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La
oscura historia de la prima Montse
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Por
Rubén A. Arribas
¿Cuándo podremos demandar los
lectores a las editoriales por publicidad engañosa? Si las tabaqueras
como Philip Morris compensarán a sus cancerígenos fumadores,
¿por qué las editoriales no indemnizan a quienes, guiados
por sus acarameladas palabras, compramos libros que luego debemos cerrar
antes de la página 50? ¿Cuándo se atreverán
Planeta, Alfaguara, Anagrama, Lengua de Trapo, Tusquets y compañía
a proponer a sus lectores que si no les gusta un libro le devuelven
el dinero o se lo cambian por otro? Concuerdo con aquello que señalaba
Ignacio Martínez de Pisón en nuestro nº 5, «La
literatura es para mí motivo de felicidad. Prefiero no hablar
de los libros que no aportan nada a esa felicidad»; sin embargo,
espoleado por la ingente cantidad de libros que no termino, entiendo
que resulta necesario comprometerse con la lectura crítica y
argumentar por qué sucede eso. Esta sección de teína
expresa mi opinión, subjetiva y parcial. Las quejas pueden hacerlas
públicas en nuestro foro. Que me disculpen los autores; contra
ellos no tengo nada personal, contra lo que escriben, sí. Ropa de fuego, de Marcos Herrera. Considero a Marcos Herrera uno de los escritores con mayor futuro dentro de la nueva generación de narradores. Su novela Ropa de fuego es uno de los mejores libros de autores argentinos que he leído en los últimos tiempos. (Ricardo Piglia en la cintita con que se promociona la venta del libro) (...) destacan su originalidad, su tono narrativo y el modo en que perfila sus personajes. Ha sido señalado como heredero de la tradición narrativa rioplatense que va de Roberto Artl a Juan Carlos Onetti pasando por Horacio Quiroga. (Información extraída de la solapa del libro) La noche en que se conocieron, Picard tenía un programa de radio en una emisora de baja potencia para los hijos desvelados de la noche. Pasaban música que había sido traída de contrabando en los años asesinos en que los militares mandaban. (Hacía poco que se habían ido y los que quedaban vivos intentaban algo. Por ejemplo: abrían radios de baja potencia, organizaban festivales de rock, mesas redondas, juicios tenues, libros tenues que se enojaban mucho, o sea, cosas inútiles como maquillar un muerto para que reviva.) (pág. 21) Desconozco qué clase de afecto se prodigan Piglia y el autor de esta novela, Marcos Herrera (Buenos Aires, 1966), ni qué personalidades premiaron la obra; pero, negro sobre blanco, la lisonja del primero resulta exagerada. El párrafo que recorté significa algunas de las notables falencias que abundan por las páginas de Ropa de fuego. Sólo marco unas pocas, por no aburrir: - adjetivación redundante y estilo superfluo:
¿no parece escrito a mocosuena eso de «hijos desvelados
de la noche»? ¿Suenan estrambóticas palabras como
insomnes, noctámbulos o noctívagos? ¿No está
de más el adjetivo en «años asesinos», si
luego ya se hace referencia a los militares? Por si alguien cree que
exagero, recorto este otro hallazgo: «El cielo acribillado de
estrellas, expandió la noche por el campo, por la grave y cargada
vegetación, y los ruidos y chillidos prenocturnos de los pájaros
dieron lugar al rumor de insectos y animales que se manifiestan en la
oscuridad.» - escribir como si tratase de una mala traducción de inglés a español: construcciones pasivas innecesarias o gerundios al estilo sajón, como «río hinchándose» (pág. 28), uno tras otro, hasta ofrecer en esa misma página un hallazgo estilístico como «Los mosquitos zumbando, y todo el crepúsculo espeso y gradual zumbando entre los árboles increíbles». Además, se ve que el narrador tiene predilección por el verbo zumbar; poco antes se lee: «Los automóviles pasaban envueltos en el zumbido de sus motores.» (pág. 15). Mejor no recordar aquello de Válery, el alma y la buena sintaxis, mejor no. - alternancia de los tiempos verbales: en pasado para las descripciones y en presente para las acciones, como si se tratase de la didascalia de un obra de teatro: «Picard, Guiñazú y Marta comen con fruición la dorada carne olorosa iluminados por un farol a kerosén que irradia una luz de un tinte ligeramente verdoso.» ¿Estilo heredero de quién? De todos modos, no fue el estilo lo que me animó a cerrar el libro en la pág. 32, sino que Marta, Picard y Guiñazú, tres de los personajes, van al río a comer un asadito, tiran una única línea con varios anzuelos, ¿y qué pescan al cabo de un rato? Dos bogas y un amarillo. Casualidad casual: tres personajes, tres peces; y con un solo lanzamiento de la caña mientras se calientan los hierros para cocinar la carne del asado. Como se diría en rioplatense: déjense de joder (o especifiquen dónde se pesca así).
Donde mejor canta un pájaro,
Alejandro Jodorowsky. Todos los personajes, sitios y acontecimientos, (aunque a veces altere el orden cronológico), son reales. Pero esta realidad es transformada y exaltada hasta llevarla al mito. Nuestro árbol genealógico por una parte es la trampa que limita nuestros pensamientos, emociones, deseos y vida material... y por otra parte es el tesoro que encierra la mayor parte de nuestros valores. Aparte de ser una novela, este libro, es un trabajo que si ha sido logrado, aspira a servir de ejemplo para que cada lector lo siga y transforme, a través del perdón, su memoria familiar en leyenda heroica. (Prólogo).
