Rumbo a la Antártida

Tontos en Taipei


Vancouver en 7 imágenes

 

  
Rumbo a la Antártida
(ese anhelo de conocer, de saberlo todo, tan violento como el amor)

 

Por Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

 

 

21 de diciembre de 1902. Hoy hace un año que salimos de Buenos Aires, y esa fecha es inolvidable para mí; me había despedido de la familia y amigos y, en esa mañana calurosa, salía el Antarctic arrastrado por dos remolcadores, envuelto en ese polvo de trabajo que sale de la Dársena y la Boca; me acuerdo de que estaba con Ohlin sobre el puente; al pasar, los cargadores de carbón, sudorosos, negros, interrumpían su tarea y, afirmándose con las dos manos sobre la pala, nos miraban azorados, sin despedirnos, sin comprender lo que veían, sólo buscaban un pretexto de descanso, fijándose en el pequeño barco que pasaba llevando al tope un barril.

He leído muchas relaciones de viajes polares: no recuerdo haber leído la descripción de una partida tan triste, tan sin despedida, sin adioses, como la nuestra; ninguna mano que agitara su pañuelo, ninguna voz de "buen viaje"; el Antarctic salió acompañado por el silencio que sólo puede igualar al de las regiones a las que se dirigía; mi alma de argentino se sintió herida por tanta indiferencia y mi corazón conmovido, lleno de tristezas al dejar la patria; al dejarla sin que nadie pronunciara una palabra de aliento, algo que sirviera de estímulo y sostén en el momento doloroso. Deseo olvidar esas tristezas.



Dos años entre los hielos (1901-1903), de José María Sobral, alférez de navío y primer argentino en llegar a la Antártida, a la edad de 21 años. Integrante de la expedición del geólogo sueco Otto Nordenskjöld.
Colección Reservada del Museo del Fin del Mundo, Ushuaia. http://www.tierradelfuego.org.ar/museo/
Estudio preliminar de Jorge Rabassa.
Eudeba, 2003: http://www.eudeba.com.ar


 

 

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La aguja en el pajar

Una rara fuerza me lleva a prestar atención a la biografía de otros veinteañeros como yo. Cuando visité el Museo del Presidio de Ushuaia, descubrí casualmente la historia de José María Sobral. Digo 'casualmente' porque ese caótico museo reúne información valiosa; sin embargo, la única visita guiada que ofrece recorre la galería principal y sólo habla del Petiso Orejudo y otros asesinos en serie que la habitaron. Del resto, cada cual debe informarse por su cuenta y lidiar con la imprecisión sintáctica y ortográfica de los carteles que explican lo expuesto —los museos preservan cualquier cultura menos la léxica—. En las otras galerías se encuentran papeles, miniaturas, mapas, fotografías y toda clase chiches relativas a temas tan dispares como pingüinos, recursos naturales de la zona, el comando Cóndor y su acción para reivindicar las Malvinas en 1966, embarcaciones a vela, insignes piratas de la zona, expediciones y bases científicas en la Antártida... Hallé esta historia porque regresé una segunda vez al museo, dispuesto a morir leyendo cartelitos.

Una fotografía actuó como detonador; tenía ante mí a seis jóvenes exploradores antárticos de principios del siglo XX: Otto Nordenskjöld, geólogo y jefe de la expedición; Gösta Bodman y José María Sobral, encargados de las observaciones magnéticas y meteorológicas; Ole Jonassen, foquero y carpintero; Gustav Åkerlundh, cocinero; y Erick Ekelöf, bacteriólogo y médico. Sus edades estaban comprendidas entre los 19 años del cocinero y los 32 del jefe de la expedición. Naturalmente, tras leer estos nombres, me preguntaba quién era aquel escandinavo de 21 años llamado José María... Según los carteles de la sala, Sobral, alférez de la Marina argentina, se había marchado a la Antártida, donde había pasado dos inviernos.

