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La familia y una más

Secretos de familia

Charada y Fonda

Desdomesticar la percepción
Entrevista a Lucrecia Martel
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Charada y Fonda

El
nepotismo siempre ha facilitado los castings. La labor de seleccionar
al actor adecuado sería imposible si el director hubiera de elegir
entre miles de aspirantes, y no entre las diversas ramas de su árbol
familiar. Desde cineastas que adaptan novelas y cambian el sexo del
protagonista (para que lo pueda interpretar su mujer) a productores
que sufragan los pujos artísticos de un vástago sin ocupación,
la historia del cine viene vertebrada por este sistema de enchufismo
sin complejos que, si bien ha dado de comer a numerosos holgazanes,
no parece muy rentable en términos de calidad estética.
Desde los hermanos Marx a los hermanos Baldwin,
hay decenas de familias dedicadas en masa a la elaboración de
películas. Muchos de estos clanes cinemáticos subsisten
gracias al prestigio inamovible del patriarca. Después de cubrir
de laurel un apellido, y de haber puesto dicha etiqueta en un amplio
ramillete de títulos, el fundador del clan deja asegurado el
porvenir en el sector a dos o tres generaciones de su familia. Sin embargo,
la evolución del patronímico no sigue las pautas del mundo
empresarial, donde, según dicen, el negocio creado por el padre
alcanza su máximo de beneficios con el hijo, y sólo con
el nieto empieza a naufragar. En el cine, el hundimiento del tinglado
se produce al instante.
La saga de los Fonda es un buen ejemplo de estas
afirmaciones. Su apellido lleva pululando por los títulos de
crédito desde los inicios del cine sonoro, y aún tiene
cuerda para rato. Todo comenzó con Henry Fonda (1905-1982), cuyos
dos hijos, Jane (1937) y Peter (1939), también se dedicaron a
la actuación. Jane se casó tres veces (con Roger Vadim,
1965; con Tom Hayden, 1973; y con Ted Turner, 1991) y se separó
otras tres. Con Roger Vadim tuvo una hija, Vanessa, y con Tom Hayden
un hijo, Troy Garity, ambos actores hoy día. Por su parte, Peter
Fonda contrajo matrimonio en un par de ocasiones (Susan Brewer, 1961;
Portia Rebecca Crockett, 1975), y no perdió la oportunidad de
divorciarse en ambos casos. De su primer matrimonio, brotaron dos actores:
Bridget Fonda (1964), actual esposa del compositor Danny Elfman, y Justin
Fonda (1968).
Henry Fonda
Como James Stewart, Henry Fonda era el rostro
que necesitaba Hollywood para encarnar al americano honesto y trabajador,
heredero del espíritu de los padres fundadores de la patria.
No en vano, uno de sus primeros papeles protagonistas lo encontramos
en El joven Lincoln (1939), de John Ford. En esta película,
Henry Fonda imparte justicia rural entre los habitantes de Kentucky
antes de partir hacia Springfield para ejercer de abogado. Allí,
un caso de asesinato dará la oportunidad al pueblo americano
de conocer la honda sabiduría del barbado Abraham y de apreciar
sus cualidades como futurible presidente del país.
En su siguiente colaboración con John
Ford, Henry Fonda se mudó de la Casa Blanca a una chabola, pero
mantuvo su inmaculado rimero de principios. Las uvas de la ira
(1940), adaptación de la novela de John Steinbeck, aborda la
crisis económica del mundo rural y las injusticias y atropellos
que han de sufrir las gentes humildes. La película es un retrato
bienintencionado de esa entelequia llamada pueblo y, en su última
escena, hace un alegato populista algo sonrojante. De hecho, no venía
en la obra de Steinbeck que, como todo escritor implacable, era pesimista.
