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Charada y fonda Alberto Olmos El nepotismo siempre ha facilitado los castings. La labor de seleccionar al actor adecuado sería imposible si el director hubiera de elegir entre miles de aspirantes, y no entre las diversas ramas de su árbol familiar. Desde cineastas que adaptan novelas y cambian el sexo del protagonista (para que lo pueda interpretar su mujer) a productores que sufragan los pujos artísticos de un vástago sin ocupación, la historia del cine viene vertebrada por este sistema de enchufismo sin complejos que, si bien ha dado de comer a numerosos holgazanes, no parece muy rentable en términos de calidad estética. Desde los hermanos Marx a los hermanos Baldwin, hay decenas de familias dedicadas en masa a la elaboración de películas. Muchos de estos clanes cinemáticos subsisten gracias al prestigio inamovible del patriarca. Después de cubrir de laurel un apellido, y de haber puesto dicha etiqueta en un amplio ramillete de títulos, el fundador del clan deja asegurado el porvenir en el sector a dos o tres generaciones de su familia. Sin embargo, la evolución del patronímico no sigue las pautas del mundo empresarial, donde, según dicen, el negocio creado por el padre alcanza su máximo de beneficios con el hijo, y sólo con el nieto empieza a naufragar. En el cine, el hundimiento del tinglado se produce al instante. La saga de los Fonda es un buen ejemplo de estas afirmaciones. Su apellido lleva pululando por los títulos de crédito desde los inicios del cine sonoro, y aún tiene cuerda para rato. Todo comenzó con Henry Fonda (1905-1982), cuyos dos hijos, Jane (1937) y Peter (1939), también se dedicaron a la actuación. Jane se casó tres veces (con Roger Vadim, 1965; con Tom Hayden, 1973; y con Ted Turner, 1991) y se separó otras tres. Con Roger Vadim tuvo una hija, Vanessa, y con Tom Hayden un hijo, Troy Garity, ambos actores hoy día. Por su parte, Peter Fonda contrajo matrimonio en un par de ocasiones (Susan Brewer, 1961; Portia Rebecca Crockett, 1975), y no perdió la oportunidad de divorciarse en ambos casos. De su primer matrimonio, brotaron dos actores: Bridget Fonda (1964), actual esposa del compositor Danny Elfman, y Justin Fonda (1968). Henry Fonda Como James Stewart, Henry Fonda era el rostro que necesitaba Hollywood para encarnar al americano honesto y trabajador, heredero del espíritu de los padres fundadores de la patria. No en vano, uno de sus primeros papeles protagonistas lo encontramos en El joven Lincoln (1939), de John Ford. En esta película, Henry Fonda imparte justicia rural entre los habitantes de Kentucky antes de partir hacia Springfield para ejercer de abogado. Allí, un caso de asesinato dará la oportunidad al pueblo americano de conocer la honda sabiduría del barbado Abraham y de apreciar sus cualidades como futurible presidente del país. En su siguiente colaboración con John Ford, Henry Fonda se mudó de la Casa Blanca a una chabola, pero mantuvo su inmaculado rimero de principios. Las uvas de la ira (1940), adaptación de la novela de John Steinbeck, aborda la crisis económica del mundo rural y las injusticias y atropellos que han de sufrir las gentes humildes. La película es un retrato bienintencionado de esa entelequia llamada pueblo y, en su última escena, hace un alegato populista algo sonrojante. De hecho, no venía en la obra de Steinbeck que, como todo escritor implacable, era pesimista. Salvo el final, Las uvas de la ira es una película excepcional, tanto por la crudeza de algunas escenas como por la filmación sobria y descarnada que realiza Ford. El personaje de Henry Fonda, Tom Joad, dice cosas como éstas: «Estaré por ahí, donde haya una lucha para que la gente pueda comer, donde un policía golpee a un tipo; allí estaré. Y cuando la gente pueda comer lo que siembra y vivir en las casas que levantan con sus manos, también me tendrán allí.» Con semejante clarividencia moral, Henry Fonda no podía eludir por mucho tiempo un personaje a su medida: el de sheriff. En Pasión de los fuertes (My darling Clementine, 1946), el honorable Fonda se cuelga la estrella de hojalata para librar a Tombstone de la piara maligna de los Clanton. La película recrea el famoso episodio histórico de OK Corral, donde Wyatt Earp (Fonda) y sus hermanos se citaron con los Clanton para dirimir a tiros sus diferencias. Pasión de los fuertes está considerado uno de los mejores westerns de John Ford, es decir, de la historia del cine, y sólo su título en español viene a entorpecer su perfección. La filmografía de Henry Fonda siguió creciendo a las órdenes de Otto Preminger (Daisy Kenyon), otra vez John Ford (Fort Apache, El fugitivo), King Vidor (Guerra y paz), Alfred Hitchcock (The wrong man) y la primera película de Sidney Lumet (Stage Stuck) director que en su siguiente largometraje, Doce hombres sin piedad, descubrió su particular mina de oro: los dramas procesales. En ella, contó también con Henry Fonda, quien cinceló uno de sus personajes más recordados, el del jurado que trata de convencer a sus once compañeros de la inocencia de un portorriqueño acusado de asesinato. Nuevamente, Henry Fonda es el representante de la Justicia en la Tierra y, dado que también era el productor de la cinta, no le costó demasiado cambiar el voto de los demás personajes. En la década de los sesenta, llegó el turno de las películas ambientadas en la II Guerra Mundial (El día más largo, Battle of the Budge), aunque también tuvo ocasión de hacer un par de westerns: Érase una vez en el Oeste (1968, Sergio Leone) y El día de los tramposos (1970, Joseph L. Mankiewicz). En éstas dos últimas, dio vida por primera vez a un hombre corrupto, lo que fue una premonición de su decadencia profesional. No en vano, empezó a hacer televisión y apareció interpretándose a sí mismo en Fedora (1978), de Billy Wilder, en uno de esos papeles que el director de origen austríaco reservaba en sus películas (véase Buster Keaton en Sunset Boulevard) a los grandes actores que habían pasado a la Historia.
