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De familia, Estado
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Detrás de la palabra "familia" Este término, que forma parte
del habla cotidiana, encuentra detrás de su uso habitual basamentos ideológicos.
La institución familiar no fue la misma en todas las épocas, pero los
discursos de poder de los últimos siglos presentan el modelo vigente -o,
por lo menos, el que impera en el imaginario social- como el natural y
original, desestiman cambios y califican de anormal cualquier alternativa.
Juan Pablo Palladino
La imagen predominante de la familia en Occidente es aquélla que hace referencia a un grupo compuesto por un padre y una madre legalmente casados que conviven con sus hijos dependientes en una casa particular. Esto es, y la realidad del discurso cotidiano se encarga de ratificarlo, lo que la gente considera "una familia normal", a lo que la mayoría debiera aspirar. Y que muchos utilizan como barómetro para medir hasta qué punto la institución familiar contemporánea va por el "buen camino" o se encuentra "en crisis". Al referirse en términos de "normalidad", "naturalidad" o "corrección" a algun fenómeno que tiene lugar en la sociedad, se hace sobre la base de conceptos que definen lo que está mayoritariamente aceptado y lo que no. Así, al hablar se le otorga a la realidad un sentido, se interpreta el mundo. Y, por ello, las palabras no son puramente nominales, es decir, no sirven sólo para nombrar, sino para dar un significado a algo determinado dentro de un marco de creencias particular. ¿Eso quiere decir que en el discurso cotidiano se hace patente una ideología, aunque quien lo pronuncie no sea realmente consciente de ella? Siguiendo esta línea, ¿es posible pensar que la familia nuclear occidental, considerada como la "normal ", sea una institución alentada por un discurso dominante que desestima cualquier otra forma de agrupacion familiar, y la condena incluso como patológica? Para Van Dyjk, teórico de la lengua, existe una relación entre ideología y discurso, la cual es el resultado de la conexión entre el lenguaje, las creencias e ideas, los intereses y las luchas de grupo. A través de una ideología se manifiestan formas de pensar, representaciones de la realidad que permiten a las personas de un grupo que las comparte ordenar las "creencias acerca de lo que sucede, bueno o malo, correcto o incorrecto, según ellos, y actuar en consecuencia". Como la ideología permite que el grupo subsista y se reproduzca, es entendible, entonces, el papel que desempeña en la lucha social, donde quienes están en el poder buscan imponer, por distintas vías, sus ideas y creencias en virtud de sus intereses (1). Por citar algun ejemplo, el secretario del Instituto de Bioética de la Universidad Católica de Roma, Gonzalo Miranda, señalaba en una entrevista que el aborto, la esterilización y las relaciones homosexuales son "contrarias a la realidad" del ser humano. Pero que, paradójicamente, éste es capaz de ir en contra de su propia naturaleza. También, indicaba como "una constatación de hecho" el que la familia sea "el núcleo natural y fundamental de la sociedad", por lo cual un cambio en esta institución no puede "traer ningun beneficio para la sociedad" (2). Miranda se pronunciaba desde un punto de vista claramente teñido por la doctrina católica; y, en este sentido, ¿desde un punto de vista ideólogico? Para el sociólogo Pierre Bourdieu, la familia "que tendemos a considerar como natural, porque se presenta con la apariencia de lo que siempre ha sido así, es una invención reciente (...) y tal vez condenada a una desaparición más o menos rápida" (3). La definición oficial de familia, indica, se basa en una "constelación de palabras" que, presentándose como una descripción objetiva del término, tiene como efecto fundar una realidad social. Bourdieu considera que las realidades sociales, lo que la gente señala como lo evidente (en este caso, la forma de familia), no son más que "ficciones" que se apoyan en la convención colectiva de que algo es así. "Las realidades sociales son ficciones sociales sin más fundamentos que la construcción social y que existen realmente en tanto están reconocidas colectivamente", dice. Bajo el término "familia" se esconderia, entonces, una clasificación, pero también una prescripción (lo que debe ser). Esta ficción, argumenta el sociólogo, se transforma en un hecho a través de una labor de institución que tiene lugar por medio de la inculcación de un sentimiento de familia en cada uno de sus miembros. Ello es imprescindible para sostener en el tiempo la estructura y reproducirla, para mantenerla integrada. El discurso familiar corriente le atribuye a esta institución ciertas características: es una unidad doméstica con personalidad propia, trascendente a sus miembros, separada del resto de la sociedad, donde las relaciones fraternales suspenden las de tipo económico (en las que impera la búsqueda del interés). La gente utiliza ese modelo de relaciones familiares como parámetro para