Me interesaba aquella historia. Anoté el nombre del libro que Sobral había escrito sobre su dos inviernos consecutivos en el polo sur. Pensé que quizá el destino me ayudaría a encontrarlo en Buenos Aires, a la vuelta de mi viaje, en las librerías de segunda mano y libros usados de Parque Centenario, Avenida Corrientes o Plaza Rivadavia. Sin embargo, a veces el destino acelera y comprime el espacio-tiempo a su antojo, de tal modo que termino por creer en las casualidades. El día antes de marcharme de Ushuaia camino de Punta Arenas (Chile) visité el Museo del Fin del Mundo —el planeta sólo se acaba en el sur, al menos eso defienden los expertos en mercadotecnia ushuaiaense—. Donde me alojaba, me habían dicho que el museo estaba cerrado por refacciones —así dicen acá a las obras—. Salí por la mañana temprano a pasear por la ciudad. Caminé por la calle San Martín en busca de una librería especializada en viajes, cuyo impecable afiche me hacía presagiar que allí encontraría información sobre el expedicionario argentino. Estaba cerrada por vacaciones y había un cartel que te reenviaba a otra sucursal, pero en el otro extremo de la ciudad. Miré el mapa que llevaba y comprobé que estaba cerca del Museo en Refacciones. En el sur de Argentina, el invierno se considera temporada tan baja como la temperatura que marque el termómetro. En Ushuaia nevaba. Pese a todo, empujé la puerta. Ésta se abrió y una señorita me cobró la entrada.

La visita guiada comenzaría unas cuatro horas más tarde. Decidí echarle un vistazo a las salas, irme a comer y regresar más tarde. Al poco de entrar escuché una voz familiar, la de Alejandro, a quien conocía de las tertulias nocturnas que organizábamos en el albergue donde me alojaba. Aunque él no se hospedaba allí, se nos unía cada noche y departía con nosotros, los mochileros. Apenas sabía de Alejandro: biólogo, viajero en barco por los mares australes y escritor; de hecho, ni siquiera el albergue era suyo o es que era muy amigo de los dueños, o —¡qué sé yo!— tan sólo un nostálgico de cuando tenía veinte años y viajaba como nosotros.... Tras las frases de sorpresa por el encuentro inesperado, me mostró el museo y me presentó a Santiago, amigo suyo y director de éste. Fieles al riguroso protocolo argentino, cebamos un matecito y comenzamos a charlar. Los problemas mundanos justificaron la ausencia de Alejandro tras las primeras rondas. Santiago y este escribano seguimos con los mates, que sólo interrumpimos para que yo pudiera asistir a la visita guiada. Salí del museo enriquecido espiritualmente por la conversación cultural, pero sólo alimentado físicamente por el mate. Como se dice acá: me cagaba de hambre. De todos modos, estaba radiante: llevaba en mi bolso un obsequio invaluable: Dos años entre los hielos, el libro de José María Sobral.

Entre mate y mate, y mientras pasábamos revista a la situación política del mundo, comparábamos la gastronomía o la literatura argentina y española, hablábamos de nuestros viajes, etcétera, inocentemente le comenté a Santiago que me había impresionado mucho la historia de un chico argentino, José María Sobral, de 21 años, quien se había ido a la Antártida con unos suecos en 1901. Se mostró sorprendido de que conociese la historia; según él, no era demasiado conocida. Me hizo una señal con la mano de que esperase. Se levantó y habló con una de las chicas del museo. Pensé que se trataba de algún asunto interno. Un minuto después tenía el libro de Sobral entre mis manos... Santiago me explicó que el Museo del Fin del Mundo, a través de su Colección Reservada, edita libros sobre viajeros cuyo material se consigue difícilmente. De momento, llevaban tres títulos publicados y el de Sobral había sido el último. Alejandro y su hermano Rafael dirigían la colección. Así, librado al azar y a la intuición, pero ayudado por las fuerzas del bien, logré tirar de la punta del ovillo y desmadejar la historia de Sobral. Hasta aquí mi anécdota.