El primer hijo de Henry cuenta en su filmografía con tantos desastres cinematográficos como obras maestras engrosan la del padre. Sin embargo, ha encontrado un rinconcito en la enciclopedia del séptimo arte gracias a una de esas películas que toman el pulso de toda una generación. En su caso, se trata de Easy Rider (1969), una estupefaciente road movie llena de motos, rock and roll y carretera, dirigida por Dennis Hooper e idolatrada internacionalmente sin que el que esto escribe sepa muy bien por qué. Ahíta de LSD, coca y marihuana, Easy rider fue la continuación natural de El viaje (1967), película en la que Peter Fonda y Jack Nicholson contribuyeron a poner un brillante punto final a la carrera como director del mítico Roger Corman. Después el primogénito de los Fonda se entregó a producciones variopintas, desde la ciencia ficción a la comedia romántica, con incursiones en el género del terror o el thriller. Ya en la década de los noventa, interviene en dos obras más que memorables. Por un lado, Víctor Nuñez le hace protagonista de El oro de Ulises (1997) y Peter Fonda da lo mejor de sí hasta el punto de acariciar la estatuilla. Dos años después, un personaje secundario en El halcón inglés, de Steven Soderberg, nos muestra a Peter Fonda en un registro a su medida: el de disoluto burgués con casa en California y novia despampanante veinte años más joven que él. La película es interesante, aunque algo rácana narrativamente, y en ella se aprecia sobre todo el talento visual de un Soderberg en su obra más existencialista. Peter Fonda sigue en activo y se prepara ahora para protagonizar la segunda película de otra enchufada, Asia Argento, hija del director de películas de terror y vello púbico Dario Argento. De la conjunción de ambos apellidos puede salir cualquier cosa.
Jane no lo tuvo claro hasta 1983, cuando dejó de rodar películas y se puso las mallas para enseñar aeróbic a las mujeres de todo el mundo. Esta visionaria misión la compaginó, sin sonrojo alguno, con la militancia activa en movimientos pacifistas y en actividades filantrópicas varias. Incluso su último matrimonio, con el magnate Ted Turner, puede interpretarse como un acto de amor a la Humanidad, dado que el señor Turner realizó estratosféricos donativos mientras Jane Fonda jugaba al tenis en sus mansiones. El camino hasta los vídeos de gimnasia casera fue largo. Mujer de gran belleza, Jane Fonda no pudo librarse de papeles románticos como el de Descalzos por el parque (1967), junto a Robert Redford, o personajes hipersexys como el de Barbarella (1968), dirigida por su marido Roger Vadim. Danzad, danzad, malditos (1969, Sydney Pollack), fue su gran película. Ambientada en la depresión económica de los años 30, ésta cuenta la historia de una pareja que participa en un maratón de baile con el sudoroso objetivo de conseguir un poco de dinero. Intensa y emotiva, la hermana de Peter también merodeó el oscar, que fue a parar finalmente a las manos de Maggie Smith por Los mejores años de Miss Brodie. Sin embargo, Jane entró en racha e intervino en varios títulos de calidad: Klute, De Alan J. Pakula, Julia, de Fred Zinneman, El regreso, de Hal Ashby, y El síndrome de China, de James Bridges. Curiosamente la nominaron al oscar en todas ellas, y ganó en dos ocasiones, con Klute, un thriller sucio desarrollado en Manhattan, y con El regreso, un retrato de la vuelta a casa de los ex-combatientes del Vietnam. Después de trabajar con su padre en El estanque dorado (1981), Jane Fonda se decantó definitivamente por los estiramientos y los divorcios, y ahí ha continuado hasta hoy en día que prepara su vuelta al celuloide con Monster-in-law, muslo a muslo con Jennifer López.
Bridget, la hija de Peter Fonda, es una actriz estimable. Saltó a la fama con la película de Barbet Schroeder Mujer blanca soltera busca (1992) y su mejor actuación se produjo a las órdenes de Sam Raimi en su níveo thriller Un plan sencillo (1998). También su papel en Jackie Brown (1997), breve y sexy, se cuenta entre sus trabajos más destacados. Heredera de una belleza de niña-bien, Bridget resulta convincente interpretando a mujeres frías y tristes, lo cual, sin duda, debe de serle muy útil para librarse de los típicos papeles decorativos que Hollywood reserva a las actrices atractivas. En mi opinión, después de Henry Fonda, Bridget es el único talento real que ha dado esta familia. Por último, un somero apunte sobre Vanessa y Troy. Ya sus nombres indigestan un poco, pues parecen diseñados para quedar bien en un anuncio de perfume. Vanessa Vadim ha hecho poco cine. Apareció en el documental La última fiesta (1993) y nueve años después dirigió ella misma uno sobre edredones, Quilts of Gee`s Bend. Por su parte, Troy Garity, ha participado en telefilmes de vaqueros y en películas como Bandidos, junto a Bruce Willis, o comedias como La barbería (Barbershop), siempre en papeles secundarios.
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