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De familia, Estado
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La familia nuclear, ¿un modelo en crisis? Los cambios en la concepción de la familia contemporánea considerada "normal" son producto de fenómenos sociales y culturales. Varios autores los han estudiado y han explicado situaciones que desconciertan a muchos; y que distan de ser tan catastróficas como algunos pretenden.
Juan Pablo Palladino
La desmodernización se define por la disociación, propia de un mundo globalizado, entre la economía (ahora dirigida por fuerzas internacionales) y las culturas locales. Estas últimas no son, según Tourine, una ideología o una visión del mundo, sino "la asociación de técnicas de utilización de recursos naturales, modos de integración a una colectividad y referencias a una concepción del Sujeto, religiosa o humanitaria". Ambas partes, otrora conectadas y correspondientes según cada lugar, en la actualidad se rompen y dan paso a dos fenómenos bien definidos: la desinstitucionalización y la desocialización. Se trata del desvanecimiento de dos procesos que en el ideal moderno conectaban al individuo con la sociedad, con el conjunto en el cual imperaba la noción de bien común y la prerrogativa de que los actos individuales debían estar supeditados a la persecución de la satisfacción del mismo. El primero, la desinstitucionalización, se define por la desaparición o debilitamiento de las normas sociales protegidas legalmente y, sobre todo, por la extinción de los juicios de normalidad. Se abre así el camino para la convivencia de varios tipos de organización social y conductas culturales. Esto resulta a la vez liberalizador y angustiante. En esta línea, la familia ya no se definiría en términos institucionales, sino más bien en "términos de comunicación", señala Tourine, e incluso a partir de los intereses propios de sus miembros. Por ello, se empiezan a colocar cada vez con mayor rapidez distintos tipos de organizaciones (monoparentales, recompuestas u homosexuales) bajo la categoría de familia. Por otra parte, la desocialización hace referencia a la desaparición de los roles, normas y valores sociales que otrora eran incorporados por el individuo para forjar su personalidad y que construían el mundo vivido. Es una consecuencia directa de la desinstitucionalización de la economía, la política y la religión. Y ello, porque la producción era entendida como un sistema de relaciones sociales y, ahora, con la dimensión internacional de la economía (su deslocalización, el no pertenecer a un lugar definido), las nuevas técnicas y los movimientos especulativos, la producción se distancia de ese complejo de relaciones que la constituía. "En esas condiciones, o bien el individuo se reduce a un mosaico de comportamientos diversos que no pueden generar ningún principio de unidad de la personalidad", o bien busca esa unidad en alguna herencia cultural, algún elemento de su cultura, como la lengua, parte de la historia, etcétera, indica el sociólogo. Su argumento central es que la economía ya no es un sistema social, sino un sistema de flujos desconectado de los sistemas culturales. Esto se refleja claramente en las experiencias personales, donde los puntos de referencia social que antes ayudaban a formar la personalidad ahora no están nada claros. Sin duda, se trata de una situación que, por un lado, genera una sensación de autonomía absoluta, de pertenecer a todas partes y de poder aferrarse a lo que más guste. Pero, por otra, es generadora de una angustiante incertidumbre. En este mare mágnum, la imagen de la familia moderna tradicional cae en picado junto a las de otras instituciones que cumplieron un rol preponderante en la sociedad moderna, como la escuela, los sindicatos y los partidos políticos. La crisis institucional de la familia implica que las preocupaciones se enfoquen hacia "la formación del individuo como sujeto". De ahí, que hoy se hable más de los efectos de una familia enferma que de una familia tiránica, señala Tourine, quien se niega a mirar la descomposición de las instituciones como algo negativo. Prefiere, en este sentido, hablar de "mutación": surge un "nuevo paisaje cultural y social" que pone en primer plano al