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De
familia, Estado y religión
Por
Paloma Martínez*
Que
religión y Estado han compartido desde sus orígenes los
mismos intereses de dominio y control sobre el individuo, aunándose
en un esfuerzo común incluso allí donde los principios aducidos
al efecto resultan en apariencia diversos o incluso contradictorios, es
un hecho hoy día sobradamente estudiado y analizado. Uno de los
testimonios más evidentes de esa connivencia, que localiza en el
espacio de la familia un recurso imprescindible dentro del proceso de
domesticación de los sujetos, se encuentra en los múltiples
alegatos en favor de la salvaguarda de la idea tradicional de la misma
que diversas iglesias vienen efectuando en los últimos tiempos
ante su creciente desvalorización en las sociedades postindustriales.
Hace
pocos años, el Vaticano, a través del Pontificio Consejo
para la Familia, emitió un documento donde declaraba su disconformidad
con la equiparación del matrimonio a las uniones de hecho recién
institucionalizadas(1). Pero lo que de entrada semejaría una declaración
de discordia entre la iglesia católica y el Estado se revela, debidamente
leída, una confirmación de la comunidad de sus causas. Apelando,
más allá de la fe cristiana, a la pura racionalidad, allí
la iglesia se permite recordar al Estado el carácter jurídicamente
contractual del matrimonio como institución fundadora de la familia,
que, convirtiendo a los cónyuges en sujetos tanto de derechos como
de deberes, garantiza el horizonte más adecuado no sólo
a la procreación, sino también a la educación de
los hijos como "lugar primario de transmisión y cultivo del
tejido social, así como núcleo esencial de su configuración".
Frente a la probable volubilidad e inseguridad de las uniones de hecho,
que son cuestión meramente fáctica y carentes de contrato
capaz de instituir responsabilidades, sólo el matrimonio obligaría,
dada su naturaleza pública y formal, a la asunción de compromisos
"relevantes para la sociedad y exigibles en el ámbito jurídico".
Es por ello por lo que la iglesia califica de "peligro social"
–y no de peligro para la fe cristiana o la salvación de las almas–
la nivelación de estos dos posibles vínculos.
Si
bien la promoción institucional de las "uniones de hecho"
responde a un necesario mecanismo de adaptación del Estado a los
nuevos tiempos que corren, se ha de reconocer que semejante reivindicación
de la iglesia acierta de pleno en lo que, paradójicamente, constituye
uno de los pilares para la perpetuación de aquél, a saber,
la familia como esencial vehículo de mediación entre
toda forma de organización política y el individuo(2).
De esta manera, la voluntad de estabilización y mantenimiento de
los roles tradicionales que integran la unidad familiar no supondría,
en el fondo, más que un medio para la preservación de la
propia estabilidad social que, reclamada en este caso por la iglesia,
requiere igualmente el Estado. Y ello porque, como veremos de inmediato,
la familia cumple una doble función indispensable para el ejercicio
del poder.
Cabe
destacar en primer lugar la función económica de la familia
como ámbito de producción y transmisión de bienes.
La idea misma de la propiedad privada deviene impracticable sin ella en
cuanto unidad delimitada y plenamente definida, pues la conservación
e incremento del patrimonio a través de la herencia exige, teniendo
en cuenta el carácter patriarcal de toda sociedad conocida hasta
la fecha, la no siempre obvia identificación por parte del varón
de la propia descendencia y, por tanto, la restricción –principalmente
en la mujer– de las relaciones sexuales al matrimonio. Es entonces esa
valencia claramente económica de la familia la que permitiría
explicar que en la antigua Roma tales restricciones rigieran para las
familias pudientes mientras se aceptaba la promiscuidad de los esclavos,
privados de toda posesión(3). Pero la familia como tal unidad estructurada
es, además, el núcleo básico de producción
de bienes "humanos", esto es, de individuos dispuestos a mantener
con su trabajo el sistema económico en el que han sido engendrados.
No basta para la supervivencia del Estado con la mera procreación
indiscriminada y desregularizada de vástagos sin padre conocido,
cuyo nacimiento fuera de los límites de la familia debe tratar
de reducirse a lo puramente anecdótico en el orden social. Antes
bien, lo que éste necesita son sujetos constituidos, súbditos
del Estado, prestos, si las circunstancias así lo requieren,
incluso a dar su vida por él. Y semejante proceso de constitución
tiene su lugar natural de acaecimiento en la matriz familiar.
El
carácter económico de la familia se liga así intrínsecamente
a lo que podríamos denominar un valor "político",
cuyo descubrimiento corrió en sus inicios a cargo del psicoanálisis.
