En España, un
país de fuerte tradición católica, una
encuesta reciente expone en sus resultados que la mayoría
de las personas
sitúa
a la religión en último lugar de importancia frente
a otros ítems de su vida, como la salud, la familia,
el trabajo, los amigos o el bienestar económico (1).
Las encuestas, como
se sabe, son susceptibles de interpretaciones diversas y deben
leerse con cautela. En el caso de este estudio, por ejemplo,
el catedrático de Sociología de la Religión
de la Universidad Complutense de Madrid Rafael Díaz-Salazar
había considerado que el fenómeno religioso «toca
las fibras más sensibles del ser humano y no tenemos
herramientas que permitan valorar estas cuestiones». La explicación
que Díaz-Salazar dio a los datos estadísticos
hacía referencia a un rechazo de las religiones institucionalizadas:
«A Dios se le va a encontrar en cualquier parte menos en la
Iglesia», parafraseaba el sociólogo a José Luis
López Aranguren (2).
¿Está agotada
la religiosidad en las sociedades occidentales contemporáneas?
No, pero su lugar y manifestación ha ido cambiando con
el correr de los tiempos y hoy, intentar entender el fenómeno
religioso, obliga a reparar en esas transformaciones socioculturales.
La pérdida paulatina
de peso de la religión tradicional en la sociedad
fue un rasgo característico de la modernidad occidental,
proceso al que los estudiosos llamaron secularización:
la influencia de lo sobrenatural en la vida cotidiana iría
disminuyendo a medida que las sociedades se modernizaran y confiaran
más en la ciencia y la tecnología para controlar
y explicar el mundo (3).
En
gran parte esto es indiscutible: el lugar central que ocupaba
la religión y la Iglesia en la vida de las sociedades
preindustriales —desde la determinación de las
costumbres hasta la legitimación de las leyes y la moral—
dista mucho del que tienen en la actualidad. Ahora, el poder
terrenal (el de los gobernantes) no debe sustentarse en determinaciones
eclesiales o designios divinos, y tampoco éstos rigen
la vida social sino que pertenecen al ámbito privado,
donde cada persona decide en qué creer y cómo.
Pero esto último no implica, precisamente, un agotamiento
de lo religioso.
La idea inicial de que
la secularización cimentada en la técnica y en
la explicación racional del mundo conllevaría
el fin de la religión encontró sólidas
críticas durante el siglo XX.
Para empezar, siguiendo
al sociólogo Anthony Giddens, se trata de un proceso
difícil de comprobar con exactitud, ya que se asienta
mayormente en parámetros subjetivos: la influencia social
y política de las organizaciones religiosas o, aun más,
el grado de religiosidad en cuanto a creencias y valores de
las personas. ¿Y existen métodos fiables de medir la
intensidad espiritual y las formas de proyectarla? ¿No se trata,
en definitiva, de aspectos demasiado abstractos para poder mensurarlos
y arrojar conclusiones estrictas?
Ello no impide, por
supuesto, que se observe y discuta el devenir de la religiosidad
humana, cuyas formas de proyectarse pueden ser alternativas
a la plegaria a un Dios o a la visita a una iglesia. El desencantamiento
del mundo —término propuesto por Max Weber—
que advierte desde hace mucho que lo sobrenatural ha dejado
de explicar gran parte de las vicisitudes de la vida y de definir
el camino a seguir en cada caso, no afectó para que tuvieran
lugar otras manifestaciones religiosas propias de la época.
Por ello cabe hacer
unas distinciones terminológicas básicas (4):
La religión no
se caracteriza forzosamente ni por el monoteísmo (creencia
en un solo Dios) ni por mandatos morales que dictan el comportamiento
de los creyentes. Tampoco ha de identificarse con lo sobrenatural,
es decir, un universo que esté «más allá
de los sentidos», ni debe «necesariamente» ser una explicación
del origen y desarrollo del mundo.
Por el contrario, la
religión sí supone siempre un conjunto de símbolos
que son objeto de respeto y reverencia por parte de sus creyentes,
especialmente en los rituales y ceremonias de la confesión.
Un elemento determinante
en toda religión es la fe, a la que Giddens alude
como «ese salto emocional que nos impulsa a creer».