Escandinavos en Buenos Aires

El 19 de diciembre de 1901, una expedición sueconoruega llegó a Buenos Aires a bordo del Antarctic. Su capitán, Larsen, ya había surcado las aguas australes en 1892 y se aprestaba a repetir la experiencia. Otto Nordenskjöld, geólogo de la universidad de Uppsala (Suecia), comandaba la expedición científica y tenía por objetivo invernar junto con algunos hombres en la Antártida, a fin de realizar observaciones magnéticas, geológicas, etc. El plan de viaje era sencillo: Larsen y sus muchachos, cumplida la misión de abandonar a Nordenskjöld y los suyos en el continente blanco, regresarían a un lugar con más agua caliente, bares y chicas. Allí esperarían hasta que llegase el verano siguiente; entonces irían a recoger a sus colegas y los llevarían de vuelta a Suecia, de donde habían partido.

La expedición escandinava atracó en la capital porteña dos días para aprovisionarse. A cambio de ayuda y apoyo logístico, Nordenskjöld le había ofrecido al gobierno argentino que se incorporara un albiceleste. El ofrecimiento se hizo en junio y contemplaba que el representante argentino acompañara al grupo sólo en el trayecto hasta la Antártida. Sin embargo, el sueco tendió la mano y el ministro de la Armada argentina, Betbeder, le tomó el brazo: el albiceleste debía también invernar... Tras escuchar la imposición del gerifalte argentino, Nordenskjöld casi deja la cortesía para mejor ocasión y por poco retira su ofrecimiento. Aún no tengo claro cómo y por qué la Marina eligió a Sobral; pero aventuro que se trató de una improvisación derivada de la ocurrencia de Betbeder, quien, por supuesto, no tenía ni idea de qué suponía invernar en la Antártida. Al pobre Sobral le dijeron de un día para otro (más o menos): «El próximo invierno lo pasas en la Antártida con unos suecos. Sales pasado mañana. Cómprate ropa abrigada; dicen que allí hace frío.» No exagero. La expedición partía en tres días y el genio argentino ofreció una de sus mejores dotes: la capacidad de improvisar. La Antártida y el primer argentino en llegar tan lejos no se merecían menos.

Sobral, ingenuo patriota de 21 años, en vez de abandonar inmediatamente la Marina, se fue de compras por Buenos Aires. Era diciembre de 1901 y en apenas unos días comenzaría el verano austral. Los mapas de la época dibujaban todavía la Antártida casi al estilo medieval y la noción popular sobre este continente, me temo, debía de incluir un monstruo que se alimentaba de quienes llegaban allí. La escena de Sobral por las calles porteñas en busca de equipamiento debió ser impagable; de hecho, según él, los comerciantes dudaban de su criterio cuando rechazaba los tejidos que le ofrecían, al no ser éstos lo suficientemente gruesos. «No tenía a quién preguntarle lo que yo debía llevar, y sólo sabía que precisaba ropas muy abrigadas, y éstas no las encontraba. No había en Buenos Aires ropas para usar en el país al que me dirigía.» Ahora resultan cómicas estas líneas; sin embargo, explican sin paliativos que la Marina y Betbeder, el ministro de guerra, abandonaron a este alférez a su destino. Los suecos cuidaron de que Sobral no pescase una pulmonía, por lo menos hasta que aprendiese a confeccionar su propia ropa con pieles.


Buenos Aires - La Antártida

En la travesía hacia el polo sur, Sobral, entrerriano de Gualeguaychú desde 1880, comenzó a estudiar sueco para poder entenderse con sus compañeros de expedición, ayudado por Bodman y un diccionario —si este argentino no es un paradigma de hombre libre, tolerante, moderno, valiente y cosmopolita, que venga Rimbaud El etíope y lo vea—. Antes de llegar a destino, el Antarctic realizó dos paradas técnicas: una en Malvinas y otra en Isla Observatorio. En Malvinas, Nordenskjöld compró perros para sustituir a los canes groenlandeses que habían muerto durante el paso del Ecuador, demasiado tórrido para ellos. En Isla Observatorio, perteneciente al archipiélago de Año Nuevo y adyacente a Isla de los Estados, los expedicionarios pretendía calibrar su instrumental científico, pero tuvieron que conformarse con visitar las obras del observatorio que estaba construyendo Argentina.