juzgar el resto de las relaciones sociales y fundar los cuerpos sociales. Se trata de una concepción profundamente arraigada en la cultura: de pequeño el ser humano contemporáneo es formado en Occidente bajo este discurso familiar. De allí, entonces, que resulte chocante ponerlo en tela de juicio como modelo a partir del cual se mide la normalidad de otras relaciones, sobre todo, parentales (por ejemplo, las que se dan entre divorciados con hijos de la anterior pareja; en familias monoparentales; o incluso, entre homosexuales). EL ESPÍRITU FAMILIAR Por medio de ritos (matrimonio, regalos familiares, etcétera) se busca consolidar el "espíritu de familia". Esto es, sostiene Bourdieu, a "construir la familia como entidad unida, integrada, unitaria, por lo tanto estable, constante, indiferente a las fluctuaciones de los sentimientos personales". Pero en la práctica, el modelo familiar proclamado como natural es "un privilegio que se instituye en norma universal". Esto sucede porque las condiciones necesarias para acceder y mantener esa unidad (disponibilidad de una vivienda; cierto nivel de ingresos) no son comunes a todas las personas. Y quienes se ajustan a la definición dominante de familia gozan del "beneficio simbólico de la normalidad", condición básica para el privilegio de la acumulación y transmisión de privilegios económicos, culturales y simbólicos. De esta manera, la familia "asume un papel determinante en el mantenimiento del orden social, en la reproducción, no sólo biólogica, sino social, en la reproducción de la estructura del espacio social y de las relaciones sociales" (4). Es el lugar por antonomasia de la acumulación y transmisión de capitales: económico (bienes), simbólico (el nombre) y social (condición y consecuencia de la gestión exitosa del capital colectivamente poseído por la unidad doméstica). La posición social del grupo dependerá en buena medida de esa gestión colectiva. Dentro del empresariado, ejemplifica Bourdieu, la familia cumple un papel determinante en la gestión y transmisión del patrimonio económico. "Las dinastías burguesas funcionan como clubes selectos" cuyo capital es la suma de los capitales de sus miembros, y que las relaciones permiten movilizar a favor de cada uno de ellos, comenta. Lo importante del análisis de este autor es, precisamente, que demuestra que la "naturalización" de un modelo específico de familia se trata en realidad de una "creación arbitraria". Una construcción que se mantiene vigente a través del trabajo de infundir esta idea estructurante (porque es a partir de la cual la gente organiza el conjunto de la vida social). Al mismo tiempo, Bourdieu marca una "correspondencia" entre la imagen de la familia nuclear tradicional, el Estado moderno, y las élites dominantes que éste genera (5). El Estado, encargado de definir las categorías oficiales, tiende a favorecer un tipo específico de organización familiar a través de su accionar jurídico-político: leyes; estadísticas, subvenciones, etc. Se trata de un discurso familiar poderoso que penetra hondo en la idiosincracia de los pueblos bañados por la cultura occidental. Las personas en general se sirven de él, aunque su vida vaya a contrapelo, para construir la realidad, para definir lo que es una familia o, por lo menos, lo que es una familia normal. Bourdieu tiene claro que "debemos dejar de aprehender la familia como un dato inmediato de la realidad social para considerarla como un instrumento de la construcción de esa realidad". Otros autores también se encargaron de investigar la relación entre el modelo de familia nuclear tradicional y el sistema capitalista. En esta línea, se inscriben por ejemplo Diesling y Grau. Según el primero, el modelo de la familia nuclear sigue siendo, con nuevos matices, funcional a las estructuras económicas: el hombre proveedor y la mujer dependiente, a cargo de los hijos y el trabajo doméstico; donde se convierte en una institución de clase que ayuda a nutrir a ciertos estratos. Por su parte, Grau sostiene que, en un sistema de mercado inestable y salvaje, la familia se presenta como un lugar de estabilización. Para ambos autores, la "nuclearización-hiperrepresentada de la familia tiene como consecuencia la aniquilación del espacio público". Frente a las fracturas sociales que conlleva el sistema neoliberal y sus indiscutibles desigualdades, el discurso neoliberal le entrega a la familia la tarea de re-ligar lo social (6). Para la profesora Silvia Anguero de Campero, del análisis de Pierre Bourdieu se desprende la necesidad de revisar la definición que se hace comúnmente de esta institución. Y aquí entra, claro, "el punto de vista del estudioso que al tomar por base el discurso oficial contribuye a construir la realidad que pretende verificar" (7). Esta necesidad cobra más fuerza aún si se entiende que, como señala el etnólogo Denys Cuche, "no hay nada puramente natural en el hombre". Todo se encuentra interpretado por la cultura y hasta las funciones que satisfacen las necesidades fisiológicas como el hambre, el sexo o