Templos de Japón


Por Alberto Olmos
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[ Preliminar ]

Japón tiene como religión principal el dinero. Todo ciudadano es devoto de esta divinidad y acude regularmente a las múltiples catedrales del consumo. Sin embargo, templos y santuarios siguen siendo tan abundantes en el país como supermercados o pachinkos. En su mayoría, estas construcciones de madera sirven de excusa turística y procuran al extranjero fotos muy apañadas. Entre las ciudades con mayor patrimonio religioso se encuentran Kioto, Nara o Kamakura. En la provincia de Tochigi, se haya el templo más antiguo de Japón, Nikko, con trescientos años de antigüedad.

[ Budismo ]

Originaria de La India, la religión de Buda llegó a China en el siglo I a. de C. Su postulado principal abogaba por anular todo deseo para ser feliz y alcanzar finalmente el paraíso. Según Historia de las religiones, de E. O. James, el Budismo llegó a Korea en el año 552, donde se ramificó en varias sectas, muchas de las cuales arribaron a Japón en el siglo VII. Dos tuvieron una especial importancia: la secta tendai y la secta de la Palabra Verdadera. La primera ha derivado en un movimiento política de cariz nacionalista, mientras que la segunda fue muy popular y acabó adoptando la simbología shintoísta. El Budismo evolucionó en Japón de manera caótica, sucediéndose la preeminencia de diversas interpretaciones. Finalmente tomó la delantera el Budismo Zen, en concreto la secta rinzai, que se estableció en Japón procedente de China en el año 1191.

[ Shintoísmo ]

Religión oriunda de Japón, el Shintoísmo se denominó en principio kami no michi (el camino de los dioses), para adoptar finalmente la traducción china de ese concepto, Shen-tao. Esta creencia dimana de la propia organización social de los primeros habitantes del archipiélago, y se caracteriza por su politeísmo, ya que, desde el sol al monte Fuji, casi todo elemento de la naturaleza está divinizado. Su evolución estuvo muy ligada al poder y, al igual que el Cristianismo, el Shintoísmo sirvió al Estado para barnizar teocráticamente un sistema sociopolítico arbitrario. Hasta el propio emperador es considerado hoy en día un Dios.

[ Modos y ritos ]

Aunque actualmente la poca devoción religiosa de los japoneses ha hecho que Budismo y Shintoísmo vean mezclados sus ritos, aún perduran algunos modos peculiares de comportarse dentro de cada lugar sagrado. En el templo budista, el fiel que contempla la estatua de Buda ha de orar con las palmas de las manos juntas, a la altura de los ojos. En el santuario shintoísta, por su parte, lo primero que se hace al enfrentar la sala donde se alojan las divinidades es tañer una campanilla. Después se dan tres palmadas, para finalmente adoptar un modo de oración similar al budista. Tanto en santuarios como en templos pueden encontrarse diversos ritos que conjuran la desdicha. Muy popular es el omikuji. Hay un mueble con muchos cajones y, dentro de ellos, cientos de predicciones sobre el futuro. El visitante toma una de estas predicciones al azar y, si es halagüeña, se la lleva consigo; mientras que si el futuro que le pinta el papel es nefasto ha de atar la predicción en una de las cuerdas que para este fin hay en el templo. También coinciden el Budismo y el Shintoísmo en la instalación de grandes cajas petitorias a los pies del altar. En ellas abundan las monedas de cinco yenes, no porque los nipones sean tacaños (aunque a lo mejor también) sino porque cinco yenes en japonés se dice go-en, que significa al mismo tiempo oportunidad y suerte. Algunos fieles muy generosos echan en la caja veinticinco yenes, es decir, ni go-en, doble suerte.

[ Chucherías en el santuario ]

La apariencia actual de los santuarios shintoístas poco o nada remite a su carácter devoto. El visitante ve en ellos algo parecido a un escenario histórico de un parque temático. En el santuario Oosaki de Moka, se alza la estatua más grande del Dios Ebisu que hay en Japón. Tanto su rostro como el material del que está hecha recuerdan al coronel Harland Sanders de los restaurantes Kentucky Fried Chicken. Una vez al mes, chatarreros de toda la región acuden al templo para vender cosas viejas. Asimismo, anualmente, en el templo Oosaki tiene lugar un rito bastante llamativo. Miembros del gobierno civil y prebostes varios se colocan en lo alto de un entablado y arrojan a la enfervorecida multitud todo tipo de chucherías y adminículos, desde guantes de trabajo a klínex. La pasión con que los japoneses tratan de hacerse con una bolsa de patatas saladas es inaudita, sobre todo teniendo en cuenta que Japón es el país con la renta per cápita más elevada de Asia. Sin embargo, todos vuelven muy contentos a sus casas con los brazos cargados de chuches.

[ Una experiencia zen ]

Por su parte, los templos budistas (ubicados muy frecuentemente en la montaña, lejos de la ciudad) conservan aún la pátina espiritual de su origen. Aunque los más famosos viven también inmersos en el negocio de los souvenirs (especialmente muñecas de madera —kokeshi— y representaciones del trío simiesco en el que un mono se tapa los ojos, otro los oídos y un tercero la boca) es posible todavía encontrar templos budistas medio abandonados. Uno de ellos fue mi hallazgo epifánico. Deambulando con el coche por carreteras secundarias, llegué al pueblo de Mashiko y, en él, pude distinguir un indicador que dirigía a los curiosos hacia algún tipo de monumento histórico. Seguí las numerosas flechas que me separaban de dicho monumento y me encontré recorriendo una carretera sinuosa en dirección a la cúspide de una montaña. La vegetación se adensaba kilómetro a kilómetro y tendía su palio de ramas y hojas sobre el asfalto. Divisé la entrada del lugar indicado por las flechas. Era un templo. No había nadie, aunque un par de máquinas expendedoras me sugirieron que aquel complejo espiritual estaba preparado para recibir turistas. Sin embargo, enseguida me di cuenta de que aquello no tenía nada que ver con el afamado Nikko, donde proliferan los restaurantes y se suceden las remodelaciones. El templo de Mashiko llevaba años abandonado a su suerte, y hasta en los tejados de paja crecían resueltamente hierbajos y flores. La madera estaba decrépita en todos los edificios, mostrando su entraña fibrosa e infinita. Junto a la pagoda, crecía bambú de tallo cuadrangular, una rareza en el país. El templo envejecía ante mis ojos y se oía el entrecortado chirriar de los grajos. Estarse quieto era casi una obligación. Las pisadas estaban de más, porque no había ningún sitio al que ir; las palabras sobraban, porque no había nada que decir. Allí todo era sencillo, verde, y se respiraba transparencia.