Y nada ata esta cualidad
a lo místico: fe y orden sobrenatural son dos cosas al
parecer diferentes.
EL FUNDAMENTALISMO CIENTÍFICO
Las concepciones radicales
de la secularización, ya nada novedosas y seriamente
cuestionadas, llevaron a un extremo engañoso sus consecuencias
al augurar la desaparición de la religión en un
mundo dominado por la razón científica.
El sociólogo
Joan Estruch considera a estas teorías «en cierto modo
una falacia». Y se sirve de un proverbio chino para caracterizar
la perspectiva sociológica occidental que sustenta tal
enfoque: «cuando el dedo señala la luna, el imbécil
se queda mirando el dedo, donde la religión sería
la luna, la Iglesia sería el dedo y el sociólogo...
el espabilado observador». De esto se desprende que la religión
no se limita a la Iglesia católica o al cristianismo
(5).
En su opinión,
las tesis de la secularización (y la desacralización
del mundo) llevan implícita una función ideológica:
la de legitimar los principios de la sociedad industrial moderna,
con su creencia en el progreso, la ciencia y la razón.
Creencias que, cabe
preguntarse, ¿no terminan adoptando un carácter
religioso? ¿No es la fe inquebrantable en el progreso
de la razón-técnica un modo de otorgar sentido
a la vida? «Hoy, una de las formas de creer en Dios que está
más de moda es la científica», arguyó alguna
vez Agustín García Calvo, y quizá pueda
tomarse su apreciación como una respuesta.
El sociólogo
Franco Ferraroti también coincide en que la razón
racionalista, sobre la cual se apoya la teoría de la
secularización, asimiló erróneamente en
sus cálculos esferas diferentes: «La religión
es la expresión de la administración de lo sagrado.
Lo
sagrado se opone a lo profano, pero no necesita forzosamente
lo divino», especifica. En contra de la desacralización
del mundo ampliamente anunciada, Ferraroti afirma que «asistimos
al ocaso, no de lo sagrado, sino de la religión, o con
mayor precisión, de la religión de Iglesia».
De hecho, lo sagrado constituye «el punto de apoyo» sobre el
que los diferentes puntos de poder (social, político
y económico) se sustentan (6).
La ciencia,
efectivamente, alcanzó este estatus sagrado y se erigió
en verdad única e indiscutible, capaz de refutar
cualquier concepción que no se ajuste a sus cánones.
Pero no faltan intelectuales que advierten sobre lo equivocado
de esa postura radical. El filósofo Eugenio Trías,
por ejemplo, exhorta a la tarea nada contradictoria de secularizar
la razón, lo cual quiere decir ubicarla en su propio
ámbito de incumbencia, comprender sus límites
(los de la propia inteligencia) y respetar el lugar de lo sagrado
que, en su opinión, es «todo aquello que nos circunda
y rodea bajo forma de enigma y misterio» (7).
Estruch, por su parte,
concluye su ensayo apelando a ideas ya esbozadas por Durkheim:
la religión no desaparece, sino que se transforma; en
la actualidad surgen nuevas formas de religiosidad y de re-encantamiento
del mundo; la crisis religiosa hace referencia a una «metamorfosis
de la religión», y no a su desaparición. Probablemente,
el problema esté, como observa el autor, en diferenciar
tajantemente, desde una óptica científica, entre
profano y sagrado, entre religioso y secular.
RELIGIONES TERRENALES
¿Y dónde se evidencian
esas transformaciones? ¿Cómo se manifiesta la religiosidad
en estos días, cuando no es a través de los dogmas
tradicionales y las instituciones que los sostienen? ¿Dónde
vuelca su fe el hombre occidental contemporáneo?
El mundo contemporáneo
muestra un extenso panorama de creencias sobrenaturales,
nuevas y no tan nuevas. Más allá de ser criticadas
como inventos lucrativos y deslegitimadas desde las iglesias
oficiales, tales movimientos no hacen más que confirmar
la necesidad de creer.
Pero esta necesidad
se proyecta con la misma fuerza en otros ordenes de la vida
terrenal. En actividades y costumbres que, más por desconocimiento
que por convicción y desacuerdo, el imaginario colectivo
las considera ajenas a la idea de religión. Y muchas
veces quienes las cultivan son personas que se confiesan completamente
alejadas de lo religioso. ¿El caso de la fe en la ciencia no
sería acaso un ejemplo?
