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La oscura historia de la prima Montse
Juan Marsé

Los Ochoa
Juan Filloy

Tintalabios

Entrevista a:
Antonio Álamo

Alucinógenos

Libros que no

Venenos nutritivos

 



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Libros que no

 

Por Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

¿Cuándo podremos demandar los lectores a las editoriales por publicidad engañosa? Si las tabaqueras como Philip Morris compensarán a sus cancerígenos fumadores, ¿por qué las editoriales no indemnizan a quienes, guiados por sus acarameladas palabras, compramos libros que luego debemos cerrar antes de la página 50? ¿Cuándo se atreverán Planeta, Alfaguara, Anagrama, Lengua de Trapo, Tusquets y compañía a proponer a sus lectores que si no les gusta un libro le devuelven el dinero o se lo cambian por otro? Concuerdo con aquello que señalaba Ignacio Martínez de Pisón en nuestro nº 5, «La literatura es para mí motivo de felicidad. Prefiero no hablar de los libros que no aportan nada a esa felicidad»; sin embargo, espoleado por la ingente cantidad de libros que no termino, entiendo que resulta necesario comprometerse con la lectura crítica y argumentar por qué sucede eso. Esta sección de teína expresa mi opinión, subjetiva y parcial. Las quejas pueden hacerlas públicas en nuestro foro. Que me disculpen los autores; contra ellos no tengo nada personal, contra lo que escriben, sí.

Ropa de fuego, de Marcos Herrera.
Lengua de Trapo, 2001.
Colección Nueva Biblioteca, nº 59.
II Premio de Novela del Fondo de las Artes (Argentina).

Considero a Marcos Herrera uno de los escritores con mayor futuro dentro de la nueva generación de narradores. Su novela Ropa de fuego es uno de los mejores libros de autores argentinos que he leído en los últimos tiempos. (Ricardo Piglia en la cintita con que se promociona la venta del libro)

(...) destacan su originalidad, su tono narrativo y el modo en que perfila sus personajes. Ha sido señalado como heredero de la tradición narrativa rioplatense que va de Roberto Artl a Juan Carlos Onetti pasando por Horacio Quiroga. (Información extraída de la solapa del libro)

La noche en que se conocieron, Picard tenía un programa de radio en una emisora de baja potencia para los hijos desvelados de la noche. Pasaban música que había sido traída de contrabando en los años asesinos en que los militares mandaban. (Hacía poco que se habían ido y los que quedaban vivos intentaban algo. Por ejemplo: abrían radios de baja potencia, organizaban festivales de rock, mesas redondas, juicios tenues, libros tenues que se enojaban mucho, o sea, cosas inútiles como maquillar un muerto para que reviva.) (pág. 21)

Desconozco qué clase de afecto se prodigan Piglia y el autor de esta novela, Marcos Herrera (Buenos Aires, 1966), ni qué personalidades premiaron la obra; pero, negro sobre blanco, la lisonja del primero resulta exagerada. El párrafo que recorté significa algunas de las notables falencias que abundan por las páginas de Ropa de fuego. Sólo marco unas pocas, por no aburrir:

- adjetivación redundante y estilo superfluo: ¿no parece escrito a mocosuena eso de «hijos desvelados de la noche»? ¿Suenan estrambóticas palabras como insomnes, noctámbulos o noctívagos? ¿No está de más el adjetivo en «años asesinos», si luego ya se hace referencia a los militares? Por si alguien cree que exagero, recorto este otro hallazgo: «El cielo acribillado de estrellas, expandió la noche por el campo, por la grave y cargada vegetación, y los ruidos y chillidos prenocturnos de los pájaros dieron lugar al rumor de insectos y animales que se manifiestan en la oscuridad.»

- escribir como si tratase de una mala traducción de inglés a español: construcciones pasivas innecesarias o gerundios al estilo sajón, como «río hinchándose» (pág. 28), uno tras otro, hasta ofrecer en esa misma página un hallazgo estilístico como «Los mosquitos zumbando, y todo el crepúsculo espeso y gradual zumbando entre los árboles increíbles». Además, se ve que el narrador tiene predilección por el verbo zumbar; poco antes se lee: «Los automóviles pasaban envueltos en el zumbido de sus motores.» (pág. 15). Mejor no recordar aquello de Válery, el alma y la buena sintaxis, mejor no.

- alternancia de los tiempos verbales: en pasado para las descripciones y en presente para las acciones, como si se tratase de la didascalia de un obra de teatro: «Picard, Guiñazú y Marta comen con fruición la dorada carne olorosa iluminados por un farol a kerosén que irradia una luz de un tinte ligeramente verdoso.» ¿Estilo heredero de quién?

De todos modos, no fue el estilo lo que me animó a cerrar el libro en la pág. 32, sino que Marta, Picard y Guiñazú, tres de los personajes, van al río a comer un asadito, tiran una única línea con varios anzuelos, ¿y qué pescan al cabo de un rato? Dos bogas y un amarillo. Casualidad casual: tres personajes, tres peces; y con un solo lanzamiento de la caña mientras se calientan los hierros para cocinar la carne del asado. Como se diría en rioplatense: déjense de joder (o especifiquen dónde se pesca así).

