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La
oscura historia de la prima Montse
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Introducción al pillaje literario
Por Alberto Olmos
Últimamente el campo delictivo se ha visto ampliado por la apertura de un nuevo mercado: el de los aspirantes a escritor. El flujo constante de manuscritos y la ansias por publicar han abierto los ojos a una buena colección de desalmados, que hasta entonces no sabían siquiera de la existencia de los libros. Salidos probablemente de un curso de formación empresarial en el INEM, estos inconmensurables sinvergüenzas operan en la más absoluta impunidad, debido al desinterés de las autoridades por todo lo que afecte a la cultura. Entre los timos perpetrados en los recientemente inaugurados arrabales de la literatura, está el del concurso donde todos ganan. Debo reconocer que me produce asombro, y cierta admiración, la lucidez criminal del muñidor de esta idea. Su efectividad parte de la base de que a un concurso de cuentos o poemas sueltos se presentan del orden de quinientas personas. La mayoría de ellas son jóvenes cándidos que sueñan con ver su nombre en letras de imprenta y que están extraordinariamente dispuestos a que reconozcan su talento. En este punto, entra la lucidez criminal de la que hablaba: si les decimos a los quinientos participantes que su cuento o poema es muy bueno, y que va a ser publicado, y que para ello sólo tienen que soltar unos cincuenta euros: ¿cuántos picarán? La calidad literaria es verdaderamente subjetiva y nada se digiere con tanta rapidez como un halago, por lo que no sería extraño que cien o doscientos de ese medio millar de sedicentes escritores aceptase el trato pensando que, bueno, por cincuenta euros merece la pena que mi padre vea su apellido en un libro. Esto, más o menos, hizo (y no sé si lo sigue haciendo) la editorial Jamais de Sevilla. Lo sé porque yo fui uno de los damnificados por su magnánimo criterio editorial. Después de enviar mi cuento (año 1998) al concurso por ellos convocado, recibí un sobre amarillo con un pomposo contrato, donde se me informaba de mi cercanía artística con Edgar Allan Poe y de la posibilidad irresistible de ver mi cuento editado en un volumen de título inolvidable: Cien relatos geniales. Evidentemente la posibilidad de que haya en la historia de la literatura cien cuentos geniales es ya bien escasa, así que imaginad qué concomitancia de factores sería precisa para que, en un concurso cochambroso, hubiera semejante centuria de talentos cimeros. Yo no pensaba que mi cuento fuera El perseguidor, pero me parecía que estaba bien, y que publicar, aun pagando, era bonito. Así que pagué. Y esperé. Y los cinco ejemplares del libro que me correspondían no llegaban. Además, me enteré de que no era sólo uno, sino que había tres tochos titulados Cien relatos geniales, es decir, que al menos habían timado a doscientas o doscientas cincuenta personas más. Algunos concursantes eran tan geniales que les habían seleccionado hasta tres cuentos. Finalmente envié a la Editorial Jamais una carta donde reclamaba abruptamente mis cinco ejemplares y les advertía de mi condición de paranoico con tendencias pirómanas y en posesión de armas nucleares. A las pocas semanas, recibí el paquete. El libro existía y, la verdad, estaba bien editado, con una portada llamativa y paginación correcta. Podía haber sido peor. Años después, debido a una fiebre lírica, me encontré entre las manos con veinte o treinta poemas. Inmediatamente pensé en convertirlos en dinero a través de un concurso. Participé en el convocado por Centro de Estudios Poéticos, de cuya existencia tuve conocimiento gracias a un suplemento cultural de prestigio, creo que Babelia. Envié el poema y, al cabo de un mes, recibí una carta donde se me equiparaba, implícitamente, con Neruda, Shakespeare y Li Po. Se me anunciaba, además, el libro tan cojonudo donde iban a incluir mi poema, y cómo ese libro iba a ser la alegría de mis familiares y amigos. Consulté la dirección del Centro de Estafas Poéticas, y vi que quedaba demasiado lejos como para ir ya mismo e inaugurar mi carrera de asesino sin escrúpulos. Pensé en remitirles una dura misiva reprobando sus tejemanejes, pero finalmente lo dejé estar. No he vuelto a encontrar concursos de este tipo; desde hace tiempo participo en ellos con cuentagotas y sólo si el certamen ostenta una trayectoria impecable. Si ya molesta que los concursos los ganen siempre los mismos, que te roben por soñar me provoca ya náuseas. La vanidad mal administrada de los concursantes es, en buena medida, responsable de que estos concursos subsistan y se multipliquen; pero no deja de ser tristísimo que un conjunto de veinteañeros, que en lugar de dedicarse a encontrar su hueco en el sistema capitalista se empeñe en expresar sus sentimientos y coordinar palabras para contar el mundo, sea pasto de este incendio de inmoralidad. Cómo decían en Últimas tardes con Teresa: «¿Será posible tanta hijoputez?». En la misma línea de desaprensión pueden ubicarse las editoriales por encargo. Estas empresas funcionan, asimismo, con la sangre ilusa de los que quieren ser escritores. En realidad, no hay delito. Ellos se limitan a cubrir una demanda del mercado, la del capricho que muchos albergan de ver su nombre en la portada de un libro. Su labor puede emparentarse con la de esos negocios que hacen de puente entre nuestros deseos y la cruda realidad. Actualmente se ha instaurado el dogma de que nadie que tenga dinero puede ser privado de alcanzar lo que quiere. El esfuerzo y el fracaso carecen de sentido en una sociedad que privilegia lo fácil frente a lo auténtico. Así, las editoriales por encargo pertenecen a esa veta de negocio donde también trabajan las clínicas de cirugía estética, los métodos de adelgazamiento o las prostitutas. Si usted no puede publicar un libro, si su nariz es demasiado grande, si su barriga desborda los parámetros establecidos o carece usted de éxito con las mujeres, sólo ha de desembolsar las cantidades adecuadas para dejar atrás estos problemas. Finalmente me atrevo a incluir bajo la etiqueta de pillaje literario a muchos (o a todos) los talleres literarios. Por un lado, no sólo no creo que pueda enseñarse a escribir, sino que deseo apasionadamente que no se pueda. Hay algunas cosas en esta vida que se deben aprender solo. Andar, por ejemplo; follar, por ejemplo; morir. Sin embargo, la endeblez de carácter de nuestra sociedad hace que medren negocios disparatados. Las religiones, verbigracia, no son más que el negocio del miedo a la muerte. Según he comprobado, entre las ventajas de inscribirse en uno de estos talleres literarios está la de aparecer en una antología conjunta. Todas estas antologías llevan la palabra 'cuento' en el título: La vida es cuento, Todo es cuento, El amor es un cuento, Vivir del cuento... y similares. Desconozco el contenido exacto de las clases y sus métodos de enseñanza, pero me temo que muchos de estos talleres sucumbirían empresarialmente si no ofertaran a sus alumnos la edición de sus cuentos. Algo parecido sucede en las escuelas de cine. Te enseñan lo que es un close-up y luego te dejan dirigir un guión que tienen por ahí guardado. Te crees director de cine, fanfarroneas ante los amigos y pasas a engrosar la lista de cortometrajistas calamitosos. En el fondo, se niega la belleza de aceptarte como eres, de ser tú mismo en una sociedad donde todos quieren ser Alejandro Amenábar. Concursos-trampa, editoriales sin criterio, talleres de la nada... Personalmente, me inspiran más respeto los atracadores de bancos.
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