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Mártires suburbanos
Repaso
de la filmografía de un director de culto, Abel Ferrara,
empeñado en mostrarnos la decadencia moral y religiosa
de las urbes occidentales, donde sus personajes se refugian en
un hedonismo fugaz, o se someten a un catolicismo castrense y
humillante.
Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

En
un mundo el occidental caracterizado por la codicia
y por la magnitud de su corrupción, podría pensarse
que el planteamiento religioso queda fuera de lugar. En cambio,
la realidad deja constancia a diario de la unión entre
religión y posmodernismo. Su fusión alimenta con
supersticiones pueriles y falso misticismo un nuevo tótem
al que venerar: la ciencia, cuyos aportes a la sociedad exigen
rendir un fuerte tributo (monetario, se entiende). Mientras, la
ética, todavía salpicada de hiel judeocristiana,
se disuelve en ambigüedades en boca de los políticos,
y el sentido de la autodestrucción humana alcanza cuotas
históricas. Esto o algo parecido debe de pensar
Abel Ferrara, quien durante su trayectoria como director ha explicado
los actos de sus personajes mediante la fe y la reflexión
existencial, siempre envueltos por un aire dantesco que les impide
cuestionar los cánones religiosos que condicionan sus decisiones.
Es el caso
de Teniente corrupto (Bad Lieutenant,
1992), donde un policía se hunde en un pozo de mugre que
amenaza con engullirlo para siempre. La actitud del protagonista,
lejos de proyectar en sus actos su declarada vocación católica,
muestra una carencia total de escrúpulos, abandonado al
hedonismo más indeseable. Trabaja para evitar el crimen
en las calles de Nueva York, pero se codea con quienes lo promueven
para sacar tajada. Drogadicto, violento y antisocial, vive de
las apuestas y del placer rápido, sea una calada, un poco
de heroína o una apuesta fuerte a favor de un equipo de
béisbol. Un día se ocupa del caso de una monja violada
en la parroquia por un grupo de muchachos. Su intención
de descubrir a los responsables de aquel suceso le lleva a enfrentarse
a la propia monja, que ve en los chicos unos pobres corderos de
Dios, víctimas necesitadas de clemencia y oración.
Esta situación impresiona al protagonista, que no comprende
ese martirio voluntario y esa exculpación tan gratuita
tras aquel encarnizado encuentro. Su obsesión acrecentada
por un ciclo continuo de deudas le llevará a buscar
su propia salvación por la misma vía.
Ferrara ha explotado el concepto de mártir
desde la redención. Nunca se trata de una persona colmada
de bondad a quien sus vecinos apalean o escupen. Es él
quien insulta o quien mata. Es mártir porque descubre ya
tarde, una nueva senda inexplorada en su hacer el bien,
pero también es verdugo porque abusa de la violencia
para conseguir sus objetivos. En él anidan un sinfín
de contradicciones que le producen un duro sentimiento de culpabilidad
que necesita aplastar. En el caso de esta película, el
teniente, abrumado por la suciedad, busca la liberación
de la manera más rotunda. Y quizás, con su sacrificio,
salve también a quienes le rodean.
El guión de esta película
lo firman el propio director y Zoë Lund ya fallecida,
protagonista de una de sus primeras películas: Ángel
de venganza (Ms. 45, 1981), donde una jovencita muda, violada
dos veces consecutivas, decide, trastornada, vengarse de una sociedad
viciosa. Es destacable e inolvidable su atuendo de
monja en una fiesta de disfraces en la que, con una pistola semiautomática,
desata la furia de Dios sobre los invitados. La actriz no volvió
a protagonizar ninguna producción de Ferrara, pero sin
duda hizo un gran trabajo en la gestación de la película
donde Keitel consiguió el premio al mejor actor de reparto
en sendos festivales (Fantasporto y Independent Spirit Awards).
Abel Ferrara es uno de los directores
que mejor ha sabido retratar el ambiente urbano posmoderno. Nueva
York queda reflejada como una metrópolis representativa
del ocaso moral y religioso de occidente. Pero no sólo
en Teniente corrupto o Ángel de venganza:
durante toda su filmografía ha insistido en la relación
directa entre violencia, corrupción y catolicismo, de un
modo similar al que conjugó en sus inicios Martin Scorsese
con películas como Malas calles (Mean streets,
1973), o Taxi Driver (1976).
Otro ejemplo claro de esta particular
visión de un mundo enfermizo se encuentra en El rey
de Nueva York (King of New York, 1990). De nuevo en
la misma ciudad tan diferente de la retratada por Woody
Allen, pero en esta ocasión siguiendo las andanzas
de un narcotraficante millonario Christopher Walken.
Este protagonista, recién salido de prisión, pretende
arrebatar el control de las drogas a las otras bandas e invertir
los beneficios en la construcción de un hospital infantil,
dentro de un barrio marginal neoyorquino. Como un moderno Robin
Hood, se enfrenta a sus propias contradicciones y a la policía,
maquiavélica en la búsqueda y captura de este megalómano.
Frank White es un
héroe incomprendido y sangriento que tiene
ante él una sociedad aquejada por un cáncer del
que no se culpa, pero siente cierta responsabilidad al disponer
de medios para intentar erradicarlo. Esta película, a pesar
del interés de la trama y su resolución, peca de
un exceso de secuencias de acción (léase disparos
al tuntún) que afean un acabado que no alcanza la pulcritud
de la protagonizada por Keitel.
Más adelante, en The addiction
(1995), Ferrara analizó la violencia y el sentido de la
culpabilidad cristiana gracias a una historia nietzscheana que
enfrenta a una estudiante de filosofía con una pareja de
vampiros (otra vez Walken y Annabella Sciorra, dos habituales
de Ferrara), que encarnan la renuncia al pecado y la voluntad
de poder. Un cuento en blanco y negro tan pretencioso como
interesante que nada tiene que ver con los últimos
trabajos del director, a quien parece haber afectado la decadencia
de sus películas. El funeral (The Funeral,
1996) ha sido su última obra maestra. De nuevo con el guión
de Nicolas St. John (que firma la mayoría de las anteriores),
consigue desmitificar el mundo gangsteril. Elimina el romanticismo
que suele rodear a este tipo de personajes y los muestra tal y
como son: un atajo de delincuentes que excusan sus acciones en
la voluntad de Dios, en las tradiciones machistas
y en la maldita Ley del Talión («ojo por ojo, diente
por diente»). Tras este magnífico trabajo ya no hay
nada más que destacar: The Blackout (1997), New
Rose Hotel (1998), o Cuento de Navidad ('R Xmas,
2001) desaprovechan el talento de sus protagonistas, con un guión
imposible de sacar a flote. En realidad son excelentes ejemplos
que incitan a creer que Nicolas St. John tiene un grandísimo
talento y Ferrara no debería perderle de vista para sus
próximos trabajos.
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