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Silencio, se mata
Análisis de Amén, un retrato
terrorífico firmado por Costa-Gavras acerca del consentido
genocidio que terminó con la vida de millones de judíos.
Óscar
Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

En
una de sus películas más trepidantes, Constantin
Costa-Gavras muestra a dos individuos enfrascados en una particular
batalla. Un sacerdote, Riccardo Fontana (Mathieu Kassovitz), y
un miembro de las SS (1), Kurt Gerstein (Ulrich Tukur), luchan
por detener la política antisemita de los nazis, que segaba
a diario la vida de miles de personas. Éste sería
el argumento sencillo de la última película
de Costa-Gavras, Amén (2002), donde el director
presenta sin tapujos las acciones de las instituciones a las que
pertenecieron ambos personajes. Por un lado el cuerpo de las SS,
que utilizó a Gerstein, bravo luchador contra la plaga
del tifus, para llevar a cabo el saneamiento con agilidad
y economía. Por otro lado, la iglesia, que se limitó
a contemplar y dejar hacer a Hitler, mientras el olor a sofrito
humano inundaba Europa. Pero la actitud del clero tenía
su explicación.
A pesar de que la república de
Weimar abolió la legislación anticatólica
precedente, el Papa prefirió dar su apoyo al nacionalsocialismo.
En el año 1933 el partido católico votó a
Hitler, y posteriormente se desintegró. La iglesia creyó
que así su supervivencia y estatus dentro del Estado quedaban
asegurados. Después de aquello vino el esperado concordato
entre católicos y nazis; sin embargo, el Vaticano se vio
obligado a desinteresarse por la política del país
debido a que los años siguientes supusieron el desmantelamiento
de la oposición del nuevo régimen. Los asesinatos,
la censura, el cierre de publicaciones, etcétera, estuvieron
a la orden del día, y pusieron en un aprieto a una institución
que debió enfrentarse a la dictadura, en vez de desviar
la atención ante algo evidente. Por contra, al cobarde
Pío XII le preocupaba la expansión del diablo comunista:
a su modo de ver, las revoluciones izquierdistas suponían
un retraso para la sociedad, y una pérdida de poder considerable.
Clero y gobierno coincidían en este asunto y por ello sus
relaciones eran estables, a pesar de que el propio Hitler manifestó
su intención de desintegrar el cristianismo en el país.
Pero volviendo a la película, ésta
se puede segmentar en dos momentos clave: la denuncia clerical,
y su silencio frente a la condena judía. En el asunto de
limpieza de discapacitados, la iglesia se puso pronto manos
a la obra. Cierto sector del obispado declaró su rechazo,
amenazó a los dirigentes alemanes con tomar medidas y tuvo
éxito, aunque fuese por poco tiempo. La
Operación Muerte por Compasión cesó,
al menos de manera pública. No corrieron igual suerte todo
tipo de opositores al régimen. El Vaticano temía
las represalias del gobierno nazi y guardó un silencio
prudente ante tal hecho. Tan prudente fue que resultó inmoral.
Cometió el error, muy redundante a lo largo de la historia,
de matizar la defensa del ser humano, de su vida y sus derechos,
con arreglo a sus intereses propios, como si en los textos bíblicos
se advirtiesen clasificaciones o incluso prioridades cuando el
fin no es otro que la salvación de inocentes, vengan de
donde vengan.
El segundo momento clave es el que abarca
mayor cantidad de metraje, y el objeto real de la película.
Como decía al principio, para los judíos el futuro
estaba escrito. Etiquetados como iguales y empaquetados en los
trenes, los llevaron directamente a los campos de concentración.
Pero Amén no pretende emocionar al espectador con
secuencias desagradables que puedan herir sus sentimientos y llegar
a su corazón con facilidad. Aquí la conciencia se
ve sacudida por un golpe seco de impotencia, al suponer la horrible
masacre y asistir al silencio de quienes tuvieron en sus manos
la posibilidad de salvarles, o al menos, de denunciar la hecatombe.
Las acciones de los protagonistas no pasaron del fracaso más
rotundo, y la película no deja pie a nada más. La
acción se desarrolla con la premisa de que el espectador
sabe bien lo que ocurrió con respecto a los judíos;
sabe que no hubo trabas ante estas operaciones hitlerianas. Sabe
que fue en la posguerra cuando la opinión pública
descubrió aquellas hornadas de muerte. Y sabe que los causantes
escaparon, aunque quizás se sorprenda al ver quiénes
les ofrecieron cobijo. Se trata de una masacre sobradamente conocida,
explotada generalmente desde un punto de vista sesgado por el
rencor y por el orgullo yanqui. Porque en realidad pocos directores
han conseguido demostrar una honradez política tan satisfactoria
como Costa-Gavras.
Con una filmografía no muy extensa,
el director, artífice del mejor cine político del
siglo XX, ha conseguido desde un punto de vista parcial y provocador,
atacar el abuso de poder de los individuos y las
instituciones, con la convicción de que el ser humano prima
sobre las construcciones sociales. En sus películas es
fácil adivinar quiénes son los buenos y los malos,
y sobre quién o quiénes recae su denuncia. Z
(Z, 1969), Estado de sitio (État de siège,
1973) o la más conocida, Desaparecido (Missing,
1982), ejemplifican su modo de afrontar la corruptela innata a
las instituciones y sus gobiernos.
Para terminar, un detalle: cuando Kurt
Gerstein se encuentra junto al sastre para que le confeccione
el uniforme, éste le indica que haga el saludo nazi para
comprobar que la extensión de la tela es la correcta. Kurt
estira el brazo y por supuesto, la manga se descose. Es sorprendente
recordar una escena similar en El verdugo (1963), de Luis
García Berlanga, donde el protagonista se prueba el traje
de sacerdote para dar la extrema unción y asegurar el buen
corte de la prenda. Ambos se preparan para el papel que van a
llevar a cabo: ejecutores obligados a cumplir con el mandato de
su gobierno.
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