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ENTREVISTA a alejandro Jornet «Tenemos opción de elegir, Con Retrato de un espacio en sombras, Alejandro Jornet ganó varios premios de dramaturgia. Aquí, los diálogos y monólogos de tres hermanos y sus parejas ponen de manifiesto las consecuencias de una niñez nefasta. El autor conversó con teína sobre la familia y sobre las experiencias personales de las que se nutren sus obras. Los textos de Alejandro Jornet, y su particular manera de llevarlos a escena, muestran una conexión muy profunda con el imaginario del tiempo que vivimos.
Por Alejandra Garrido
Buzeta
2. (hermano del medio): Una infancia infeliz no es nada extraordinario.
Se olvida casi todo. 3. (hijo mayor) No sé, me temo que,
En la cálida charla que Alejandro Jornet mantuvo con teína habló de la obra, de sus motivaciones para escribirla y de su categórica visión de la familia:
Supongo que lo llevaba en la cabeza desde siempre. Quería escribir algo sobre lo que más me ha marcado en la vida: la familia. Incluso antes, cuando escribía de una manera más convencional, siempre aparecía la figura del padre como uno de los personajes. Mi familia es muy especial: castradora y frustrante. Mi padre era —es— un personaje enfermizo, violento con la familia. Hemos vivido siempre un ambiente extraño, tenso, de disputas, de malos tratos y de todo lo que eso provoca: diez hermanos que nos peleamos entre sí, que intentamos llamar la atención, etcétera. De hecho, rompí las relaciones con mi padre a los 33 años. Ahora voy a cumplir 48 y aún noto que la niñez y la adolescencia siguen dando coletazos. En el verano de 1996, de repente, me puse a escribir esto. Sentí que ya había tomado suficiente distancia respecto de mi familia: lo cercano te provoca rabia o asco, o mucho amor, o mucho odio... Surgió, además, con una forma extraña en cuanto a la escritura; sin embargo, esa forma se convertiría en habitual para mí. Aunque hablar sobre la familia era lo más importante, necesitaba distanciarme para sentirme cómodo y poder abordarla. Me salió mucho mejor de lo que pensaba: no había una estructura inicial y no aparecía la figura del padre —él está siempre presente pero no aparece en ningún momento—. Sin planteármelo previamente, Retrato... habla de cómo afecta el concepto de familia a tres hijos, o mejor dicho, de cómo algo que en ningún momento se verbaliza y que impregna el ambiente —la enfermiza omnipresencia del padre— les dificulta sus relaciones adultas. Al inicio de la obra presento a los tres hermanos y a sus novias y trato de mostrar hasta qué punto les ha afectado la enfermedad que les han transmitido. Todos están enfermos, incluso ellas, que también tienen problemas familiares —no quería una obra esquemática donde las chicas son normales y los chicos enfermizos—. En realidad, todos estamos
ya enfermos de una manera u otra debido a la marca de la familia. He
conocido a muy poca gente cuya relación con los padres haya sido
maravillosa. La mayoría estamos muy tocados por lo que pasó
en nuestra vida cuando éramos niños.
En mi caso, no tener hijos tiene que ver, entre otras cosas, con esto.
Me parece injusto que por inconsciencia o por falta de preparación
tengas hijos —en el caso de mi familia diez—, sin tener ni puta idea
de qué quieres hacer con ellos. Dices: «Yo hago lo que me salga»,
sin pensar que estás jodiéndole la vida a diez personas
por tu estupidez, por tu egoísmo. En Retrato de un espacio
en sombras quería hablar de eso, pero sin acritud. En la
obra hay una cierta dureza pero no un tono machacante, hay un «Bueno,
esta es la vida»; y, de hecho, termina cuando el hijo mayor vuelve a
empezar el ciclo. El final es terrorífico. Después de
lo que has visto, él vuelve a iniciar el ciclo y realiza las
mismas barbaridades que su padre.
Soy tremendamente pesimista cuando miro a la gente que se casa, que repite los mismos esquemas y sigue ciertas inercias sociales: tengo una edad, estudio, me echo un novio, me caso, tengo hijos, etc. Y lo consideran natural. Sin embargo, natural no es nada en el ser humano. Con la inteligencia, los hombres hemos modificado muchas leyes naturales, aunque no para mejor. Tener una familia, tener hijos, estructurar tu vida en una dirección u en otra debería ser una elección, y para ser una elección tendríamos que tener todos los conocimientos, tendríamos que tener la seguridad de que todas las posibilidades fueran igual de correctas; sin embargo, socialmente, no es así: lo normal es que te cases y tengas hijos. Hay una tendencia en el ser humano a emparejarse con alguien, pero de ahí, del hecho de emparejarte con alguien por atracción o por deseo de compartir la vida, a crear una familia hay un salto que para mí no es natural sino artificial: la sociedad te conduce hacia ahí. Y la mayoría de la gente ni siquiera se plantea si eso es lo que quiere.