el sueño son diferentes según cada colectivo (8). ¿Cabría pensar entonces que el tipo de organización familiar depende también del contexto sociocultural? EL PASADO Y SUS MITOS Como afirma Cuche, las palabras tienen una historia y, a su vez, hacen la historia. Por ello, nunca esta de más recurrir al pasado para entender nociones que, con otro significado, son moneda corriente en el presente, y que pueden incidir en las actitudes que se tomen de cara al futuro. Si bien las relaciones de parentesco (universo de parientes formado por la consanguinidad y las alianzas matrimoniales) son, desde luego, ineludibles en el desarrollo y reproducción del género humano, no parecen serlo las formas en que estas relaciones se estructuran en el tiempo (los tipos familiares a los que dieron lugar) y la importancia que cada cultura y sociedad le dio en la ordenación comunitaria. "Lo que distingue a nuestras sociedades industrializadas de las sociedades exóticas no es la ausencia de filiación, sino el hecho de que nuestros grupos sociales se reclutan menos sobre la base del parentesco que sobre las clases de edad, la clase social, la afinidad amical, el lugar de trabajo, el ejercicio del ocio, etcétera", apunta por ejemplo la etnóloga francesa, Martine Segalen (9). Cuando se recurre a las comparaciones históricas, parece caerse con frecuencia en simplificaciones. Así, se suele recurrir a dos tipos de familia para marcar un antes y un después en su evolución: una, de carácter extenso (donde convivían grupos de parientes de distintas generaciones en una sola residencia bajo el padrinazgo venerable del más anciano) típica de las sociedades premodernas. Otra, de tipo "nuclear", que surge con la industrialización de las sociedades y que continúa siendo, en su forma típica de padres e hijos dependientes, la referencia en la actualidad. Según el sociólogo Lluis Flaquer, uno de los aportes que se le debe agradecer a la historia de la familia de los últimos lustros es "haber puesto al descubierto el simplismo" de esa comparación, donde impera una "imagen idealizada" de la familia extensa (10). En principio, porque, como señala en su libro Flaquer, en algunos países europeos el sistema de familia nuclear existía desde mucho antes. Pero además, porque habría demasiados mitos acerca de la estabilidad de la que gozaban aquellos grupos. Mitos que terminan colaborando con el enjuiciamiento negativo de las nuevas (o, por lo menos, más públicas) modalidades familiares. En su obra, Segalen afirma que el grupo doméstico antiguo, del cual no existe un único tipo sino varios, "es tan inestable como la célula conyugal contemporánea". Y que, en este sentido, "nuestra sociedad no ha inventado ni la movilidad geográfica ni la inestabilidad de los matrimonios sometidos". En rigor, según la etnóloga, las migraciones no son exclusivas de estos tiempos: los campesinos que no tenían bienes debían abandonar a su familia en busca de trabajo. Y, por otra parte, los matrimonios eran frecuentemente golpeados por la mortalidad de uno de los cónyuges, lo que influía directamente en que las segundas nupcias fueran numerosas ("lo exigía la sobrevivencia de la familia", acota Segalen), al contrario de lo que se pueda pensar. Las más afectadas por la mortalidad eran las mujeres, a consecuencia de accidentes relacionados con el embarazo o el parto. Y los hombres debían buscar inmediatamente alguien que se encargara de las tareas hogareñas y del cuidado de sus hijos. Además, la imagen de familia amplia también correspondería a un mito, ya que las altas tasas de mortalidad habrían impedido esos agrupamientos abundantes. "Las segundas nupcias numerosas, sobre todo masculinas, venían a crear una situación de poligamia sucesiva", cuenta la autora; para quien estos "recasamientos" dejaban en evidencia la "primacía" de una organización económica sobre la organización familiar. También el miramiento de la infancia era, al menos, completamente diferente. Autores como Philipe Ariès, explica Flaquer, han demostrado, hace ya varias décadas, que este concepto no estuvo presente en las sociedades premodernas de la misma manera que en la actualidad. Ariès se refiere a ese término como una "construcción social": si bien se entendía que las personas pasaban por una etapa de infancia biológica, tan pronto como sus fuerzas se lo permitieran se incorporaban a la vida adulta del trabajo; de hecho, los niños se vestían ya como mayores. No había una noción social de la infancia. Ésta surge con la Modernidad, cuando la familia pasa de ser una unidad de producción a ser una de consumo y adquiere un carácter privado. La privatización familiar se entiende porque al abandonar el trabajo agrario y pasar a trabajar por cuenta ajena a cambio de un salario (papel desempeñado por el hombre), se daba una diferencia entre el tiempo laboral y el tiempo de ocio que transcurría en la casa, donde la mujer se ocupa de la crianza de los hijos y de las tareas caseras. Flaquer explica así que, pese a que no se puede englobar un sólo tipo de familia tradicional, como