 

Donde mejor canta un pájaro, Alejandro Jodorowsky.
Editorial Planeta, 1994.

Todos los personajes, sitios y acontecimientos, (aunque a veces altere el orden cronológico), son reales. Pero esta realidad es transformada y exaltada hasta llevarla al mito. Nuestro árbol genealógico por una parte es la trampa que limita nuestros pensamientos, emociones, deseos y vida material... y por otra parte es el tesoro que encierra la mayor parte de nuestros valores. Aparte de ser una novela, este libro, es un trabajo que si ha sido logrado, aspira a servir de ejemplo para que cada lector lo siga y transforme, a través del perdón, su memoria familiar en leyenda heroica. (Prólogo).


Cada vez que Alejandro aparece en la tele, me quedo pegado a ella; me divierte escucharlo; el exceso y el discurso frenético del chileno, hay que reconocerlo, resulta desopilante. El prólogo de este libro debería tomarse como aviso para navegantes: todo en este libro es realidad «transformada y exaltada». Y cuidado, porque si Jodorowsky advierte de que es exaltada... es que es, valga lo tautológico de la expresión, exaltada. Según mis notas, ya en la página 88 no quedan más cabras que violar, incestos por cometer, asesinatos por perpetrar, suicidios con que dar por terminadas vidas infelices, o ni siquiera más sapos y culebras que argumentar contra la religión judía, tampoco realidades paralelas —habitadas por su famoso Rebe— de las que echar mano como elemento fantástico y sorpresivo para el lector. Lo mejor y lo peor de este escritor resulta, a la vez, su estridente sentido del humor y la surrealista y pánica manera que tiene de entender la realidad. Ya al comienzo del tercer capítulo de esta saga familiar uno está deseoso, no de continuar leyendo, sino de ingerir varios litros del mismo pisco lisérgico que toma este hijo de inmigrantes ucranianos judíos, porque no se me ocurre otro modo de sobrellevar tanta zoofilia, necrofilia y provincias erotómanas circundantes. Ello no quita para que la lectura sea entretenida; sin embargo, el texto funcionaría mejor con menos páginas y como una selección de cuentos referentes a determinadas historias familiares. Como novela, la estructura se cae a pedazos: el movimiento de arrastre, producido desde el principio hasta la página en que uno abandona la lectura, tiende a saturar al lector.


Levantar ciudades, Liliana Neuman
Ediciones Destino, 1999 (finalista Premio Nadal)

Las camas eran de palo de rosa, macizas, pero las patas eran tacos de agujas de mujeres que se quebraban como nada. Para empujar la puerta corrediza del garaje hacía falta ponerse en la posición correcta, o de otro modo se podía terminar con ataque de lumbago. Normalmente mi madre me llamaba en la calle a la hora que estaba llegando mi padre, para que con los amigos del barrio nos pusiéramos uno detrás de otro y empezáramos a empujar el portón de fierro. Así y todo a veces había problemas porque las bisagras se desencajaban y la puerta se frenaba como un tren a toda velocidad sacando chispas de las vías. Las bisagras de todas las puertas de todos los armarios de la casa, de madera maciza, eran casi invisibles, mínimas, cual mecanismo de relojería. De modo que buscar a toda velocidad las pastillas de la prima podía significar que una puerta se viniera encima y le rompiera a uno la cabeza o la clavícula. (pág. 33)


Después de esta compra desconfiaré de Ediciones Destino, y también de los finalistas del Premio Nadal —quienes me despertaban hasta ahora menos suspicacias que los ganadores—. «Una obra bellísima y reveladora sobre la relación padre-hija, los vínculos que nos unen a la familia y el paso de la infancia a la edad adulta». Aunque sospeché del entusiasmo de la editorial al adjetivar, las dos primeras páginas de la novela no merecieron mi descrédito en la librería. Además, cada tanto, suelo dar oportunidades a los autores contemporáneos que no conozco, para saber qué se está escribiendo hoy día. Liliana Neuman (Rosario, 1960), argentina residente en Barcelona, colaboradora de La Vanguardia, según la contratapa, ofrece una prosa plana, de sintaxis poco ocurrente y previsible, llena de adjetivos fríos que no connotan nada especial y analogías cercanas al lugar común —al subrayado me remito—. Todo ello cristaliza en una falta de ritmo, en un tono desvaído y un uso neutro de ciertos recursos estilísticos (acciones simultáneas en una única frase separada por comas, por ejemplo), que apenas alcanzan a colorear la prosa, ni siquiera a dotarla de esa pretendida ingenuidad de una narradora que habla sobre su infancia. Falta ironía y ternura, y sobra infantilismo; y así no hay manera de seducir al tercer ojo del lector. En cuanto al párrafo recortado, sobre el cómo se dice podría criticarse mucho, pero basten cuatro detalles: la abundancia de madera maciza, la superpoblación panteísta de la palabra 'todo' y aledañas, la poca eufonía del texto y lo innecesario de construcciones verbales como «empezáramos a empujar». Lo mejor, las cuatro líneas con que comienza el libro y la cita de Salinger con que se abre éste. No se citan los nombres de los integrantes del jurado en ninguna parte del libro...