Salvo el final, Las uvas de la ira es una película excepcional,
tanto por la crudeza de algunas escenas como por la filmación
sobria y descarnada que realiza Ford. El personaje de Henry Fonda, Tom
Joad, dice cosas como éstas: «Estaré por ahí,
donde haya una lucha para que la gente pueda comer, donde un policía
golpee a un tipo; allí estaré. Y cuando la gente pueda
comer lo que siembra y vivir en las casas que levantan con sus manos,
también me tendrán allí.»
Con semejante clarividencia moral, Henry Fonda
no podía eludir por mucho tiempo un personaje a su medida: el
de sheriff. En Pasión de los fuertes (My darling Clementine,
1946), el honorable Fonda se cuelga la estrella de hojalata para librar
a Tombstone de la piara maligna de los Clanton. La película recrea
el famoso episodio histórico de OK Corral, donde Wyatt
Earp (Fonda) y sus hermanos se citaron con los Clanton para dirimir
a tiros sus diferencias. Pasión de los fuertes está
considerado uno de los mejores westerns de John Ford, es decir, de la
historia del cine, y sólo su título en español
viene a entorpecer su perfección.
La filmografía de Henry Fonda siguió
creciendo a las órdenes de Otto Preminger (Daisy Kenyon),
otra vez John Ford (Fort Apache, El fugitivo), King Vidor
(Guerra y paz), Alfred Hitchcock (The wrong man) y la
primera película de Sidney Lumet (Stage Stuck) director
que en su siguiente largometraje, Doce hombres sin piedad, descubrió
su particular mina de oro: los dramas procesales. En ella, contó
también con Henry Fonda, quien cinceló uno de sus personajes
más recordados, el del jurado que trata de convencer a sus once
compañeros de la inocencia de un portorriqueño acusado
de asesinato. Nuevamente, Henry Fonda es el representante de la Justicia
en la Tierra y, dado que también era el productor de la cinta,
no le costó demasiado cambiar el voto de los demás personajes.
En la década de los sesenta, llegó
el turno de las películas ambientadas en la II Guerra Mundial
(El día más largo, Battle of the Budge),
aunque también tuvo ocasión de hacer un par de westerns:
Érase una vez en el Oeste (1968, Sergio Leone) y El
día de los tramposos (1970, Joseph L. Mankiewicz). En éstas
dos últimas, dio vida por primera vez a un hombre corrupto, lo
que fue una premonición de su decadencia profesional. No en vano,
empezó a hacer televisión y apareció interpretándose
a sí mismo en Fedora (1978), de Billy Wilder, en uno de
esos papeles que el director de origen austríaco reservaba en
sus películas (véase Buster Keaton en Sunset Boulevard)
a los grandes actores que habían pasado a la Historia.
Peter Fonda
El primer hijo de Henry cuenta en su filmografía
con tantos desastres cinematográficos como obras maestras engrosan
la del padre. Sin embargo, ha encontrado un rinconcito en la enciclopedia
del séptimo arte gracias a una de esas películas que toman
el pulso de toda una generación. En su caso, se trata de Easy
Rider (1969), una estupefaciente road movie llena de motos,
rock and roll y carretera, dirigida por Dennis Hooper e idolatrada internacionalmente
sin que el que esto escribe sepa muy bien por qué.
Ahíta de LSD, coca y marihuana, Easy rider fue la continuación
natural de El viaje (1967), película en la que Peter Fonda
y Jack Nicholson contribuyeron a poner un brillante punto final a la
carrera como director del mítico Roger Corman.
Después
el primogénito de los Fonda se entregó a producciones
variopintas, desde la ciencia ficción a la comedia romántica,
con incursiones en el género del terror o el thriller. Ya en
la década de los noventa, interviene en dos obras más
que memorables. Por un lado, Víctor Nuñez le hace protagonista
de El oro de Ulises (1997) y Peter Fonda da lo mejor de sí
hasta el punto de acariciar la estatuilla. Dos años después,
un personaje secundario en El halcón inglés, de
Steven Soderberg, nos muestra a Peter Fonda en un registro a su medida:
el de disoluto burgués con casa en California y novia despampanante
veinte años más joven que él. La película
es interesante, aunque algo rácana narrativamente, y en ella
se aprecia sobre todo el talento visual de un Soderberg en su obra más
existencialista.