Levantar ciudades, Liliana
Neuman Las camas eran de palo de rosa, macizas, pero las patas eran tacos de agujas de mujeres que se quebraban como nada. Para empujar la puerta corrediza del garaje hacía falta ponerse en la posición correcta, o de otro modo se podía terminar con ataque de lumbago. Normalmente mi madre me llamaba en la calle a la hora que estaba llegando mi padre, para que con los amigos del barrio nos pusiéramos uno detrás de otro y empezáramos a empujar el portón de fierro. Así y todo a veces había problemas porque las bisagras se desencajaban y la puerta se frenaba como un tren a toda velocidad sacando chispas de las vías. Las bisagras de todas las puertas de todos los armarios de la casa, de madera maciza, eran casi invisibles, mínimas, cual mecanismo de relojería. De modo que buscar a toda velocidad las pastillas de la prima podía significar que una puerta se viniera encima y le rompiera a uno la cabeza o la clavícula. (pág. 33)
La neurosis monta su espectáculo,
Bernardo Verbistky. Y sin embargo si yo sintiera a ese Yo que conozco y reconozco como mío, realmente identificado con aquel que vagaba perdido en una penumbra siniestra, no podría sentirme capaz de seguir adelante. Casi no entiendo yo mismo el lenguaje que empleo y hasta diría que le desconfío. Pero me limito a describir con exactitud una sensación y digo: estuve ausente y he regresado o, mejor aún, he regresado establemente de un lugar al que escapaba en distintas ocasiones, mientras duró esta historia. (pág. 49) Pese a: a) lo sugerente del título;
b) el narrador en primera persona que cuenta su experiencia como psicoanalizado
debido a sus problemas de pareja; c) el contexto histórico, «En
la ciudad había negrura de apagones. Fue durante el interminable
funeral de Eva Perón.»; d) la fama periodística
del autor e) la recomendación de Juan José Sebreli como
autor indispensable para comprender mejor a la sociedad porteña;
f) la confianza que suscita un libro editado por Paidos; g) el buen
precio..., llegado a las cincuenta páginas de cortesía
que suele concedérsele a cualquier libro, lo cerré, tomé
algunas notas y lo dejé en la estantería. Aunque la prosa
de este autor resulta monocorde, átona y digna más de
una placa conmemorativa que de un texto narrativo, encontré algunas
reflexiones de cierto interés sobre el psicoanálisis.
Sin embargo, cansa y aburre un narrador que habla casi en cada página
de sus «viejos trastornos neuróticos», «accesos
de pánico», de sus «periódicos accesos de
angustia», que quiere salir de «un encadenamiento de nerviosidad,
dolores cardíacos, angustias insoportables, y síntomas
de otro tipo», pero que no encuentra nunca el tono donde reflejar
ese sentimiento, sino que mantiene una asepsia estilística permanente,
cuya cota más baja, aliteración mediante, la encontramos
en «Yo disimulaba tu disimulo y tu silencio. Los dos comprendíamos
que esto era fatal para los sentimientos» (pág. 43), hallazgo
compositivo más que suficiente para suspender de empleo y sueldo
a cualquiera, es decir, en este caso para detener la lectura y dedicarse
a la alectomancia. Como señalaría Francisco Umbral, esto
más que literatura parece caligrafía.
Basura, Héctor Abad Faciolince. Me pasa que yo la sociología
la vivo, la padezco. Si la escribo o la describo me sale con rabia. Este libro comienza bien y sin pretensiones, incluso teje ideas ocurrentes con una prosa límpida; sin embargo, según avanza en sus páginas, transmite una sensación de pesadez, de circularidad y relectura de lo ya leído; hasta que a mitad de libro, ante lo artificioso de la trama, uno le ofrece tablas al autor, porque sabe que no se le volverá a quemar la pizza por engancharse en la lectura de las páginas que faltan. El argumento, pese a la intención metaliteraria de éste, no ofrece dificultad al lector: el narrador recoge de la basura los manuscritos que su vecino escritor, Davanzati, declara inservibles; este narrador, anónimo y en primera persona, los reordena y reconstruye con ellos una historia a su gusto, es decir, que mediante maniobra tan astuta este lector se convierte primero en narrador y luego en escritor. Suelo estar peleado con las novelas que, en vez de contar una historia, se centran en hablar sobre la escritura y cómo se escribe, es decir, me cansan las novelas para escritores. Acá, al principio, se promete al lector un híbrido entre lo metaliterario y la historia novelada; sin embargo, de mitad para adelante se convierte sólo en lo primero, posmoderno y ocurrente, sí, pero aburrido. Resulta ya tópico el discurso del escritor que se considera mediocre, disperso, incapaz de avanzar en línea recta hacia la novela que le gustaría escribir y los meandros que sobre ese curso suponen las reseñas, traducciones y demás artefactos literarios. De todos modos, rescataría el tratamiento de puntos interesantes: autobiografía y plagio, metaliteratura y novela experimental (las páginas 134 y 145 están tachadas con una gran cruz), el iceberg de Hemingway, el recuerdo estetizado como sublimación de la angustia, la duda del lector sobre la personalidad de quién escribe o sobre las versiones anteriores al texto, la alargada sombra de los genios contemporáneos (en este caso Gabriel García Márquez), o la necesidad del lector por decir «Yo también he sentido esto». Concuerdo con el texto que recorto: esta sociedad se merece rabia; lástima que Faciolince sólo lo consigue en algunas páginas, pocas pero exquisitas, al bañar esa rabia en una inteligente y fina ironía. Excelente la cita de Elías Canetti con que comienza la novela. Premiaron esta novela Vila-Matas, Cristina Peri Rossi, Roberto Bolaño, Íñigo Ramírez de Haro y Eduardo Becerra.
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