(Y hablando de faros: se cuenta que Jules Verne se inspiró en el de San Juan de Salvamento —Isla de los Estados— para escribir El faro del fin del mundo. Según explica Jorge Rabassa en el prólogo, Verne escribió la novela en 1903 y la publicó en 1905, es decir, existía la posibilidad real de que este francés, genial y erudito conocedor de su época, tuviera noticias de la expedición y de sus resultados. Sin embargo, Verne no incluyó ninguna referencia al respecto en su novela... Por cierto, y sin ánimo de polemizar, algún especialista en la materia sostiene que la lectura de El faro del fin del mundo remite el de Cabo San Diego y no al de San Juan, pese a que éste fue el primero librado a servicio —disculpen el tecnicismo— en Argentina y el otro tuvo que esperar hasta 1930. Y ya que estamos, el faro de Isla Observatorio, donde Nordenskjöld y los suyos debían haber calibrado su instrumental, se libró a servicio el 1 de octubre de 1902).

Sobre el papel parece sencillo no sólo llegar a la Antártida sino también a Júpiter. Quienes han viajado más al sur del Cabo de Hornos y han atravesado el Pasaje Drake para llegar a la Antártida conocen el peligro que encierra esa travesía. Muchos mapas registran la cantidad de hundimientos producidos en ese trayecto —unos. 900 km entre Tierra del Fuego y las Islas Shetland del Sur— y áreas colindantes. Según cuentan, el Pasaje Drake, fiel al tormento que infligió el corsario inglés a la corona de España en sus posesiones de ultramar entre 1570 y 1580, garantiza un par de días de diversión: vientos que se cruzan huracanadamente, olas de unos ocho metros, tormentas y cualquier ornamento romántico necesario para lograr una atmósfera de final trágico. Allí se juntan el Atlántico y el Pacífico, y no es lo mismo juntarlos en un mapa que en la realidad: la planicie del papel oculta la onda de mareas que se mueve de un océano a otro. Sin embargo, lo que vuelve temible a este Drake geográfico es lo angosto que resulta para la corriente circumpolar que corre de oeste a este. Esa corriente marina, debida al giro del planeta, circula en el hemisferio sur y a lo largo de casi todo el mundo en régimen laminar, es decir, tranquila. Cuando llega al pasaje apenas tiene 900 km de ancho para discurrir. Ese estrechamiento provoca que el agua se acelere y que la corriente pase de régimen laminar a turbulento —¿se han subido a una balsa en el río y han navegado sobre un rápido debido a un estrechamiento? Pues eso, pero a gran escala: pura turbulencia—. Hoy día, por 3000 dólares, uno cruza a la Antártida en una suerte de caja blindada por la tecnología vía satélite, vomita en la travesía hasta el esternón, pernocta una semana en el barco anclado en la plácida y nívea Antártida, baja dos o tres veces al día a realizar excursiones y luego regresa a Ushuaia. Sólo subrayaré dos datos de la expedición de Nordenskjöld y compañía: viajaban en un ballenero y Karl Johanson y Wilhem Holmberg trabajaban como carboneros.


En tierra ¿firme?

Para conocer qué experiencias vivió Sobral en el polo alcanza con entresacar algunas citas del libro:


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La vida doméstica era siempre la misma, muy uniforme; me bastará referir un día para que se conozca la de los dos años que allí pasamos.

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Yo pensaba que los pingüinos eran incomibles, porque lo había oído decir, y mis compañeros eran de la misma opinión y también por referencias; pero ahora podemos afirmar lo contrario, pues hoy los hemos comido salteados y han merecido nuestra aceptación. Un estofado de leopardo marino hizo también las delicias de nuestra mesa; yo los encuentro muy buenos.