Cuando escribo no pienso en las puestas en escena. Nunca pienso en nada: escribo palabras, diálogos, monólogos, sensaciones; pero no tengo idea de cómo se va a montar eso.
La puesta era muy esencial: una rampa blanca y un fondo blanco con dos ventanitas marcadas y una puerta en el centro, y a la derecha de la rampa había una pequeña tarimita, donde el hermano mayor y su mujer jugaban al ajedrez. Y sí, había referencias a las fotografías: el montaje arrancaba con el sonido de una cámara fotográfica que se oía en una escena de movimiento. Esa referencia se repetía en la segunda parte, cuando los seis personajes hablan en una reunión familiar —esa escena la planteamos con una mesita donde las dos chicas menores preparan una ensalada y conversan, mientras la otra las observa—. Los diálogos se intercalan con reflexiones que hacen las chicas —pensamientos en voz alta— sobre el alcoholismo, el desastre de la vida o sus parejas. Para esas intervenciones se detenía la escena, es decir, estaban allí discutiendo y, de repente, se paraba la escena con un sonido de cámara, como de fotografías de una reunión familiar. Entonces la que hablaba contaba los pensamientos mientras toda la escena permanecía congelada como en una foto. Esa idea se mantiene a lo largo de la obra y es la que cuenta el hermano mayor en el último monólogo: la historia de las fotos que se repiten cada año. Y esa sensación queda de la obra: momentos, fotos, un álbum familiar; sin embargo, los momentos son bastante trágicos, bastante dolorosos en general.
Precisamente, a partir de El retrato... encontré esa manera de contar. Hacía bastante tiempo que las historias lineales ni me convencían ni me interesaban ni me gustaban; y pensaba: la vida no es así, la vida no es historia. Rodrigo García —dramaturgo y director de la Compañía La Carnicería— decía: «A nadie le pasan historias». En la vida se mezclan las relaciones, nadie puede contar un día de una manera lineal; y menos cuando lo recuerdas. Cuando recuerdas lo que te sucedió lo haces de manera completamente confusa, mezclada... La memoria no es lineal y la vida no es lineal. En El retrato... intenté captar la sensación de qué me importaba a mí de la familia. De todos modos, sí hay también un aspecto temporal, es decir, tras la presentación de los personajes y decir cómo viven, qué sienten y tal, dentro de esa vida cotidiana se desencadenan acontecimientos. En un momento, debido a la decisión de la chica más joven —la novia del hermano menor—, de marcharse, se desencadena una serie de acontecimientos. Eso también es importante en esta obra: observar cómo alguien toma una decisión y ésta provoca un efecto dominó. Casi nunca tomamos decisiones y preferimos dejarnos todas las puerta abiertas. Nos dan miedo los cambios y nos dejamos llevar por el río; sin embargo, la vida es elegir caminos. Cuando alguien toma una decisión ésta provoca otras. Por eso, cuando uno de los personajes toma una decisión, el otro decide largarse, el hermano mayor se siente impotente, etcétera.
Me aterra que figure que lo pasaste bien, pese a que ya te colocaron una serie de cosas dentro que te dificultarán muchísimo la vida. Los árboles nacen a partir de sus raíces. Si luego los podas, les haces injertos, etc. puedes cambiarlos cuanto quieras; sin embargo, la base y el tronco no puedes tocarlos porque se mueren. Nos endiñan esas raíces y ese tronco de pequeños, y eso nos acompaña toda la vida. Ahí es donde no hay conciencia por parte de los padres. Por eso, entre otras razones, no tengo hijos: porque no estaría tranquilo ni relajado, estaría constantemente pensando si los voy a traumatizar. Soy muy consciente de hasta qué punto te marcan los padres. Mi caso es exagerado: mi padre me pegaba...; eso tiene muchas repercusiones negativas y te afecta en tus relaciones con los demás. En una época, eso era normal en España, ahora ya no. Resulta curioso pensar que la historia de mi carácter ni siquiera la he elegido, sino que me ha venido por las hostias que me ha dado mi padre. Ni siquiera he tenido opción de ser de otra manera. Cuando eres pequeño lo único que no te puede fallar es la familia, porque es lo único que tienes y que conoces. Tus padres no te pueden fallar. Si lo hacen, algo se rompe dentro de ti para el resto de tu vida. Entonces desconfías de los demás y buscas la destrucción, porque sabes que todo se destruirá. Esto es lo que me lleva a escribir. En el caso de Retrato..., el padre no es culpable de que el hermano menor se suicide: aquí no hay culpables. Sin embargo, creamos un clima de mierda, del que la gente sale como puede, y luego no hacemos más que estupideces. El libre albedrío es bastante relativo. Sí, tenemos opción de elegir, pero con una estructura mental condicionada.
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