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Arroz con bogavante

La oscura historia de la prima Montse
Juan Marsé

Los Ochoa
Juan Filloy

Tintalabios

Entrevista a:
Antonio Álamo

Alucinógenos

Libros que no

Venenos nutritivos


 

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Con el telescopio a cuestas

 

Por Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Tonino Benacquista / J. C. Mendéz Guédez: notables lenguas de trapo.

Alberto, el otro integrante de esta sección, me aconsejó leer mas libros de Lengua de Trapo. A los pocos días, mientras caminaba por la Avenida Corrientes, entré en una librería, El Aleph, que liquidaba sus activos a precio de saldo, y allí, por casualidad, encontré cinco libros de esta editorial. Me encantan estas sincronías: Alberto lo escribió desde Japón y la compra la efectué yo en Buenos Aires, pese a que la editorial es española y poco conocida en Argentina. ¿Qué compré? Quién se ha meado en mi cama, del español Antonio Álamo; La máquina de triturar niñas, del francés Tonino Benacquista; Tan nítido en el recuerdo, del venezolano Juan Carlos Méndez Guédez; Ropa de fuego, del argentino Marcos Herrera; y Basura, del colombiano Héctor Abad Faciolince. Hubo de todo. Los dos últimos aparecen en la sección Libros que no. El de Antonio Álamo, lo leí a buen paso y lo disfruté; en la sección Tintalabios, ofrecemos una entrevista con el autor. De los otros dos, esbozo a continuación algunas notas.

Leí casi del tirón La máquina de triturar niñas, un volumen de cuentos. Aunque los cuatro primeros relatos carecen de la vivacidad de los demás, el libro resulta refrescante por la variedad de temas, el tono sarcástico con que este revisa tópicos de la novela negra y la cantidad de personajes de toda laya que aparecen -románticos tatuadores que se suicidan tras reproducir el último cuadro de Van Gogh, hambrientos asesinos seriales de repartidores de pizza o reclusos que escriben cartas de amor a mujeres casadas, por ejemplo-. En cuentos breves como Cluedo privado o El único tatuador del mundo, se aprecia el talento del narrador para darle velocidad a su prosa y dosificar la entrega de información al lector. En otros, como Dos genios y el infinito, el mayor desarrollo de estos permite acercarse mejor al descacharrante imaginario de Tonino Benacquista, capaz de echar mano incluso de Rostropovich en el cuento Réquiem junto a un techo, uno de mis favoritos. En éste, un escritor maldito renuncia a suicidarse debido a la perturbación que le provocan los chillidos del violonchelo de su vecino mientras éste toca la suite nº 3 de Bach. Despues de varios whiskys, y ofendido por el crimen contra el arte, el escritor pincha a todo volumen la perfecta ejecución de Rostropovich de ese tema. Al día siguiente, el violonchelista lo desafía con otra virulenta ejecución deconstructivista. El escritor no acierta a reconocer la melodía y busca desesperado el disco correspondiente en las tiendas. Como no lo encuentra, escribe a Rostropovich para ver si este le puede echar una mano. En el lado negativo, senalar que la traducción, por momentos, no congenia con el estilo desfachatado de Benacquista. Cuesta lo suyo trasegar expresiones como "Me da la impresión de que va asaetearlos" (pag. 116), que además de cacofónicas, desentonan en una escena donde dos punkis arman bronca en un local. También resulta inverosímil que un asesino diga: "Tengo un pis."(pag. 128) y poco después su compañero, que hace de narrador, diga: "Gruber sulfató cuanto se movía, pegando alaridos tipo Rambo." (pag. 130), o que el propio Gruber pregunte: "¿Te gustaría tener un Toyota rojo de la hostia para jugar a Mad Max?" (pag. 131). Claro está, habría que leer el original, porque, quizá, la traductora no tenga tanta culpa.

