Antígona o la elección


Alejandra Garrido Buzeta
alejandramelfi@yahoo.com

No elige a sus hermanos enemigos: los gemelos son para ella un sobresalto de dolor. Ha recibido como patrimonio la obligación de perecer: sus cabellos de loca, sus harapos de mendiga, sus uñas de ladrona muestran hasta dónde puede llegar la caridad de una hermana... un oscuro instinto de posesión la inclina hacia ese culpable que nadie va a disputarle.

Marguerite Yourcenar

El párrafo anterior pertenece a Fuegos. En este libro, Marguerite Yourcenar presenta ocho relatos inspirados en personajes de la mitología griega. A través de cada relato, la autora busca dar su visión personal y poética sobre las motivaciones de los actos que desencadenan la tragedia de éstos. Cada título da cuenta de la disyuntiva principal que debe afrontar el protagonista; por ejemplo: Antígona o la elección. Siguiendo esa misma pauta, me he permitido titular los dos comentarios siguientes, con la intención de remarcar lo que tomé de cada obra. Asumo los cargos por alejarme a veces de la anécdota y quedarme con frases de los personajes que, debido a la belleza de su dolor universal, no necesitan mayor explicación.


La tragedia de Antígona

Para entender la tragedia de Antígona es necesario conocer la historia de su familia. Esta fue contada por Sófocles, uno de los dramaturgos más importantes del siglo V antes de Cristo, en sus tragedias Edipo Rey y Antígona.

(Personajes: Layo: Rey de Tebas, esposo de Yocasta y padre de Edipo. // Yocasta: mujer de Layo, madre y esposa de Edipo. // Edipo: hijo y esposo de Yocasta y padre y hermano de Antígona, Ismena, Etéocles y Polínice —hijos y, a la vez, hermanos de Edipo—. // Creón: hermano de Yocasta. // Hemón: hijo de Creón y prometido de Antígona.)

Cuando Layo reina en Tebas, el oráculo le vaticina que un hijo suyo le dará muerte, se casará con su mujer y tendrá con ella hijos que serán a la vez sus hermanos. Ante tan fatídicos augurios, Layo decide mandar a matar a su hijo, Edipo, recién nacido. Su mujer, Yocasta se lo entrega a un pastor para que se encargue de esa tarea; sin embargo, éste tiene piedad del niño y se lo da a su vez a un pastor de otro reino, quien lo entrega a sus patrones —los reyes de la ciudad de Corinto—, quienes no pueden tener hijos y crían a éste como suyo.

Ya adulto, Edipo se entera por el oráculo de su destino fatal y huye lo más lejos posible de quienes creía sus verdaderos padres... En su huida, en un cruce de caminos, participa en una disputa con una caravana, que concluye con la muerte de todos sus ocupantes, entre los que se encuentra Layo, su padre verdadero. Cuando Edipo llega a Tebas se encuentra con una ciudad abatida por la miseria. La Esfinge, monstruo mitológico mitad mujer y mitad león, se había apoderado de la ciudad y la paz no volvería hasta que un hombre descifrara su complicado acertijo. Edipo consigue hacerlo y Tebas, en agradecimiento por la liberación y ante la reciente muerte de su rey, lo convierte en rey. Edipo se desposa con Yocasta, sin saber que ésta era su madre. De esta unión nacen Antígona, Ismena, Etéocles y Polínice.

La felicidad dura poco y la fatalidad regresa a la ciudad. El pueblo acude a pedir ayuda a su rey, quien consulta nuevamente al oráculo: éste le indica que la miseria no abandonará Tebas hasta que se expulse de la ciudad al asesino de Layo. Edipo jura a su pueblo encontrar al culpable y, en su empeño por lograrlo, descubre la fatal realidad. Horrorizada por el descubrimiento, su madre y esposa, Yocasta se ahorca en la habitación. Ante tanta desolación y convencido de que la muerte no es suficiente para expiar su culpa, Edipo se arranca los ojos con los broches de oro del vestido de su mujer. Por su parte, Antígona se mantiene fiel al padre y lo acompaña hasta el exilio, única solución para devolver la paz a Tebas. Edipo muere solo y lejos de sus hijos.

