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Tontos en Taipei Vancouver en 7 imágenes |
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Por Rubén A. Arribas
21 de diciembre de 1902. Hoy hace un año que salimos de Buenos
Aires, y esa fecha es inolvidable para mí; me había despedido
de la familia y amigos y, en esa mañana calurosa, salía
el Antarctic arrastrado por dos remolcadores, envuelto en ese polvo de
trabajo que sale de la Dársena y la Boca; me acuerdo de que estaba
con Ohlin sobre el puente; al pasar, los cargadores de carbón,
sudorosos, negros, interrumpían su tarea y, afirmándose
con las dos manos sobre la pala, nos miraban azorados, sin despedirnos,
sin comprender lo que veían, sólo buscaban un pretexto de
descanso, fijándose en el pequeño barco que pasaba llevando
al tope un barril.
[ ]
Una fotografía actuó como detonador; tenía ante mí a seis jóvenes exploradores antárticos de principios del siglo XX: Otto Nordenskjöld, geólogo y jefe de la expedición; Gösta Bodman y José María Sobral, encargados de las observaciones magnéticas y meteorológicas; Ole Jonassen, foquero y carpintero; Gustav Åkerlundh, cocinero; y Erick Ekelöf, bacteriólogo y médico. Sus edades estaban comprendidas entre los 19 años del cocinero y los 32 del jefe de la expedición. Naturalmente, tras leer estos nombres, me preguntaba quién era aquel escandinavo de 21 años llamado José María... Según los carteles de la sala, Sobral, alférez de la Marina argentina, se había marchado a la Antártida, donde había pasado dos inviernos.
La visita guiada comenzaría unas cuatro horas más tarde. Decidí echarle un vistazo a las salas, irme a comer y regresar más tarde. Al poco de entrar escuché una voz familiar, la de Alejandro, a quien conocía de las tertulias nocturnas que organizábamos en el albergue donde me alojaba. Aunque él no se hospedaba allí, se nos unía cada noche y departía con nosotros, los mochileros. Apenas sabía de Alejandro: biólogo, viajero en barco por los mares australes y escritor; de hecho, ni siquiera el albergue era suyo o es que era muy amigo de los dueños, o ¡qué sé yo! tan sólo un nostálgico de cuando tenía veinte años y viajaba como nosotros.... Tras las frases de sorpresa por el encuentro inesperado, me mostró el museo y me presentó a Santiago, amigo suyo y director de éste. Fieles al riguroso protocolo argentino, cebamos un matecito y comenzamos a charlar. Los problemas mundanos justificaron la ausencia de Alejandro tras las primeras rondas. Santiago y este escribano seguimos con los mates, que sólo interrumpimos para que yo pudiera asistir a la visita guiada. Salí del museo enriquecido espiritualmente por la conversación cultural, pero sólo alimentado físicamente por el mate. Como se dice acá: me cagaba de hambre. De todos modos, estaba radiante: llevaba en mi bolso un obsequio invaluable: Dos años entre los hielos, el libro de José María Sobral.
El 19 de diciembre de 1901, una expedición sueconoruega llegó a Buenos Aires a bordo del Antarctic. Su capitán, Larsen, ya había surcado las aguas australes en 1892 y se aprestaba a repetir la experiencia. Otto Nordenskjöld, geólogo de la universidad de Uppsala (Suecia), comandaba la expedición científica y tenía por objetivo invernar junto con algunos hombres en la Antártida, a fin de realizar observaciones magnéticas, geológicas, etc. El plan de viaje era sencillo: Larsen y sus muchachos, cumplida la misión de abandonar a Nordenskjöld y los suyos en el continente blanco, regresarían a un lugar con más agua caliente, bares y chicas. Allí esperarían hasta que llegase el verano siguiente; entonces irían a recoger a sus colegas y los llevarían de vuelta a Suecia, de donde habían partido.
Sobral, ingenuo patriota de 21 años, en vez de abandonar inmediatamente la Marina, se fue de compras por Buenos Aires. Era diciembre de 1901 y en apenas unos días comenzaría el verano austral. Los mapas de la época dibujaban todavía la Antártida casi al estilo medieval y la noción popular sobre este continente, me temo, debía de incluir un monstruo que se alimentaba de quienes llegaban allí. La escena de Sobral por las calles porteñas en busca de equipamiento debió ser impagable; de hecho, según él, los comerciantes dudaban de su criterio cuando rechazaba los tejidos que le ofrecían, al no ser éstos lo suficientemente gruesos. «No tenía a quién preguntarle lo que yo debía llevar, y sólo sabía que precisaba ropas muy abrigadas, y éstas no las encontraba. No había en Buenos Aires ropas para usar en el país al que me dirigía.» Ahora resultan cómicas estas líneas; sin embargo, explican sin paliativos que la Marina y Betbeder, el ministro de guerra, abandonaron a este alférez a su destino. Los suecos cuidaron de que Sobral no pescase una pulmonía, por lo menos hasta que aprendiese a confeccionar su propia ropa con pieles.