muchos pretenden por medio de simplificaciones, si se puede, en cambio, apuntar una serie de particularidades entre todas ellas que las diferencian de la familia moderna: "(...) su finalidad primordial era garantizar la supervivencia del grupo. Ello suponía subordinar los sentimientos de los individuos a la razón de ser de la institución". Esto vendría a rebatir la idea de que las uniones o alianzas matrimoniales se dieron siempre por amor: antes, los intereses del parentesco y las necesidades de consolidar una agrupación que permitiera la supervivencia se anteponían a los sentimientos que impulsan hoy muchas de las decisiones individuales que giran en torno a con quién se desea estar y formar una familia. Además, agrega Flaquer, las agrupaciones tradicionales eran "multifuncionales" al ejercer actividades que con la aparición del Estado moderno fueron encargadas a otras instituciones: la educación; la atención de los enfermos; y la producción de los bienes y servicios. La dinámica familiar entre una y otra época cambia rotundamente. Lo que antes constituía uno de sus pilares, la necesidad de supervivencia y el factor productivo, ahora muta en la necesidad afectiva y emocional. A tal punto, que Flaquer llega a hablar de una tendencia en los últimos siglos a la psicologización de la familia, "donde sus funciones se han especializado cada vez más en aspectos emocionales". INDIVIDUALIZACION MODERNA Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim identifican tres épocas en las relaciones de pareja que, obviamente, afectan la dinámica familiar: en la primera predomina la familia como comunidad económica donde no existían posibilidades de autodeterminación de la propia vida ni por parte del hombre ni por parte de la mujer; en la segunda, cuando la familia extensa empieza a disolverse, el hombre se abre hacia la posibilidad de elegir su propio destino, hacia el proceso de individualización (no así la mujer, que debe sufrir una represión rigurosa); y en la tercera, a partir de los '60, ambos géneros (aunque en grados diferentes) se enfrentan a los beneficios y cargas de una vida propia (11). Durante el siglo XX, el funcionalismo -teoría según la cual las instituciones sociales cumplen un determinado papel que ayuda a mantener el orden social- observó que la familia nuclear surgida con la industrialización cumplía dos papeles fundamentales. Uno, la socialización primaria de la persona, proceso por el cual el niño aprende las normas culturales de la sociedad en la cual ha nacido para insertarse en ella. Dos, la estabilización de la persona, en el sentido de que este tipo de familia contribuye al equilibrio emocional de los adultos frente una sociedad industrial agresiva. Así, para los funcionalistas, la familia desempeñaba un papel necesario para la organización social moderna: abandonó las tareas de producción económica —que se traslada a las fábricas y dispositivos industriales— y se centró en "la reproducción, la crianza de los hijos y la socialización" (12). Las críticas al funcionalismo, cuenta el sociólogo Anthony Giddens, surgieron, primero, porque este enfoque justificaba una división laboral que confinaba a las mujeres en el interior de sus hogares y, luego, porque olvida el papel que cumplen en la actualidad otras instituciones (como la escuela o los medios de comunicación) en la socialización de las personas. La privatización familiar que representó el modelo nuclear fue un intento de crear un ámbito de protección (para niños y mujeres) frente a un exterior inhumano de las sociedades modernas, "una fórmula de compromiso entre lo tradicional y lo moderno", explica por su parte Flaquer. Pero para Segalen, si bien la industrialización y la urbanización han contribuido a formar un tipo de familia nuclear independiente, lo hicieron sobre un modelo que venía siendo promovido por la Iglesia católica desde hacía siglos. La autora especifica que Paul Veyne descubrió en el pensamiento estoico de principios de la era cristiana el nacimiento de una sociedad conyugal y de una "moral interiorizada del matrimonio" que preparaba la evolución de esta doctrina. La manipulación ideológica del parentesco (donde el culto a los antepasados, otrora a cargo de los propios descendientes, queda en manos de la Iglesia, que pasa así a cuidar del alma de los muertos) autorizó al cristianismo a convertirse en un gran propietario rústico entre los siglos VI y XII, afirma Segalen. Para esta autora, la estructura familiar predominante en las sociedades industriales es una figura "efímera" y "transitoria" entre los modelos clásicos y los que están apareciendo actualmente. Se trata, en definitiva, de una tipología de la que no se puede prever el futuro, pero tampoco asegurar su unidad de significado, aclara. Despues de todo, la pregunta sería: ¿la crisis del modelo familiar dominante implica el fin de los lazos familiares como organización humana? Al parecer son dos cosas bien distintas, aunque hay quienes pretendan mezclarlas.
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