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Tontos en Taipei Vancouver en 7 imágenes |
Tontos en Taipei
Por Alberto Olmos
Nada sabía de Taiwán, salvo que mi primer reloj era made in Taiwan y que la isla aparecía en los mapas con el nombre de Formosa (hermosa, en portugués). Decidí no informarme más, ir a Taiwán a lo tonto, sin saber qué idioma hablaban ni qué lado de la carretera elegían para tener accidentes. Todo lo que viene a continuación puede ser puesto en duda por el lector; los datos los recogí in situ, pero sin aval enciclopédico ni rigor alguno. Lo primero que aprendí de Taiwán es que tiene aeropuerto, al menos en la ciudad adonde volé, Taipei. El aeródromo era muy moderno y todo tenía enchufe menos los empleados de aduanas, que dedicaban media hora a dar el visto bueno a un pasaporte. Curiosamente, mientras en el resto del mundo civilizado uno puede andar de turista tres meses, en Taiwán hay poco que ver y las autoridades han decidido que con treinta días va que sobra. La salida del aeropuerto era igual que la de Barajas, en Madrid. También había un montón de taxis deseando timarte y carritos abandonados por las aceras. La diferencia residía en que los taxistas hablaban chino y que habían de sufrir la competencia de unos autobuses descomunales, de pomposas cortinas y metalizados en los colores más horteras del arco iris del mal gusto. Uno de esos autobuses me llevó a Taipei. Las autopistas serpenteaban en sus alrededores y, ocasionalmente, se solapaban y anudaban en un caprichoso garabato circulatorio. Ya en el casco urbano, disfruté de la maravillosa diversidad y exotismo del mundo en que vivimos: Macdonalds a la derecha, Starbucks a la izquierda, Seven Eleven cada cien metros... Ante este panorama, llegué al hotel con muchas posibilidades de no abandonarlo si el minibar estaba bien servido. Cuando me planté ante el televisor de la habitación, 111 nuevos motivos se encendieron ante mis ojos en defensa de mi sedentaria decisión. Sí, la tele de aquel hotel, que era de los más canijos y elementales de la ciudad, vomitaba más de cien programas por segundo y, aunque el 75% estaba en chino, me resultaba más atrayente contemplar las patadas del joven Jackie Chan, o los artículos de televenta de Taipei, que la propia Taipei. Además, en el 25% restante ponían películas sin parar, todas de Hollywood y de los años noventa, que son las películas que a mí me gustan. Después de dejar atrás Otra terapia peligrosa y Monkeybones (una porque ya la había visto; la otra, porque no era capaz de entender su trasfondo intelectual), detuve mi compulsión digital en Eduardo Manostijeras. Estaba tratando de recordar el nombre del actor que hacía de Beetlejuice en otra peli de Burton, cuando mi acompañante apagó la tele y, a empujones, me echó a Taipei. Así, a ojo, parecía que en aquella ciudad vivían cerca de dos millones de personas. Quizá eran menos, porque los taiwaneses se mueven muy rápido y son difíciles de contar. Aparte de turistas japoneses, casi no había extranjeros. Eso siempre gusta. Saber que tienes los ojos más grandes que dos millones de personas te hace mirarte en el espejo con un inédito deje de orgullo. Mi única competencia ocular eran los norteamericanos, que son una gente que te encuentras hasta en la última arruga de la Tierra. Se supone que son la población más amenazada del mundo, pero en realidad todo el planeta es un parque temático para ellos. No necesitan saber idiomas, porque los demás hemos de aprender el suyo, y si alguien osa violentarlos, se lo dicen a Bush y en dos semanas tienes a los marines carbonizando el país. En el metro, le pregunté a uno de estos yankis si sabía qué actor daba vida al malo en Beetlejuice. El joven, un californiano con perilla y gorra de béisbol, repasó sus conocimientos cinematográficos y dio un nombre. Su respuesta no me convenció. ¡Fok Yu es un actor chino, por el amor de Dios!
