Mártires suburbanos

«Yo soy el que seré»

La parábola de Edward Norton

Silencio, se mata


 


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[ Referencias]

(1) Siglas de las voces alemanas «Schutz» (protección) y «Staffel» (escalón), que daban nombre a los «escuadrones de protección» fundados en el año 1925 y fueron escalando posiciones hasta constituir unidades militares encargadas del orden público y de diversas operaciones de Adolf Hitler.



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Silencio, se mata

Análisis de Amén, un retrato terrorífico firmado por Costa-Gavras acerca del consentido genocidio que terminó con la vida de millones de judíos.

 

Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

 

En una de sus películas más trepidantes, Constantin Costa-Gavras muestra a dos individuos enfrascados en una particular batalla. Un sacerdote, Riccardo Fontana (Mathieu Kassovitz), y un miembro de las SS (1), Kurt Gerstein (Ulrich Tukur), luchan por detener la política antisemita de los nazis, que segaba a diario la vida de miles de personas. Éste sería el argumento —sencillo— de la última película de Costa-Gavras, Amén (2002), donde el director presenta sin tapujos las acciones de las instituciones a las que pertenecieron ambos personajes. Por un lado el cuerpo de las SS, que utilizó a Gerstein, bravo luchador contra la plaga del tifus, para llevar a cabo el saneamiento con agilidad y economía. Por otro lado, la iglesia, que se limitó a contemplar y dejar hacer a Hitler, mientras el olor a sofrito humano inundaba Europa. Pero la actitud del clero tenía su explicación.

A pesar de que la república de Weimar abolió la legislación anticatólica precedente, el Papa prefirió dar su apoyo al nacionalsocialismo. En el año 1933 el partido católico votó a Hitler, y posteriormente se desintegró. La iglesia creyó que así su supervivencia y estatus dentro del Estado quedaban asegurados. Después de aquello vino el esperado concordato entre católicos y nazis; sin embargo, el Vaticano se vio obligado a desinteresarse por la política del país debido a que los años siguientes supusieron el desmantelamiento de la oposición del nuevo régimen. Los asesinatos, la censura, el cierre de publicaciones, etcétera, estuvieron a la orden del día, y pusieron en un aprieto a una institución que debió enfrentarse a la dictadura, en vez de desviar la atención ante algo evidente. Por contra, al cobarde Pío XII le preocupaba la expansión del diablo comunista: a su modo de ver, las revoluciones izquierdistas suponían un retraso para la sociedad, y una pérdida de poder considerable. Clero y gobierno coincidían en este asunto y por ello sus relaciones eran estables, a pesar de que el propio Hitler manifestó su intención de desintegrar el cristianismo en el país.

Pero volviendo a la película, ésta se puede segmentar en dos momentos clave: la denuncia clerical, y su silencio frente a la condena judía. En el asunto de limpieza de discapacitados, la iglesia se puso pronto manos a la obra. Cierto sector del obispado declaró su rechazo, amenazó a los dirigentes alemanes con tomar medidas y tuvo éxito, aunque fuese por poco tiempo. La Operación Muerte por Compasión cesó, al menos de manera pública. No corrieron igual suerte todo tipo de opositores al régimen. El Vaticano temía las represalias del gobierno nazi y guardó un silencio prudente ante tal hecho. Tan prudente fue que resultó inmoral. Cometió el error, muy redundante a lo largo de la historia, de matizar la defensa del ser humano, de su vida y sus derechos, con arreglo a sus intereses propios, como si en los textos bíblicos se advirtiesen clasificaciones o incluso prioridades cuando el fin no es otro que la salvación de inocentes, vengan de donde vengan.

El segundo momento clave es el que abarca mayor cantidad de metraje, y el objeto real de la película. Como decía al principio, para los judíos el futuro estaba escrito. Etiquetados como iguales y empaquetados en los trenes, los llevaron directamente a los campos de concentración. Pero Amén no pretende emocionar al espectador con secuencias desagradables que puedan herir sus sentimientos y llegar a su corazón con facilidad. Aquí la conciencia se ve sacudida por un golpe seco de impotencia, al suponer la horrible masacre y asistir al silencio de quienes tuvieron en sus manos la posibilidad de salvarles, o al menos, de denunciar la hecatombe. Las acciones de los protagonistas no pasaron del fracaso más rotundo, y la película no deja pie a nada más. La acción se desarrolla con la premisa de que el espectador sabe bien lo que ocurrió con respecto a los judíos; sabe que no hubo trabas ante estas operaciones hitlerianas. Sabe que fue en la posguerra cuando la opinión pública descubrió aquellas hornadas de muerte. Y sabe que los causantes escaparon, aunque quizás se sorprenda al ver quiénes les ofrecieron cobijo. Se trata de una masacre sobradamente conocida, explotada generalmente desde un punto de vista sesgado por el rencor y por el orgullo yanqui. Porque en realidad pocos directores han conseguido demostrar una honradez política tan satisfactoria como Costa-Gavras.

Con una filmografía no muy extensa, el director, artífice del mejor cine político del siglo XX, ha conseguido desde un punto de vista parcial y provocador, atacar el abuso de poder de los individuos y las instituciones, con la convicción de que el ser humano prima sobre las construcciones sociales. En sus películas es fácil adivinar quiénes son los buenos y los malos, y sobre quién o quiénes recae su denuncia. Z (Z, 1969), Estado de sitio (État de siège, 1973) o la más conocida, Desaparecido (Missing, 1982), ejemplifican su modo de afrontar la corruptela innata a las instituciones y sus gobiernos.

Para terminar, un detalle: cuando Kurt Gerstein se encuentra junto al sastre para que le confeccione el uniforme, éste le indica que haga el saludo nazi para comprobar que la extensión de la tela es la correcta. Kurt estira el brazo y por supuesto, la manga se descose. Es sorprendente recordar una escena similar en El verdugo (1963), de Luis García Berlanga, donde el protagonista se prueba el traje de sacerdote para dar la extrema unción y asegurar el buen corte de la prenda. Ambos se preparan para el papel que van a llevar a cabo: ejecutores obligados a cumplir con el mandato de su gobierno.

 

 

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