio lugar a una riqueza y variedad extremas de
las manifestaciones musicales, pues se desarrollaban libremente
sin trabas labradas en papel o piedra. Además, el relativo
aislacionismo debido al hecho de que la música se interpretaba
sólo en directo produjo una divergencia de tendencias
muy acentuada entre diferentes zonas del país. El aprendizaje
de la música fue algo eminentemente práctico y
por ende siempre susceptible de variaciones e interpretaciones
personales. Cada músico se podía sentir libre
de crear su propia música en ese territorio marcado por
unas cuantas reglas básicas, pero sin códices
llenos de artículos casi jurídicos que respetar.
Imaginemos por un momento ese paisaje sonoro tan heterogéneo...
Ahora, imaginemos por un momento la
ausencia de textos de obligado cumplimiento en cuanto a lo espiritual
se refiere: cada cual tendría derecho de interpretar
a su manera y dar forma propia a
sus
necesidades en este terreno (si las tuviera, porque no todo
el mundo siente la llamada de las grandes preguntas sin respuesta).
Pasaríamos en un plisplás de lo labrado en piedra
milenaria al «móntatelo tú mismo».
Sería como acudir al supermercado de las ofertas espirituales
y llenar el carro con los productos que mejor se adapten a las
necesidades de cada cual: oraciones hechas a medida, cosmogonías
interactivas, altares de quita y pon, rituales envasados al
vacío, redención de pecados tres por dos... Ese
pragmatismo fomentaría la libre competencia entre religiones
y eso, en un mundo regido por la lógica de la oferta
y la demanda, en última consecuencia mejoraría
el servicio al cliente, además de bajar los precios.
Y, ya metidos en harina, ¿por qué
dejar fuera de esta conversión los dogmas hechos piedra?
Si, a lo largo de la historia, sinagogas han sido convertidas
en iglesias, iglesias en mezquitas y mezquitas en iglesias,
¿por qué los lugares sagrados no van a poder adaptarse
a nuestras cambiantes necesidades espirituales? El muro de lamentaciones,
una gran pantalla de proyección de imágenes relajantes.
El Vaticano, una sala de meditación colectiva. La mezquita
de Al-Aqsa un gran auditorio donde elevar el espíritu
al son de la música new age. Puestos a imaginar...
¡a volar, mi alma!