Sujeto ocupando el lugar central que antes correspondía a la sociedad. Para el sociólogo estadounidense Daniel Bell, se trata la actual de una sociedad en rápido cambio, que se caracteriza por ser compleja, estar compuesta por múltiples grupos y ser socialmente móvil. En este contexto, las lógicas de instituciones sociales como la iglesia, la familia y la escuela, que residían en transmitir los "hábitos establecidos" de la sociedad, se ven corroídas por la confusión con respecto a los modos apropiados de comportarse, los gustos y hasta la vestimenta. "Una persona socialmente móvil no dispone de ninguna guía para adquirir nuevo conocimiento sobre cómo vivir mejor que antes" (2). PAREJAS IRRECONCILIABLES Otros autores también se han ocupado del nutrido panorama familiar contemporáneo. Una de las obras más relevantes de los últimos tiempos es la de Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim, quienes analizan los cambios en la familia desde el punto de vista de las caóticas relaciones de pareja (3). Los autores centran su análisis en el concepto de individualización, fundamental para entender su teoría: "(...) La biografía del ser humano se desliga de los modelos y de las seguridades tradicionales, de los controles ajenos y de las leyes morales generales y, de manera abierta y como tarea, es adjudicada a la acción y a la decisión individual". Lo cual significa que las personas tiene ahora, mucho más que antes, la posibilidad de autoconstruir su vida, de desprenderse de las imposiciones morales del pasado que "alumbraban" el camino correcto a seguir en cada caso: según se fuera hombre, mujer, hijo, pobre, rico, etcétera. Los conflictos amorosos se acentúan, y esto es fácil de percibir por medio de las estadísticas de divorcios que van en aumento y, también, de los residentes solitarios, aquellas personas que viven solas. Para Beck y Beck-Gernsheim, los conflictos de género de la actualidad ofrecen una explicación teórico social apoyada en tres tesis:
Como se observa, la liberación femenina tiene una posición destacada en el panorama actual. Este proceso de liberación con respecto a lo que implicaba el estamento de la mujer en la sociedad industrial, se asienta sobre cinco pilares: aumento de la esperanza de vida, descalifiación del trabajo domestico, anticoncepción, derecho al divorcio, participación en la enseñanza y en la profesión. Beck y Beck-Gernsheim explican que la sociedad industrial al formarse conllevaba también una estructura estamental. Esto es clave para entender la existencia de clase sociales bien definidas y de roles de género entonces incuestionables. La modernización trajo aparejada la contramodernización. Si bien disolvió las relaciones feudales de las sociedades agrarias, también creó otras relaciones feudales que "hoy empieza, nuevamente, a disolver". Lo claro, para estos autores, es que la igualdad de género no se puede conseguir en estructuras institucionales que presupongan la desigualdad, como la familia nuclear con su lógica tradicional que reivindican ciertos discursos como el de la Iglesia católica. Desde su teoría posmoralista -sociedades donde el espíritu del deber se debilita en pos del reclamo de derechos individuales-, Gilles Lipovetsky se refiere a "la familia a la carta". Según él, "celebramos la familia, pero bastante menos las obligaciones incondicionales" (4). En el orden posmoralista, la familia deja de ser un fin en sí misma, para convertirse en una "prótesis individualista" donde prevalecen los derechos subjetivos sobre las obligaciones categóricas, dice. Así se explica, por ejemplo, el fenómeno del hijo a medida: cuando se quiera, y en el número que se quiera. "Ya no se respeta la familia en sí, sino la familia como instrumento de realización de las personas", señala Lipovetsky. EL INDIVIDUO COMO CÉLULA BÁSICA El sociólogo Lluís Flaquer también hace referencia a una realidad donde se observan sociedades cada vez más individualistas donde "las relaciones humanas están crecientemente sometidas a las reglas del mercado". Para Flaquer, las instituciones tradicionales que mantenían unido el tejido social están cediendo terreno al mercado y a la ley (el Estado). A tal punto, que llega a afirmar: "Estamos pasando de una sociedad