Encantado con estos datos, subí a la calle y paseé desnortadamente. Había tiendas y bares, cines, vendedores callejeros y alcantarillas pestilentes. Los establecimientos competían en originalidad y sus fachadas reproducían los más extravagantes motivos. En un restaurante, los comensales se balanceaban en unos columpios mientras atacaban la cena. Las aceras estaban llenas de motocicletas, y Tom Cruise estrenaba nueva película. Volvimos al metro y, en el trayecto, decidí escribir mi nombre sobre el billete. Sabía que me lo iban a arrebatar a la salida y me hacía gracia pensar que mi caligrafía temblorosa daría vueltas por la ciudad durante un año. El billete pasaría de manos masculinas a manos femeninas, de niños a ancianos, de trabajadores a turistas hasta su consunción. Cabía la posibilidad de que algún usuario reclamara que su billete estaba sucio, pero también era factible que el billete con mi modesto nombre deviniera de pronto un amuleto suburbano. Alguien podía ver mi nombre y sonreír, y escribir a continuación el suyo, y devolverlo al río electrónico para que otros taipetianos, al recibirlo, volvieran a sonreír y ampliaran la lista nominal. Si la cosa iba bien, podría establecerse un sistema mágico de correspondencias y mensajería a través de los billetes del metro, de modo que comprarlo acabara siendo como abrir una galleta de la suerte. Los días siguientes vimos cosas. Una se llamaba 101 y era alta. Probablemente si te lanzabas desde su último piso, te daba tiempo a morirte de cáncer de próstata antes de que el suelo dictara sentencia. El edificio parecía un montón de cajas de palomitas puestas unas encima de otras. Sinceramente no entiendo qué ambición babélica lleva a un alcalde a dar su visto bueno a semejante delirio arquitectónico. La idea de tener en tu ciudad la sombra artificial más alargada del planeta sólo tiene sentido si los terroristas te la vuelan. Entonces, se convertiría en algo emocional y memorable, un recuerdo colectivo. Pero, así, sin más, puro cristal y prepotencia, aquel rascacielos era simplemente la tontería más alta del mundo. Luego estaba el Museo Nacional de Arte. Su obra más preciada era un hueso de aceituna. Sobre él, algún tipo con más paciencia de la aconsejable había tallado una barcaza y delineado a la perfección los contornos de sus nueve o diez ocupantes. Para observarlo, había que mirar a través de unas lupas. También las lupas eran necesarias para apreciar las demás joyas del museo: una bola de marfil dentro de la cual se habían tallado otras dieciséis sin que nadie supiera cómo (aunque lo que yo no sabía era: por qué) y una hortaliza con un insecto encima, también en marfil o similar. De todos los museos en los que he estado (unos cinco) éste fue, sin duda, el más insufrible. Lo de tener que mirar las obras de arte a través de lupa va contra mis principios. ¡Que los hagan más grandes, caramba!
Finalmente perdimos el tiempo en los mercados nocturnos. Es lo más interesante. Son un conjunto de tenderetes y comercios populares donde se vende de todo. Había mucha comida, pero también remedios medicinales completamente disparatados y cachivaches domésticos de los que el tendero hacía una demostración. En diversos restaurantes podían degustarse serpientes. Un vídeo explicativo aparecía en una televisión a la entrada del local. Se veía cómo despellejaban al ofidio y cómo lo exprimían para sacarle la sangre, que quedaba a disposición del cliente en un vaso de cristal. Beber sangre da mucha energía a los taiwaneses, en especial a quienes han de enfrentarse con las prostitutas matusalénicas que esperan al otro lado del azoguejo. Una de ellas me preguntó mi nombre. Mi acompañante tiraba de mi brazo mientras yo buscaba qué decir. Tras unos segundos, exclamé entusiasmado: «¡Michael Keaton!», y echamos a correr con la velocidad de las víboras.
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