En la travesía hacia el polo sur, Sobral, entrerriano de Gualeguaychú desde 1880, comenzó a estudiar sueco para poder entenderse con sus compañeros de expedición, ayudado por Bodman y un diccionario si este argentino no es un paradigma de hombre libre, tolerante, moderno, valiente y cosmopolita, que venga Rimbaud El etíope y lo vea. Antes de llegar a destino, el Antarctic realizó dos paradas técnicas: una en Malvinas y otra en Isla Observatorio. En Malvinas, Nordenskjöld compró perros para sustituir a los canes groenlandeses que habían muerto durante el paso del Ecuador, demasiado tórrido para ellos. En Isla Observatorio, perteneciente al archipiélago de Año Nuevo y adyacente a Isla de los Estados, los expedicionarios pretendía calibrar su instrumental científico, pero tuvieron que conformarse con visitar las obras del observatorio que estaba construyendo Argentina.
Sobre el papel parece sencillo no sólo
llegar a la Antártida sino también a Júpiter. Quienes
han viajado más al sur del Cabo de Hornos y han atravesado el Pasaje
Drake para llegar a la Antártida conocen el peligro que encierra
esa travesía. Muchos mapas registran la cantidad de hundimientos
producidos en ese trayecto unos. 900 km entre Tierra del Fuego y
las Islas Shetland del Sur y áreas colindantes. Según
cuentan, el Pasaje Drake, fiel al tormento que infligió el corsario
inglés a la corona de España en sus posesiones de ultramar
entre 1570 y 1580, garantiza un par de días de diversión:
vientos que se cruzan huracanadamente, olas
Para conocer qué experiencias vivió Sobral en el polo alcanza con entresacar algunas citas del libro:
* *
Para los de Snow Hill, la única posibilidad de salvación se cifraba en esperar que una silueta apareciese en el horizonte blanco... Nada sencillo, por otro lado, si tenemos en cuenta que el barco que debía rescatarlos se había hundido y que la Antártida, por inhóspita e inexplorada, no era una ruta comercial precisamente. Así lo cuenta Sobral, en uno de los pasajes más íntimos del libro, escrito durante el año nuevo de 1903:
No sentimos gran abatimiento, pero la duda, que en todos los casos mortifica cuando continúa por mucho tiempo, concluye por transformar hasta cierto punto el carácter del individuo; lo predispone a la inactividad, pues cuando ella recae sobre un punto principal que toque más de cerca la vida, no se sabe qué resolución tomar; lleno de vacilaciones, toma el único recurso que se le presenta: esperar. Y la espera. ¿Se conoce algo más mortificante que la espera? ¿Se conoce algún estado del espíritu peor, que cuando no se sabe si sucederá o no alguna cosa? He pasado por esos instantes, bien largos por
cierto, y pienso que son mucho peores, mucho más terribles, que
tener la certeza de que lo peor tendrá lugar. En fin, dentro de nuestra situación estamos contentos y gozando de los días más cálidos que ofrece la Antártida; nos hallamos en el rigor del estío y sin embargo, la temperatura se mantiene más baja que la fusión del hielo. [ ] Nordenskjöld, supongo Lo que sucedió después pertenece,
sencillamente, al terreno de lo sobrenatural. Como Stanley y Livingston
en Tanzania en 1871, los tres grupos escandinavos se terminaron por encontrar...,
pero en la Antártida y en 1903. Increíble pero cierto. El
primer encuentro se produjo el 12 de octubre, en la parte septentrional
de la isla de James Ross. Allí Andersson, Duse y Grunden se toparon
casualmente con sus amigos Nordenskjöld y Jonassen, quienes estaban
de excursión por la zona, lejos de Snow Hill, donde estaba ubicado
el campamento. Andersson hizo de Stanley y le espetó al jefe de
expedición: «Hur star det till? Nordenskjöld, God dag.».