compuesta por familias a otra compuesta por individuos (...). En nuestra sociedad la célula básica ha dejado de ser la familia; ahora son los individuos" (5). En los comienzos de la industrialización, la familia cumplía papeles económicos y políticos, ya que su mediación permitía que los miembros del hogar formaran parte de la sociedad más amplia. Pero en una sociedad individualizada, argumenta, donde las personas se integran a la sociedad a través del mercado (como consumidores y trabajadores) y del Estado (como ciudadanos con igualdad ante la ley), la estructura de familia nuclear tradicional, y la división interna de trabajo (por género e, incluso, por edad en los hermanos) que exigía, ya no tiene sentido. Ahora la división del trabajo es externa a la familia: por clases, ocupaciones, regiones, etcétera. Y "la dependencia de una unidad familiar ya no es un requisito vital esencial para nuestra existencia", asegura Flaquer. ¿Pero, si esto es así, por qué las encuestas en las sociedades occidentales reflejan una creciente importancia de la familia para la gran mayoría de las personas? ¿No existe una contradicción entre este dato y el creciente número de divorcios? En parte, el análisis de Lipovetsky antes comentado entrega líneas para para entender este fenómeno. Por su lado, Beck y Beck-Gernsheim, explican que esta aparente contradicción es el reflejo de un dilema bien actual, favorecido por las posibilidades de autodeterminación de la propia vida (6). Aquí confluyen, no pasivamente, entre otras, las condiciones de extrema movilidad y dedicación que se exige a cada individuo en el trabajo y la preparación profesional (donde cada uno despliega sus intenciones de realización personal). Y, por otro, la necesidad de encontrar un amparo identitario y emocional en el seno familiar frente a un mundo aturdido y falto de referencias claras. La dependencia del mercado laboral requiere independencia familiar. Mientras que la familia, cualquiera sea su forma, no deja de ser para el ser humano un ámbito de resguardo y contención insoslayable. ¿Cómo conciliar ambas necesidades? Así como se dan cada vez más divorcios, también se dan sucesivas uniones. En la actualidad, sostienen los autores, se da una liberación del amor frente a la destradicionalización de las instituciones modernas. Impera la religión del amor, que empezó a fraguarse con la modernidad, pero que hoy adquiere un estatus más alto: "Cuando más referentes se pierden para la estabilidad, más dirigimos hacia la pareja la necesidad que sentimos de dar arraigo y sentido a nuestra vida", aseguran. Esto es tan así que las irreconciliables negociaciones de pareja no hacen que mengüe la importancia que se le da a la organización familiar. Paradoja: "La disolución y la idolatría de la familia y del matrimonio". En este orden, el hijo también aparece para muchas personas como la respuesta a la necesidad de dar sentido a su propia existencia. Ante la pérdida de referencias en un mundo globalizado sujeto a fuertes cambios y desconectado de las realidades locales, las instituciones de antaño son muchas veces aclamadas; "son asideros para evitar caer en la nada" (7). Pero frente a esta realidad, los discursos apocalípticos no ayudan y, además, se descubren impotentes. Sobre todo, porque los mitos aparecen como su arma principal. Como señala Anthony Giddens, "no es posible un retorno a la familia tradicional" porque esta tipología, "o bien nunca existió tal como se la presenta", o porque "las facetas represivas" contenidas en las familias del pasado (en el caso de las mujeres, por ejemplo) "serían actualmente intolerables". Además, los procesos sociales que dieron lugar a las nuevas configuraciones son "irreversibles". Si bien las tendencias que reflejan las costumbres sexuales, los matrimonios y las familias permiten la satisfacción de la autorrealización de unos, también generan profundas ansiedades en otros. En cualquier caso, a ojos de este sociólogo, "(...) no resolveremos nuestros problemas mirando al pasado. Es preciso hallar un equilibrio entre las libertades individuales que todos valoramos (...) y la necesidad de establecer relaciones estables y duraderas con otras personas" (8).
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