La tragedia de Antígona no termina allí: su historia es la de sus hermanos. Al quedarse Tebas sin su rey, los dos hijos varones de Edipo deben gobernar. Para ello han decidido repartirse esta tarea y ejercer el mando un año cada uno. Sin embargo, llegado el momento del traspaso, Etéocles se niega a cedérselo a Polínice. Esto desata la rabia de su hermano, quien arma un ejercito para recuperar el trono. La disputa concluye con la muerte de ambos hermanos en una de las puertas de la ciudad.

Creón, hermano de Yocasta y sucesor en el trono de los difuntos, dicta la orden de no dar sepultura a Polínice, a quien considera un traidor, y de enterrar con honores a Etéocles. Quien incumpla esta orden será castigado con la pena de muerte. Antígona, fiel a su deber fraterno, se rebela contra esta ley y, en medio de la noche, acude a sepultar a su hermano. Los guardias que vigilaban el cadáver la descubren, y ella se deja apresar sin resistencia. Cuando Creón comprueba que la prisionera es su sobrina y prometida de su hijo, le ofrece salvarla de su condena: matará a los guardias que la apresaron para que nadie sepa de su acción. Antígona rechaza la oferta: en cuanto esté libre volverá junto al cuerpo de su hermano y le dará sepultura. Su rebeldía contra las leyes del hombre y su obediencia a las del amor le suponen a Antígona una condena a muerte.

Hemón —su prometido— sigue los pasos de su amada hasta las catacumbas donde será enterrada viva; sin embargo, no llega a tiempo: Antígona ha decidido colgarse antes que morir de hambre. Él no resiste tanto dolor y se suicida también. Creón llega demasiado tarde para evitar la desgracia: los dos cuerpos están ya sin vida.

Antígona y el deber... o el amor

Antígona es la chica flaca que está sentada allí, callada. Piensa. Piensa que será Antígona dentro de un instante, que surgirá súbitamente de la flaca muchacha morena y reconcentrada a quién nadie tomaba en serio en la familia y que se erguirá sola frente al mundo, sola frente a Creón, su tío que es el rey. Piensa que va a morir, que es joven y que también a ella le habría gustado vivir. Pero no hay nada que hacer. Se llama Antígona y tendrá que desempeñar su papel hasta el fin.

Jean Anouilh (Prólogo de Antígona)

Se han hecho muchas adaptaciones de Antígona. Dramaturgos como Cocteau, Anouilh y Brecht han sido cautivados por esta piadosa hermana. Kierkegaard, el filósofo danés, le dedica un estudio sobre las relaciones entre la tragedia antigua y la moderna. Todos, sin dejar de lado su historia, han decidido presentar su visión particular de este personaje. Antígona es quizá, de los personajes trágicos, el más puro; su tragedia reside en haber nacido en la familia en que lo hizo. Ella no comete errores, ella cumple con su deber de hermana.

Antígona y Polínice representan a todos los hermanos del mundo, porque, desde siempre, la familia donde uno nace se admite bajo cualquier circunstancia. Hay algo inexplicable en ese lazo que se acepta con devoción y sin ningún cuestionamiento.

En las tragedias griegas, el destino lo decide la voluntad de los dioses. El héroe, cuando se da cuenta de su error, acepta su culpa y ese destino trágico. Antígona decide por voluntad propia condenarse, aunque más que voluntad propia hay en su acto una obligación involuntaria que está dada por la sangre. En este sentido puede ser comparada con cualquier hermana, y ahí radica, a mi modo de ver, la presencia que tiene ese personaje aún en nuestros tiempos.

Ella, al igual que todos nosotros, no ha elegido su familia. Sin quererlo, sin habérselo preguntado nadie y sólo por haber nacido del incesto entre su madre y su padre, que es a la vez su hermano, solo por llevar esa sangre impura y llamarse Antígona, deberá hacer frente a lo que nunca habría deseado, asimismo tendrá que ver y oír cosas que no debe ver ni oír a su edad, con su inocencia. Y como si esto no fuera suficiente morirá después.

Mi favorita entre todas las versiones es la de Anouilh. Su pequeña Antígona acepta el destino con resignación, con un amor profundo, y entierra a su hermano: hace lo que tiene que hacer y posterga su vida, no como heroína sino como hermana. No hubiera querido morir, hubiera preferido la felicidad, pero ¿cómo podía tenerla siendo mezquina? Antígona es, antes que nada, una hermana; no hay cuestionamiento alguno en ello, y eso es más poderoso que el miedo a morir.