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El bello sexo, que es recordado hasta en la patria de los pingüinos y de las focas, está representado por hermosos ejemplares arrancados de almanaques ingleses, franceses y norteamericanos que cubren la parte de los muros y puertas que carecen de rincones.

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Con temperaturas de -30º C, después de estar un momento en observación, los dedos se hielan; éste es un inconveniente que no se puede subsanar con el uso de guantes abrigados, pues uno tiene que manejar pequeños tornillos; por consiguiente, el uso de guantes con dedos es absolutamente necesario.

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Hacía mucho calor, la temperatura había subido a 7ºC sobre cero; el agua de deshielo corría a torrentes por las laderas de las montañas, y para apagar la sed, usábamos el procedimiento primitivo, que tantas veces hemos visto en nuestras campañas, de tendernos sobre el campo de hielo y beber directamente del torrente de aquel rico y vivificante líquido.


En principio, la invernada del grupo debía ser de un año; sin embargo, había llegado 1903 pero no el Antarctic. Nordenskjöld y los demás (los de la foto: Bodman, Sobral, Jonassen, Åkerlundh y Ekelöf), se prepararon entonces para afrontar un nuevo invierno antártico en su confortable cabaña de 24 metros cuadrados, situada en un lugar llamado Snow Hill, con glaciar y todo al lado de la cabaña. Se temían lo peor, y estaban en lo cierto: el Antarctic se había hundido en el mar de Weddell cuando venía a recogerlos. El capitán Larsen y 19 marineros saltaron al hielo y se refugiaron en la Isla Paulet. Andersson, Duse y Grunden habían descendido del Antarctic previamente al hundimiento y no se encontraban en éste cuando se vino a pique. Ellos no pudieron unirse a sus compañeros porque el mar se abrió y los aisló del grupo de Larsen. Por tanto, el grupo de rescate había quedado fraccionado en dos y, de paso, todos se habían convertido en náufragos y nadie estaba en condiciones de rescatar a nadie. El grupo de Isla Paulet al menos contaba con las provisiones que habían salvado; sin embargo, Andersson, Duse y Grunden tuvieron que sobrevivir en Bahía Esperanza (Hope Bay) en una tienda de campaña protegida por un muro de piedras, fango y pieles.

Para los de Snow Hill, la única posibilidad de salvación se cifraba en esperar que una silueta apareciese en el horizonte blanco... Nada sencillo, por otro lado, si tenemos en cuenta que el barco que debía rescatarlos se había hundido y que la Antártida, por inhóspita e inexplorada, no era una ruta comercial precisamente. Así lo cuenta Sobral, en uno de los pasajes más íntimos del libro, escrito durante el año nuevo de 1903:


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No sentimos gran abatimiento, pero la duda, que en todos los casos mortifica cuando continúa por mucho tiempo, concluye por transformar hasta cierto punto el carácter del individuo; lo predispone a la inactividad, pues cuando ella recae sobre un punto principal que toque más de cerca la vida, no se sabe qué resolución tomar; lleno de vacilaciones, toma el único recurso que se le presenta: esperar.

Y la espera. ¿Se conoce algo más mortificante que la espera? ¿Se conoce algún estado del espíritu peor, que cuando no se sabe si sucederá o no alguna cosa?

He pasado por esos instantes, bien largos por cierto, y pienso que son mucho peores, mucho más terribles, que tener la certeza de que lo peor tendrá lugar.

En fin, dentro de nuestra situación estamos contentos y gozando de los días más cálidos que ofrece la Antártida; nos hallamos en el rigor del estío y sin embargo, la temperatura se mantiene más baja que la fusión del hielo.

