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La parábola de Edward Norton
Alberto Olmos
alberto-olmos@terra.es

Parece que todas las historias están
ya contadas y que el reto hoy en día consiste en hacer
sentir al espectador como si fuera la primera vez que unos personajes
viven ante sus ojos la peripecia correspondiente. Esto sucede
sin duda en Keeping the faith (Más que amigos,
2000), la primera y, hasta la fecha, única película
dirigida por el admirable actor Edward Norton. En ella, el esquema
de la comedia romántica se cumple al pie de la letra. Es
decir: chico conoce chica, chico pierde chica, chico recupera
chica. Exactamente igual que en El apartamento (Billy Wilder,
1960), Cuando Harry encontró a Sally (Rob Reiner,
1985) o Un niño grande (Chris Weitz, 2002), por
poner tres ejemplos igualmente felices.
Edward
Norton llegó a la dirección tras erigir una filmografía
personal de lo más atractiva. Se inició con Primal
Fear, Todos dicen I love you y El escándalo
de Larry Flint, todas filmadas en 1996. En la primera, encarnó
a un joven acusado de asesinato y lo hizo tan bien que no ganó
el oscar al que estaba nominado, ya que es prácticamente
imposible triunfar en los premios de la Academia de Cine Estadounidense
si lo bordas. En la segunda, su papel era el más divertido
dentro de una cinta bastante floja en su conjunto. Y en la tercera,
encarnó al abogado de la revista porno Hustler y demostró
su peculiar versatilidad interpretativa.
Dos años después, protagonizó
Rounders y American History X. Rounders era
una historia de jugadores de poker en la línea de las películas
de juegos de mesa de toda la vida y, realmente, no merece un segundo
visionado. Por su parte, American History X es uno de los
pocos filmes sobre racismo que no producen sonrojo ni tratan al
espectador como a la audiencia de Barrio Sésamo. La labor
de Norton en esta cinta agota el arsenal de elogios. Desde el
esfuerzo físico que realizó para lucir la musculatura
intimidatoria de un skin, hasta el milimétrico recital
de gestos con que subraya la evolución de su personaje,
todo en su trabajo indica que nos encontramos ante un actor de
primera línea. También por esta película
fue nominado a un oscar, y también por hacerlo maravillosamente
le dieron el dorado homúnculo a otro (en concreto, al saltimbanqui
Roberto Benigni.)
Año 1999. Edward Norton protagoniza
El club de la lucha, una película de la que comprendo
que haya tanta división de opiniones, pues yo mismo la
vi en el cine y me pareció horrorosa, y luego la volví
a ver en vídeo y me fascinó. En cualquier caso,
esta película del listillo David Fincher es sin duda el
punto más alto en la carrera de Edward Norton, que construye
su personaje de oficinista hastiado de modo impecable. El coprotagonista,
Brad Pitt, no puede competir con él en ningún sentido,
ya que Brad Pitt es demasiado guapo, demasiado explícitamente
bello, mientras que Norton tiene ese rostro torcido de los grandes
actores que enseña un sentimiento en cada pliegue.
Después de todo esto llega su debut
en la dirección, Más que amigos, y a continuación
engrosan su currículum la fallida The score, la
notable La última hora, la biografía de Frida
Khalo dirigida por Salma Hayek, una correcta precuela de la saga
de Hannibal Lecter (El dragón rojo) y una increíble
estupidez comandada por Dani de Vito y titulada Smoochy.
Opera
prima
Más que amigos trata de dos hombres
fascinados por la misma mujer, antigua compañera de recreo
de ambos. Uno de ellos es rabino, mientras que el otro oficia
de sacerdote. El rabino puede mantener relaciones sexuales y está
en esa edad en la que todo el mundo le aconseja contraer matrimonio.
Él no lo tiene claro y acepta con estoicismo las citas
que sus feligreses le van preparando, dado que, en calidad de
rabino, es un personaje admirado dentro de la comunidad judía,
y todas las madres sueñan con encadenarlo a su respectivas
hijas. Por su parte, el sacerdote vive encomendado a su labor
evangélica y, aunque en su juventud degustó los
placeres del sexo, ahora no parece albergar el menor deseo erótico.
Este panorama cambia cuando Anne Reilly,
la linda amiguita de sus años mozos, vuelve a Nueva York
después de una larga ausencia. Como era de esperar, acaba
liándose con el rabino, pero a espaldas del sacerdote,
lo que da lugar a un sinfín de malentendidos y embrollos.