La neurosis monta su espectáculo, Bernardo Verbistky.
Editorial Paidos, 1970.

Y sin embargo si yo sintiera a ese Yo que conozco y reconozco como mío, realmente identificado con aquel que vagaba perdido en una penumbra siniestra, no podría sentirme capaz de seguir adelante. Casi no entiendo yo mismo el lenguaje que empleo y hasta diría que le desconfío. Pero me limito a describir con exactitud una sensación y digo: estuve ausente y he regresado o, mejor aún, he regresado establemente de un lugar al que escapaba en distintas ocasiones, mientras duró esta historia. (pág. 49)

Pese a: a) lo sugerente del título; b) el narrador en primera persona que cuenta su experiencia como psicoanalizado debido a sus problemas de pareja; c) el contexto histórico, «En la ciudad había negrura de apagones. Fue durante el interminable funeral de Eva Perón.»; d) la fama periodística del autor e) la recomendación de Juan José Sebreli como autor indispensable para comprender mejor a la sociedad porteña; f) la confianza que suscita un libro editado por Paidos; g) el buen precio..., llegado a las cincuenta páginas de cortesía que suele concedérsele a cualquier libro, lo cerré, tomé algunas notas y lo dejé en la estantería. Aunque la prosa de este autor resulta monocorde, átona y digna más de una placa conmemorativa que de un texto narrativo, encontré algunas reflexiones de cierto interés sobre el psicoanálisis. Sin embargo, cansa y aburre un narrador que habla casi en cada página de sus «viejos trastornos neuróticos», «accesos de pánico», de sus «periódicos accesos de angustia», que quiere salir de «un encadenamiento de nerviosidad, dolores cardíacos, angustias insoportables, y síntomas de otro tipo», pero que no encuentra nunca el tono donde reflejar ese sentimiento, sino que mantiene una asepsia estilística permanente, cuya cota más baja, aliteración mediante, la encontramos en «Yo disimulaba tu disimulo y tu silencio. Los dos comprendíamos que esto era fatal para los sentimientos» (pág. 43), hallazgo compositivo más que suficiente para suspender de empleo y sueldo a cualquiera, es decir, en este caso para detener la lectura y dedicarse a la alectomancia. Como señalaría Francisco Umbral, esto más que literatura parece caligrafía.

 

Basura, Héctor Abad Faciolince.
Lengua de Trapo, 2000.
Colección Nueva Biblioteca, nº 44.
I Premio Casa de América de Narrativa Americana Innovadora.

—Me pasa que yo la sociología la vivo, la padezco. Si la escribo o la describo me sale con rabia.
—Pero eso está bien, Roberto, esta sociedad debe producir rabia.
(pág. 81)

Este libro comienza bien y sin pretensiones, incluso teje ideas ocurrentes con una prosa límpida; sin embargo, según avanza en sus páginas, transmite una sensación de pesadez, de circularidad y relectura de lo ya leído; hasta que a mitad de libro, ante lo artificioso de la trama, uno le ofrece tablas al autor, porque sabe que no se le volverá a quemar la pizza por engancharse en la lectura de las páginas que faltan. El argumento, pese a la intención metaliteraria de éste, no ofrece dificultad al lector: el narrador recoge de la basura los manuscritos que su vecino escritor, Davanzati, declara inservibles; este narrador, anónimo y en primera persona, los reordena y reconstruye con ellos una historia a su gusto, es decir, que mediante maniobra tan astuta este lector se convierte primero en narrador y luego en escritor.

Suelo estar peleado con las novelas que, en vez de contar una historia, se centran en hablar sobre la escritura y cómo se escribe, es decir, me cansan las novelas para escritores. Acá, al principio, se promete al lector un híbrido entre lo metaliterario y la historia novelada; sin embargo, de mitad para adelante se convierte sólo en lo primero, posmoderno y ocurrente, sí, pero aburrido. Resulta ya tópico el discurso del escritor que se considera mediocre, disperso, incapaz de avanzar en línea recta hacia la novela que le gustaría escribir y los meandros que sobre ese curso suponen las reseñas, traducciones y demás artefactos literarios. De todos modos, rescataría el tratamiento de puntos interesantes: autobiografía y plagio, metaliteratura y novela experimental (las páginas 134 y 145 están tachadas con una gran cruz), el iceberg de Hemingway, el recuerdo estetizado como sublimación de la angustia, la duda del lector sobre la personalidad de quién escribe o sobre las versiones anteriores al texto, la alargada sombra de los genios contemporáneos (en este caso Gabriel García Márquez), o la necesidad del lector por decir «Yo también he sentido esto».

Concuerdo con el texto que recorto: esta sociedad se merece rabia; lástima que Faciolince sólo lo consigue en algunas páginas, pocas pero exquisitas, al bañar esa rabia en una inteligente y fina ironía. Excelente la cita de Elías Canetti con que comienza la novela. Premiaron esta novela Vila-Matas, Cristina Peri Rossi, Roberto Bolaño, Íñigo Ramírez de Haro y Eduardo Becerra.


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