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Nordenskjöld, supongo

Lo que sucedió después pertenece, sencillamente, al terreno de lo sobrenatural. Como Stanley y Livingston en Tanzania en 1871, los tres grupos escandinavos se terminaron por encontrar..., pero en la Antártida y en 1903. Increíble pero cierto. El primer encuentro se produjo el 12 de octubre, en la parte septentrional de la isla de James Ross. Allí Andersson, Duse y Grunden se toparon casualmente con sus amigos Nordenskjöld y Jonassen, quienes estaban de excursión por la zona, lejos de Snow Hill, donde estaba ubicado el campamento. Andersson hizo de Stanley y le espetó al jefe de expedición: «Hur star det till? Nordenskjöld, God dag.».

Así cuenta Sobral cómo se lo narraron sus compañeros de invernada:

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El 12 de octubre de 1903, estando en marcha, vieron cerca de tierra algo que les llamó la atención: eran dos figuras muy grandes para ser pingüinos. Después de hacer uso del anteojo se convencieron de que eran hombres; los perros echaron a correr hacia los nuevos habitantes de un país del cual nos creíamos los únicos moradores, tal vez con la esperanza de poder comerse algún pingüino; Jonassen hacía esfuerzos por sujetarlos y cuando pudo ver más de cerca las trazas de los recién vistos, pidió a Nordenskjöld que preparara la pistola máuser que llevaba, pues creyó que eran naturales, tal vez alguna raza afín a la de los trogloditas de la Groenlandia y de las islas polares norteamericanas, que podían ser no muy pacíficos.

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La ola de felicidad por el reencuentro se vio empañada por la noticia del hundimiento del Antarctic; el resto de camaradas que venían abordo podían haber perecido. Pero la vida, cuando inventa historias, hace pedazos cualquier género literario. En Argentina, Francisco Moreno, alias el Perito Moreno, a la sazón amigo de Nordenskjöld y futuro portador del nombre del glaciar más imponente de la Argentina, estaba preocupado por la ausencia de noticias y convenció a Betbeder, todavía ministro y almirante, para que enviase una embarcación a la Antártida en busca de tanto desaparecido. Por lo que cuentan, Betbeder se mostró renuente, y Moreno hubo de recordarle, además de los compromisos internacionales de cooperación, que había un albiceleste. El 8 de octubre de 1903, zarpó desde Buenos Aires la corbeta —aunque alguno sostiene que se trataba de una bricbarca— Uruguay, capitaneada por Julián Irízar, camino del polo sur. Se trataba de la primera acción argentina oficial en la Antártida, es decir, los de la Uruguay eran tan vírgenes como lo había sido Sobral en materia antártica.

 


Despierten por favor: hemos venido a salvarles

A principios de noviembre de 1903, Åkerlundh y Bodman, dos del grupo de invernación de Snow Hill, habían salido hasta isla Seymour, un lugar muy rico en fósiles. El 7 de ese mes, el capitán Irízar desembarcó con la Uruguay en isla Seymour y encontró a los suecos durmiendo plácidamente en su tienda. Éstos dejaron las mediciones científicas para mejor ocasión y se pusieron en camino con Irízar hacia el campamento. Al día siguiente, obviamente, cundió la alegría y el desenfreno en Snow Hill: ya tenían barco para salir de la Antártida. Sin embargo, aún faltaban Larsen y casi toda la tripulación del Antarctic... Esa misma noche del 8 de noviembre, mientras Irízar, Nordenskjöld, Andersson, Sobral y compañía planeaban cómo buscar y rescatar a Larsen y cinco de los suyos, éstos, en un prodigioso alarde de orientación en plena Antártida, llegaron a Snow Hill abordo de una pequeña embarcación a vela y remos. Venían de Isla Paulet

El 2 de diciembre de 1903 arribaba la fragata Uruguay con sus héroes al puerto de Buenos Aires. Entonces sí, hubo confeti, estallido de colores, patriotismo desatado, distinciones y agasajos propicios para la ocasión.

La vuelta al hogar no siempre es dulce

De nuevo en casa, el alférez Sobral se reintegró a la Marina. Coherente y aplicado, quiso combinar su actividad profesional con la ampliación de sus conocimientos en Geología y Petrografía; sin embargo, el ejército rechazó esta actividad paralela, y Sobral se vio obligado a pedir la baja y marcharse a Suecia. Allí estudió, gracias a la invitación cursada por Nordenskjöld, en la universidad de Uppsala, donde se doctoró en ambas disciplinas y se convirtió en una eminencia científica.