Peter Fonda sigue en activo y se prepara ahora
para protagonizar la segunda película de otra enchufada, Asia
Argento, hija del director de películas de terror y vello púbico
Dario Argento. De la conjunción de ambos apellidos puede salir
cualquier cosa.
Jane Fonda
Jane no lo tuvo claro hasta 1983, cuando dejó
de rodar películas y se puso las mallas para enseñar aeróbic
a las mujeres de todo el mundo. Esta visionaria misión la compaginó,
sin sonrojo alguno, con la militancia activa en movimientos pacifistas
y en actividades filantrópicas varias. Incluso su último
matrimonio, con el magnate Ted Turner, puede interpretarse como un acto
de amor a la Humanidad, dado que el señor Turner realizó
estratosféricos donativos mientras Jane Fonda jugaba al tenis
en sus mansiones.
El camino hasta los vídeos de gimnasia
casera fue largo. Mujer de gran belleza, Jane Fonda no pudo librarse
de papeles románticos como el de Descalzos por el parque
(1967), junto a Robert Redford, o personajes hipersexys como el de Barbarella
(1968), dirigida por su marido Roger Vadim. Danzad, danzad, malditos
(1969, Sydney Pollack), fue su gran película. Ambientada en la
depresión económica de los años 30, ésta
cuenta la historia de una pareja que participa en un maratón
de baile con el sudoroso objetivo de conseguir un poco de dinero. Intensa
y emotiva, la hermana de Peter también merodeó el oscar,
que fue a parar finalmente a las manos de Maggie Smith por Los mejores
años de Miss Brodie. Sin embargo, Jane entró en racha
e intervino en varios títulos de calidad: Klute, De Alan
J. Pakula, Julia, de Fred Zinneman, El regreso, de Hal
Ashby, y El síndrome de China, de James Bridges. Curiosamente
la nominaron al oscar en todas ellas, y ganó en dos ocasiones,
con Klute, un thriller sucio desarrollado en Manhattan, y con
El regreso, un retrato de la vuelta a casa de los ex-combatientes
del Vietnam.
Después de trabajar con su padre en El
estanque dorado (1981), Jane Fonda se decantó definitivamente
por los estiramientos y los divorcios, y ahí ha continuado hasta
hoy en día que prepara su vuelta al celuloide con Monster-in-law,
muslo a muslo con Jennifer López.
Britget Fonda, Vanessa Vadim y Troy Garity
Bridget, la hija de Peter Fonda, es una actriz
estimable. Saltó a la fama con la película de Barbet Schroeder
Mujer blanca soltera busca (1992) y su mejor actuación
se produjo a las órdenes de Sam Raimi en su níveo thriller
Un plan sencillo (1998). También su papel en Jackie
Brown (1997), breve y sexy, se cuenta entre sus trabajos más
destacados. Heredera de una belleza de niña-bien, Bridget resulta
convincente interpretando a mujeres frías y tristes, lo cual,
sin duda, debe de serle muy útil para librarse de los típicos
papeles decorativos que Hollywood reserva a las actrices atractivas.
En mi opinión, después de Henry Fonda, Bridget es el único
talento real que ha dado esta familia.
Por último, un somero apunte sobre Vanessa
y Troy. Ya sus nombres indigestan un poco, pues parecen diseñados
para quedar bien en un anuncio de perfume. Vanessa Vadim ha hecho poco
cine. Apareció en el documental La última fiesta
(1993) y nueve años después dirigió ella misma
uno sobre edredones, Quilts of Gee`s Bend. Por su parte, Troy
Garity, ha participado en telefilmes de vaqueros y en películas
como Bandidos, junto a Bruce Willis, o comedias como La barbería
(Barbershop), siempre en papeles secundarios.
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