Jenna Elfman da vida a Anne Rice, mientras
que Ben Stiller (uno de esos actores-payaso que probablemente
es mucho mejor intérprete de lo que sus delirantes películas
indican) se mete en la piel de rabino. Por
su parte, Edward Norton se reserva el papel de sacerdote y, aunque
es sin duda el personaje más divertido, está claro
que no ha usado esta película para su lucimiento personal,
ya que en un momento dado del metraje el sacerdote pasa a la retaguardia
de la narración y deja que el dúo de enamorados
consuma todo el protagonismo de la historia.
Más que amigos guarda un
relación casi filial con la obra de Woody Allen. Prácticamente
todos los elementos que integran esta opera prima remiten a Annie
Hall, Bananas o Días de radio. Así, la
isla de Manhattan es, no sólo el escenario de la película,
sino un personaje más, y Norton airea constantemente los
avatares de sus personajes con estampas muy bellas de la ciudad.
Por supuesto, el tratamiento del tema religioso también
recuerda a Allen. Si en Hannah y sus hermanas el protagonista
incluye en su lista de la compra, como un producto más,
varios panfletos cristianos, en Más que amigos vemos
al personaje de Ben Stiller coleccionar cromos de rabinos famosos
o al sacerdote comprobar en el espejo qué le queda mejor,
una camisa blanca o el alzacuellos. Finalmente, también
la ironía constante de los diálogos y el uso inicial
de la voz en off son deudores de las obras del señor
Königsberg.
Sin embargo, mientras otras películas
(por ejemplo, Escenas en una galería, de Paul Marursky,
1990) son incapaces de superar el referente que las anima, Más
que amigos vuela por sí sola y, verdaderamente, constituye
una muestra inapelable de buena asimilación de influencias.
Además, como en las películas de Woody Allen, el
tono de comedia resulta más eficaz para hablar de grandes
temas que una propuesta dramática llena de diálogos
plúmbeos y trascendentales. Uno de estos temas es el anquilosamiento
de la Iglesia (tanto la católica como la judía)
y la cuestión de la fe a las puertas de un nuevo milenio.
El rabino y el sacerdote son conscientes de la distancia que ha
ido abriéndose entre la realidad y Dios y ponen en marcha
diversas actividades conjuntas para que esta brecha mengüe.
La más llamativa es la apertura de un karaoke donde los
fieles puedan reunirse al calor de sus creencias. Asimismo, los
dos clérigos son jóvenes muy modernos que frecuentan
los restaurantes de moda y lucen sofisticadas gafas de sol, todo
lo contrario de la imagen del cura mohoso que sigue transmitiendo
el Vaticano.
Con
todo, Más que amigos es una película mucho
más crítica con la Iglesia que todas esas cintas
puerilmente blasfemas que vemos a diario. De hecho, podría
considerársela transgresora si esta palabra no estuviera
ya ligada a las salidas de tono de cosas como South Park y demás
productos puramente ruidosos. Por ejemplo, el personaje del sacerdote
y la chica se dan besos en la boca constantemente, simples despedidas
después de pasar juntos una tarde entretenida. Y, en un
momento dado, el sacerdote llega a decir: «Elegí
la religión equivocada», cuando se da cuenta de que
él no puede acostarse con Anne Reilly mientras que el rabino
sí. También hay definiciones muy ingeniosas, como
cuando Ben Stiller califica el yon kippur como «la super-bowl
de los judíos» o etiqueta su alianza con Edward Norton
como «la patrulla de Dios».
La película abunda en escenas muy
divertidas, desde los líos que se hace Edward Norton al
usar el incensario (y que acaban con él sentado en la pila
bautismal para apagar el fuego su sotana) hasta la brutalidad
de una de las novias de Ben Stiller que, sin más ni más,
le arrea con el bolso a un mendigo que acaba de acercarse a ellos
para pedir limosna. También hay multitud de pequeños
detalles muy sugerentes, como ver al sacerdote leyendo el lamentable
ensayo Las mujeres son de Venus y los hombres, de Marte.
Finalmente, quiero hablar de lo mejor
de esta película, que no es el guión, ni la fotografía,
ni la labor actoral. Lo mejor de esta película no puede
ser localizado, quizá sólo sus responsables sabrían
dar alguna pista sobre ese punto, hablarnos del «buen clima
del rodaje» o «el compromiso de todos con el proyecto»,
pues lo que no tiene precio en esta cinta es la salud, el optimismo,
la desafiante felicidad que transmite. O dicho en términos
coloquiales: el buen rollo. Tras verla, uno siente que ha ingerido
algún tipo de antídoto contra la desconfianza en
el ser humano, que va a salir a la calle a encontrarse con personas
netamente buenas y puras y que el mundo es un sitio donde merece
la pena pagar impuestos. Y eso, un poquito de esperanza, es lo
que nos da siempre el buen cine.
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