Los universitarios suecos tuvieron más clara la valía de Sobral que los militares argentinos. Al entrerriano sus dos inviernos en el polo bajo la disciplina de Nordenskjöld —quien anticipó en 15 años la teoría de la deriva continental de Wegener y que habló de la factibilidad del Gondwana—, le avalaban no sólo como superviviente sino como científico. De hecho, Sobral también se convirtió en el primer geólogo argentino con título universitario. Como se ve, fue pionero en cuanto se propuso; incluso en hacerle nueve hijos a una sueca, cinco con pasaporte albiceleste y cuatro con pasaporte escandinavo. Nada de eso le valió el reconocimiento de los suyos; el país sabía que los héroes como Maradona o Charly García, más asequibles al desaliento, llegarían pronto. En Argentina, a Sobral ni siquiera le ayudó lo cabalístico de su destino: nació y murió el 14 de abril, Día de las Américas, después de 81 años de vida. En Suecia, incluso le llamaron Sobralit a un mineral nuevo. Ni siquiera su regreso a la Argentina, su trabajo solvente como Director de Minas y Geología o los libros publicados le bastaron para alcanzar el distintivo de prócer de la nación. Incluso Google le hace justicia a su fama de olvidado.


Al sur, siempre al sur

Los gérmenes del adelanto, el microbio de la fiebre investigadora que engendra ese anhelo de conocer, de saberlo todo, tan violento como el amor.

La literatura y el cine han convertido en héroe universal, por ejemplo, al capitán británico R. F. Scott, muerto el 18 de enero de 1912, en su viaje de regreso desde el polo sur geográfico, hito donde se le había adelantado en un mes el noruego Roald Amundsen. Las bellas artes también se han comportado benévolamente con el también británico Shackleton, cuya expedición llegó en 1909 al polo sur magnético y quien pereció en 1922 en las Islas Georgia del Sur. José María Sobral, a sus 21 años de 1901, sobrevivió dos inviernos donde otros perecieron y su gesta rayó a la altura de las hazañas de otros grandes viajeros como Darwin, Fitz Roy, Humboldt, Bonpland o De Gerlache; pero parece no importarle a casi nadie.

Santiago Reyes, Jorge Rabassa, Alejandro y Rafael Winograd y el Museo del Fin del Mundo de Ushuaia desempolvaron un héroe estoico y digno de la mitología griega, pionero de las expediciones antárticas. Ojalá que no los encierren; corren tiempos de amnesia intelectual.

(Por cierto, Fitz Roy, Humboldt y Bonpland son tres calles que corren consecutivamente paralelas en Buenos Aires, en el barrio de Palermo. En mi guía de Buenos Aires no figura ninguna plaza, calle o avenida en honor a José María Sobral... Y pensar que los suecos incluso le han puesto su nombre a un mineral. Al menos en Gualeguaychú, según consta en Internet, se conserva la casa donde vivió; prometo visitarla.)


[ Referencias]


- Alejandro Winograd: escritor y director, junto a Rafael Winograd, de la Colección reservada del Museo del Fin del Mundo.
- Santiago Reyes: director del Museo del Fin del Mundo (Ushuaia)
  correo electrónico del Museo del Fin del Mundo: museo@tierradelfuego.org.ar
  página web: http://tierradelfuego.org.ar/museo
  dirección: Maipú 175, Ushuaia (Argentina)

- páginas web de referencia:

http://www.alfinal.com/Antartida/sobral.shtml
http://www.argentinidad.com/informes/alferezsobral.htm
http://www.fuerzasnavales.com/rhai.html
http://www.ara.mil.ar/informacion/Corbeta_Uruguay/
Centenario_expedicion.htm

- Museo del Presidio de Ushuaia: Yaganes y Gobernador Paz.

 

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