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La religión del amor y sus melodías |
Por
Juan Pablo Palladino
Estoy dispuesto a asegurar que en las estanterías de la mayoría de las casas discográficas el 90 por ciento de los temas musicales -cualquiera que sea su género- rinden en sus letras tributo al "amor". Ya sea para decirle al otro que se le necesita entrañablemente, o que la vida desde su partida ya no tiene sentido, o que se aleje lo más que pueda tras el desengaño perpetuado... La cuestión es que nada parece más recurrente que la oda al cosmos indefinido que representa lo amoroso. Con formas más o menos sutiles, con palabras más o menos poéticas, con melodías más o menos trabajadas y enriquecidas, y con los más vastos ritmos posibles, los sentimientos románticos (o aquellos que pueden derivar de éstos, como el dolor, el placer, el odio, etcétera) que hacen referencia a la idealización de la pareja, capitalizan una enorme porción de la agenda musical y ocupan un destacado lugar en las bocas cantarinas de los transeúntes. Casi diariamente, la industria musical echa a rodar alguna composición cuya letra habla de las sensaciones que despierta en el protagonista la existencia (o no) de su media naranja. Y miles de consumidores prestan sus sentidos para compartir entusiasmados el son sobre el que se deslizan frases reiterativas hasta la saciedad. Detalle que, por cierto, no incomoda al público que con sus reacciones devotas cae en la cinta de moebius de construcciones lingüísticas trilladas, del tipo: "Sin ti no soy nada..."; "Te necesito más que nunca..."; "Tu eres lo que siempre quise..."; "Nada es igual sin ti..."; y demás hierbas. Aún imbuidos por ciertas normas sociales prohibitivas y alarmantes, todo el mundo se atreve a discutir si un tipo de relación es normal o no. Pero, paradójicamente, nadie osa poner en tela de juicio los sentimientos románticos. Si antes la existencia de Dios era indiscutible, ahora lo único claro es que el amor se presenta como el último bastión que la especie humana se permite justificar a toda costa. Esta "religión del amor", como la han llamado Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim en su libro "El normal caos del amor", no es resultado de una idea de mercado. Más bien se trata un fenómeno que tiene por base la individualización y destradicionalización de la sociedad y que se sirve de toda vía para manifestarse. Así, productos comerciales como los surgidos del mercado musical son una de las joyas del escaparate de esta iglesia romántica donde la idealización del sentimiento amoroso es ampliamente aceptada por la pluralidad universal de los oídos. Es cierto que el amor ha ocupado un lugar destacado en las piezas artísticas a lo largo de la historia de la humanidad. Pero que el tema amoroso impere por doquier no es sólo el resultado de que los avances tecnológicos y el imperio de una poderosa industria del entretenimiento permitan en la actualidad una mayor proliferación (que no originalidad) de productos cuya fuente de inspiración vuelve la temática romántica algo casi baladí. Y es que este reinado tiene que ver no con el hecho de que se trate de un sentimiento constante en el hombre, sino con el espíritu de una época donde el amor ha devenido religión de religiones. Al parecer, lo que se denomina con esta palabra no representó lo mismo en las uniones de pareja en todas las épocas, cuentan Beck y Beck -Gernsheim. Durante la Antigüedad y la Edad media la idea de matrimonio era opuesta a la de amor, ya que se consideraba que la pasión peca contra las obligaciones maritales (esto hacía buscar el amor por separado, por lo menos desde la nobleza en adelante). Desde el siglo XVIII, la moral burquesa destierra las costumbres frívolas de la nobleza en nombre del puritanismo, y se sustenta en las teorías medico-psicológicas de la desviación. Hoy día, el término "amor" forma parte de una concepción del Sujeto, de la substancia de un tiempo donde la reivindicación del yo reclama el sentimiento romántico como una forma de "autorrealización" y como un recoveco de seguridad y una suerte de guía espiritual indiscutible ante la caída de los grandes relatos. La fe en el amor es una pos-tradición, dicen Beck y Beck-Gernsheim, porque no necesita de la institucionalización ni la legitimación para ser desplegado. Es algo propio de los individuos que no conoce reglas. "Cuando todo se derrumba, la gente, en sus mundos de la vida individualizados, no busca amparo en la iglesia o en Dios, ni en las culturas de clase vividas, sino en el Tú que comparte el propio mundo y que promete protección, comprensión y comunicación", explican. El amor liberado de las tradiciones de antaño tiene varias características interesantes de mencionar, por cuanto son la fuente de uniones y, al mismo tiempo, de conflictos de pareja. El amor es la contra-soledad, la seguridad proyectada en el otro frente a un mundo sin referentes y de extrema movilidad. El amor convierte a sus partícipes en actores en un mundo mecánico y anónimo. El amor se justifica individual y emocionalmente y no de manera tradicional y formal. El amor se fundamenta a sí mismo, el amor por el amor mismo. El amor es el reflejo de la contra-duda; ante la pérdida de las obligaciones, el amor es el refugio incuestionable donde dos se eligen con total seguridad El amor es una fórmula vacía llenada por los amantes, quienes fijan sus propias reglas. Y por ello no conoce desviaciones. El amor se encuentra siempre amenazado por la decisión unipersonal de alguno de los amantes de romperlo. Por ello, se trata de un "dogmatismo a dos", ya que el consenso permite que todo vaya bien El amor no tiene fines, no se trata de una meta racional basada en un fin. El amor es una no-tradición, ya que no tiene reglas ni hay manera de codificarlo. Es una religión "sin sacerdotes". Todos estos preceptos planteados por Beck y Beck -Gernsheim como rasgos distintivos del amor contemporáneo se manifiestan lógicamente en la esfera simbólica de la cultura. Las variopintas canciones que -más allá de su cuestionable valor artístico- pululan inagotables por los medios de comunicación hacen referencia a esta temática que salpica gran parte del imaginario social (y sus preocupaciones). Vivimos consumiendo palabras que, sobre una base melódica, le rinden tributo al amor eterno, adornando el paso de los segundos con la idealización de un sentimiento que aparece incluso como el sustento de propia existencia: "¿Qué sentido tiene vivir si no podemos amar a ese que llenará nuestros íntimos espacios vacíos y que nos hará olvidar la soledad en que transcurrimos?" Nadie se atreve siquiera a dudar de la fidelidad u originalidad con que se presenta la abundante referencia a este tópico convertido en ídolo intachable. ¿Será que la situación en otros campos de la vida se muestra tan poco esperanzadora que sólo vale la pena soñar con el mundo romántico individual y las vicisitudes de su devenir? En la radio, mientras, alguien se deshace ante la mirada de la persona por la que se confiesa totalmente loco, y cuyos ojos le hacen olvidar todo lo que le rodea.
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