[ ] [ ]
A principios de noviembre de 1903, Åkerlundh y Bodman, dos del grupo de invernación de Snow Hill, habían salido hasta isla Seymour, un lugar muy rico en fósiles. El 7 de ese mes, el capitán Irízar desembarcó con la Uruguay en isla Seymour y encontró a los suecos durmiendo plácidamente en su tienda. Éstos dejaron las mediciones científicas para mejor ocasión y se pusieron en camino con Irízar hacia el campamento. Al día siguiente, obviamente, cundió la alegría y el desenfreno en Snow Hill: ya tenían barco para salir de la Antártida. Sin embargo, aún faltaban Larsen y casi toda la tripulación del Antarctic... Esa misma noche del 8 de noviembre, mientras Irízar, Nordenskjöld, Andersson, Sobral y compañía planeaban cómo buscar y rescatar a Larsen y cinco de los suyos, éstos, en un prodigioso alarde de orientación en plena Antártida, llegaron a Snow Hill abordo de una pequeña embarcación a vela y remos. Venían de Isla Paulet El 2 de diciembre de 1903 arribaba la fragata Uruguay con sus héroes al puerto de Buenos Aires. Entonces sí, hubo confeti, estallido de colores, patriotismo desatado, distinciones y agasajos propicios para la ocasión.
La vuelta al hogar no siempre es dulce De nuevo en casa, el alférez Sobral se reintegró a la Marina. Coherente y aplicado, quiso combinar su actividad profesional con la ampliación de sus conocimientos en Geología y Petrografía; sin embargo, el ejército rechazó esta actividad paralela, y Sobral se vio obligado a pedir la baja y marcharse a Suecia. Allí estudió, gracias a la invitación cursada por Nordenskjöld, en la universidad de Uppsala, donde se doctoró en ambas disciplinas y se convirtió en una eminencia científica. Los universitarios suecos tuvieron más clara la valía de Sobral que los militares argentinos. Al entrerriano sus dos inviernos en el polo bajo la disciplina de Nordenskjöld quien anticipó en 15 años la teoría de la deriva continental de Wegener y que habló de la factibilidad del Gondwana, le avalaban no sólo como superviviente sino como científico. De hecho, Sobral también se convirtió en el primer geólogo argentino con título universitario. Como se ve, fue pionero en cuanto se propuso; incluso en hacerle nueve hijos a una sueca, cinco con pasaporte albiceleste y cuatro con pasaporte escandinavo. Nada de eso le valió el reconocimiento de los suyos; el país sabía que los héroes como Maradona o Charly García, más asequibles al desaliento, llegarían pronto. En Argentina, a Sobral ni siquiera le ayudó lo cabalístico de su destino: nació y murió el 14 de abril, Día de las Américas, después de 81 años de vida. En Suecia, incluso le llamaron Sobralit a un mineral nuevo. Ni siquiera su regreso a la Argentina, su trabajo solvente como Director de Minas y Geología o los libros publicados le bastaron para alcanzar el distintivo de prócer de la nación. Incluso Google le hace justicia a su fama de olvidado.
Los gérmenes del adelanto, el microbio
de la fiebre investigadora que engendra ese anhelo de conocer, de saberlo
todo, tan violento como el amor.
La literatura y el cine han convertido en héroe universal, por ejemplo, al capitán británico R. F. Scott, muerto el 18 de enero de 1912, en su viaje de regreso desde el polo sur geográfico, hito donde se le había adelantado en un mes el noruego Roald Amundsen. Las bellas artes también se han comportado benévolamente con el también británico Shackleton, cuya expedición llegó en 1909 al polo sur magnético y quien pereció en 1922 en las Islas Georgia del Sur. José María Sobral, a sus 21 años de 1901, sobrevivió dos inviernos donde otros perecieron y su gesta rayó a la altura de las hazañas de otros grandes viajeros como Darwin, Fitz Roy, Humboldt, Bonpland o De Gerlache; pero parece no importarle a casi nadie. Santiago Reyes, Jorge Rabassa, Alejandro y Rafael Winograd y el Museo del Fin del Mundo de Ushuaia desempolvaron un héroe estoico y digno de la mitología griega, pionero de las expediciones antárticas. Ojalá que no los encierren; corren tiempos de amnesia intelectual. (Por cierto, Fitz Roy, Humboldt y Bonpland son tres calles que corren consecutivamente paralelas en Buenos Aires, en el barrio de Palermo. En mi guía de Buenos Aires no figura ninguna plaza, calle o avenida en honor a José María Sobral... Y pensar que los suecos incluso le han puesto su nombre a un mineral. Al menos en Gualeguaychú, según consta en Internet, se conserva la casa donde vivió; prometo visitarla.)
- páginas web de referencia: http://www.alfinal.com/Antartida/sobral.shtml - Museo del Presidio de Ushuaia: Yaganes y Gobernador Paz.
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