Entrevistado hace un
par de años por teína, el filósofo
Javier Sádaba decía lo siguiente: «La religión,
en un sentido muy amplio, va a estar presente siempre en el
ser humano: mientras tengamos conciencia de muerte nos haremos
preguntas religiosas. Pero cuando digo que hay un cinismo es
en ese laicismo que sin ser consciente de ello sin embargo sigue
teniendo muchos prejuicios que son heredados de la religión.
El que en su manifestación explícita dice que
es agnóstico o ateo, después su comportamiento
es como en una iglesia. Los partidos políticos son como
iglesias y funcionan con adhesiones típicamente teológicas
aunque eso parece ser cinismo, hipocresía, puesto que
no van de religiosos y, sin embargo, sí incorporan gran
parte de lo que es la tradición eclesial religiosa».
El sociólogo
Enrique Gil Calvo habla, por su parte, de nuevas formas religiosas
y pararreligiosas institucionalizadas, que van desde viejas
iglesias oficiales hasta subculturas modernas como el rock o
el deporte. Manifestaciones, estas últimas, que más
allá de su superstición e irracionalidad tienden
a generar sentidos. Se trata de la «consagración de lo
profano», propia de lo moderno (8).
Para este autor, aunque
la definición científica de la realidad ha incidido
en el descrédito de la «salvación del alma», el
incombustible miedo a la muerte sigue alimentando la necesidad
religiosa. Una necesidad que encuentra su satisfacción
por vías de distinta índole: en muchos casos el
culto a las almas espirituales se ha sustituido por el de los
cuerpos materiales. Así, ante la imposibilidad de salvación
personal eterna, surge la búsqueda de la salvación
suprapersonal en la realidad material —mediante el culto a los
objetos y a las formas— o social —mediante el culto al grupo,
las relaciones o los rituales—.
Hay una extensa tipología
de religiones seculares: desde ideologías y movimientos
políticos que buscan salvar a la sociedad (ver en
este dossier entrevista a Salvador Giner), hasta el tributo
a esferas mundanas como el dinero, la salud, el sexo, la familia,
el fútbol, entre muchos otros. En el caso de las más
hedonistas, dice el autor, se trata de comportamientos expresivos
«de los cuales se espera una salvación (un bien, un placer,
una felicidad)», aunque sea inmediata y pasajera. Pese a no
recibir oficialmente el nombre de religión, la mayoría
de los tipos indicados coincide en su esencia con tal definición.
De innumerables formas,
el hombre sigue buscando caminos que lo ayuden a saciar
su sed de trascendencia; aunque ahora en un mar revuelto
de ofertas donde las seguridades se ahogan con mayor facilidad.
Y tanto la diversidad religiosa como la impresión de
sucumbir a la incertidumbre guardan una relación directa
con las características estructurales de la actualidad.
Hoy como nunca en la
historia de la humanidad se asiste a lo que Peter Berger y Thomas
Luckmann han denominado crisis latente de sentido (9).
Grandes poblaciones han atravesado épocas donde se hizo
patente un clima de desorden existencial, un no saber hacia
dónde ir. Pero las condiciones estructurales de la sociedad
actual transforman esta situación en una constante, en
su característica intrínseca: aunque no hay una
total falta de sentido (como muchos intelectuales diagnostican
con especial alarma), sí se da la explosión permanente
de crisis personales e interpersonales que esconden una potencial
crisis general.
El pluralismo propio
de un mundo interconectado simbólica y físicamente,
y el repliegue de lo religioso al ámbito de lo privado,
a la esfera de las decisiones individuales, configuran una etapa
donde no existen verdades únicas. Nada se da «por su
puesto», faltan valores comunes que «determinen la acción»
de las personas, y no hay «una realidad única idéntica
para todos». En este contexto, la fe adquiere la condición
de «posibilidad» y se dispara en muy diferentes direcciones.
Lo anterior desmiente
de plano que la religión esté agotada. Por el
contrario, demuestra que el hombre es, sin dudas, un homo
religiosus.
Arriba