Es sabido que Freud sitúa en los primeros años de vida la
aparición del llamado "complejo de Edipo", cuya insustituible
función configuradora del sujeto lo determina hasta el punto de
suponer, en el fracaso de su resolución, la raíz de la neurosis
adulta. En el caso del niño varón –al cual nos atendremos
por su mayor simplicidad–, su enamoramiento desmedido de la madre se acompaña
de la percepción del padre como un molesto rival al cual desearía
reemplazar, si no incluso eliminar. Tal hostilidad hacia la figura paterna
debe, sin embargo, enfrentarse al miedo al castigo, a saber, la castración,
que su develamiento conllevaría. La resolución del conflicto
pasará por el reconocimiento de la superioridad del padre, cuyo
amor y protección el niño tampoco quiere perder, pero también
por la introyección de la prohibición que éste representa
en cuanto a la satisfacción de su deseo hacia la madre. El padre
se ha convertido así en la encarnación de la autoridad,
de la ley, y la madre, como su posesión legítima, personificará
la sumisión u obediencia a esa ley. Obediencia que, por otra
parte, habrá quedado a su vez interiorizada por el niño
cuando los instintos agresivos desplegados hacia el padre se vuelvan contra
él mismo y se incorporen a su propio yo a través del surgimiento
del super-yo: en él residirá su recién nacida
conciencia moral, fruto de la internalización de la autoridad paterna
y manifiesta con la aparición del sentimiento de culpa(4).
Al
menos de manera incipiente, el niño ha pasado a ser en ese momento
un sujeto ya constituido, en tanto lleva dentro de sí, de manera
alienable, el principio del respeto y asunción de la autoridad;
ahora es el sumiso portador de una instancia que lo vigila constantemente
y le fuerza a sentirse culpable, a la espera de la sanción correspondiente,
incluso ante la mera intención de oponerse a ella. En el seno
de la familia el niño habrá aprendido, a través del
reconocimiento de la autoridad paterna, el de toda otra forma de autoridad,
cuya desobediencia habrá de pagar con el castigo y la pérdida
de su protección. Pero ese castigo ya se ha impuesto en cierto
modo y ha sido tácitamente aceptado por el individuo bajo la forma
de la primera renuncia al cumplimiento de sus instintos amorosos hacia
el progenitor del sexo contrario, quedando así preparado para las
numerosas abdicaciones de sus deseos –pensemos, por ejemplo, en la condena
al trabajo y la ardua disciplina que precisa– que más tarde le
serán demandadas.
No
es de extrañar entonces que la preservación de la familia
en su versión tradicional, que incluiría la del carácter
simbólico inherente a las figuras paterna y materna, defina la
condición misma de posibilidad de la existencia de toda forma de
poder, inviable sin individuos susceptibles de plegarse a él. Sin
duda a ella ha contribuido esencialmente la idea de un Dios-Padre "que
todo lo ve", no sólo para el psicoanálisis producto
de la proyección al exterior de ese super-yo siempre vigilante
y tan capaz de protección como de punición, pura extensión
analógica de la autoridad paterna. Sólo así se entiende
que, en su "Carta sobre la tolerancia", John Locke abogara en
el siglo XVII por la permisividad dentro de un mismo Estado de cualquier
creencia religiosa con la exclusión única del ateo, pues
el individuo carente del "temor de Dios" representaría
el germen de disolución del orden social. Y precisamente en el
miedo a tal disolución y a los insondables peligros de una vuelta
al estado de naturaleza, que presuntamente superarían todo riesgo
de injusticia social y abuso de poder, se hallaría, como ya señalara
Engels, la más poderosa fuente de legitimidad del Estado(5).
En
este sentido, cabe comprender la coincidencia de las tendencias anarquistas
en la abolición de la familia como premisa básica para la
supresión de las relaciones de poder. Pero tampoco debemos olvidar
que las recreaciones extremas de la imagen del Estado totalitario, fabuladas
por novelistas como George Orwell, han postulado igualmente el debilitamiento
de la familia en favor de una sumisión absoluta a la figura del
líder ajena a todo tipo de mediación paterna. Tal vez desde
la sospecha de que los mecanismos constituyentes de la familia pueden
en ocasiones acabar, paradójicamente, jugando en contra del poder.
O quizás desde la conciencia de la complejidad que entraña
toda relación humana habitada por sentimientos tan contradictorios
como los generados en ella. El problema sigue, por tanto, abierto a la
reflexión, y todavía más ahora, cuando las constantes
transformaciones sociales no dejan de impulsar otros modelos de familia.
*
Es doctora en Filosofía por la Universidad de Valencia.
1
Se trata del documento «Familia, matrimonio y “uniones de hecho”»,
emitido por el Vaticano el 26 de Julio de 2000.
2 Agustín García Calvo: "Familia: la idea y los sentimientos".
Lucina, Zamora, 1983
3 Fernando Savater: "Los diez mandamientos en el siglo XXI".
Debate, Barcelona, 2004
4 Sigmund Freud: "El malestar de la cultura". Alianza, Madrid,
1994.
5 Engels, Friedrich: "Anti-Dühring. Ayuso", Madrid, 1978.

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