El venezolano Juan Carlos Méndez Guédez (Barquisimeto, 1967) reúne en Tan nítido en el recuerdo ocho cuentos. Los momentos menos felices del libro coinciden con La bicicleta de Bruno, Canción de humo para los senos de Natassja o 1971, que saturan al lector por la verborragia visual y los abundantes entrecruzamientos entre lo onírico y lo real, entre el recuerdo y el presente. Sin embargo, cuando Guédez se libera de ese sello pseudocortazariano y vuela por su cuenta, demuestra que tiene buena muñeca, que halla giros sintácticos ocurrentes, que sabe narrar historias sin perder un ápice de la tensión, que su prosa tiene ritmo y que encuentra los temas -resulta interesante y jugoso como desliza su condición de inmigrante en Salamanca-. El eterno y fugaz retorno, Virgen del Hornazo, Tan nítido como el recuerdo o Vecinos logran una mezcla de humor fino y erotismo seductor que vuelve su prosa tierna, liviana, directa y amena, cercana en cierto modo al mejor Bryce Echenique. Pasajes como: "Minutos después mi boca sigue avanzando y logra liberar el otro seno. Dos barquillas que apuntan al techo mientras Amalia permanece sin abrir los párpados y sin decir palabra. Ya no intento fingir que mi proximidad obedece a una azarosa posición del sueño. Lamo a conciencia aquellas dos esferas." (pag. 92) o como: "Mi boca se desliza por esa lisura de la piel, Amalia vibra en sus pezones: lunas rosadas. "Todo es tan nitido en el recuerdo, que debo haber imaginado el futuro", musito sobre el cuerpo sudoroso de mi amiga." (pag. 93), desde luego, avalan a este narrador. Ojalá que las librerías de Buenos Aires nos deparen un nuevo encuentro.

Observatorio del lector

Mientras echaba un ojo a los expositores de las librerías, encontré que Jorge Herralde, editor de Anagrama, había publicado El observatorio editorial, al hilo del cual anoté varias curiosidades. ¿Quién escribe el prólogo? Rodrigo Fresán. ¿A quién le dedica Herralde un artículo? Al también argentino Alan Pauls, cuya novela, El pasado, curvilínea y llena de meandros, la crítica y los suplementos literarios, segun Jordi -como le llama Rodri-, han elogiado con efusividad. ¿Quién recogió el premio de Pauls? Fresán, su gran amigo. ¿A quién dedica Herralde el último artículo del libro y nombra como "el escritor mas subrayable"? A otro argentino, Ricardo Piglia. ¿Quienes presentaron El observatorio editorial en el Centro Cultural Español de Buenos Aires? Naturalmente Alan Pauls y Ricardo Piglia, si el programa de mano no miente... No se si dios los cría; pero desde luego que ellos se juntan, y mucho. Veremos que nos deparan estos entrecruzamientos hispanoargentinos. Por cierto, conozco a cinco aspirantes a lectores de El pasado; sólo uno pudo leerlo entero, y puso cara mustia cuando le pregunté su opinión. Yo, debo reconocer, solo alcancé a hojearlo, a leer las seis primeras páginas y algunos párrafos sueltos de la mitad del libro; no me interesó la propuesta de Pauls. Cuando estuve en Chile, por casualidad, me cruce con la resena que Camilo Marks, crítico del suplemento cultural de El Mercurio, había escrito sobre este mamotreto: "Si bien resulta grato, para variar, leer un tomo elaborado y rico en alusiones, el exceso produce luego cansancio, agota, abruma. A medio camino, se genera la inevitable impresión de que Pauls no tiene mucho que decir, de que sus argumentos son circulares, de que construye piezas al modo de un rompecabezas. El pasado ofrece muchas horas de lectura interesante, pero no alcanza la calidad que prometía". Quienes leyeron Wasabi tampoco salvan de la quema este otro libro de Alan Pauls.

(Ah, simple curiosidad: Gastón Pauls, el de la película Nueve reinas, es el hermano de Alan.)

 

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