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La familia y una más

Secretos de familia

Charada y Fonda

Desdomesticar la percepción
Entrevista a Lucrecia Martel
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Secretos
de familia

¿Secretos de familia? Yo te
voy a contar secretos de familia.
¿Qué vas a hacer?
Voy a explicarte cosas sobre la familia. Esa santa institución
sirve para inculcar la virtud en los salvajes. Santa familia. Templo
de los buenos ciudadanos. Los niños son torturados hasta que
confiesan su primera mentira. Donde la voluntad se quiebra bajo la represión.
Donde la libertad es asesinada por el egoísmo. Familia... dais
asco. Me cago en todos vosotros... Maldita familia.
(1972, mientras Marlon Brando usa de una manera
tan innovadora y peculiar la mantequilla, que muchos españoles
frecuentaron raudos las salas francesas)
El
vacío de un apartamento se ve truncado por la visita de un extraño
inquilino. El mobiliario cubierto de sábanas y el polvo reinante
adornan un paisaje inerte. Esa tranquilidad contrasta con el interior
del personaje: un tipo atractivo y corpulento que arrastra una historia
personal marcada por tremendos sucesos familiares como el aún
cercano suicidio de su esposa, y cuyos recuerdos le afligen y
le obligan a revivir momentos vergonzosos que bien quisiera olvidar.
Necesita un escape, una salida ante aquel tormento diario proveniente
de su juventud y su vida matrimonial. Un doble fracaso: uno, por una
educación trasnochada; el otro, por una infidelidad incomprendida,
la de su mujer con uno de sus vecinos.
A del paso del tiempo transcurrido, El
último tango en París (Ultimo tango a Parigi,
1972) se ha mantenido como una obra escandalosa. En el 2002, durante
la Mostra de Valencia. Cinema del Mediterrani (1),
esta película obtuvo la sonora protesta del mismísimo
arzobispo de Valencia, así como de otras instituciones afines
a éste, quizá por el estridente «¡Me cago
en Dios!» con que ésta comienza. En fin, una irrupción
más de la Iglesia contra una supuesta decadencia moral,
pese a la legitimidad de la Mostra en ofrecer a su público cine
del bueno. La película se recuerda por su erotismo, por la falta
de pudor de la cámara ante el cuerpo desnudo de Maria Schneider
quien monopoliza esas secuencias, y casi nunca por otras
cuestiones que también aborda, quizá no tan obvias, pero
igual de importantes. La crítica, en general, se ha ceñido
al desenfrenado deseo sexual de sus personajes en un lugar alejado de
toda temporalidad y recuerdo, sin atender a que este guión buscaba
romper con el sentido tradicional de lo obsceno aun de modo machista,
pues se ciñe al cuerpo de ella, sin entender que la película,
en definitiva, era un ataque en toda regla contra la institución
familiar. El sexo, fundamentalmente el extra matrimonial, siempre ha
sido un tema difícil; tanto que suele quedar fuera de temario
en la tarea de educar a nuestros hijos. Aunque esté hoy ya superada,
resulta también evidente que la fotografía pretendía
desbaratar los tabúes familiares reinantes en 1972.
Nos
encontramos con un protagonista que carga con un sobrecogedor hastío
hacia la cordialidad y la hipocresía. Un personaje que se pregunta
cómo pudo engañarle su esposa con un patán cuyas
semejanzas con él eran obvias. ¿Qué pudo ocurrir
para que decidiese acabar de una vez con su vida sin dar explicación
alguna? Y en el análisis huye despavorido de su pasado, para
darse de bruces con Jeanne. Marlon Brando fallecido hace bien
poco y recordado ahora tras dos décadas de olvido dio vida
a un personaje que sigue la estela de muchos de los que interpretó
Humphrey Bogart: un tipo duro con ingratas y abundantes experiencias,
revolucionario en Sudamérica, boxeador y viajero. Y ella, una
burguesita dispuesta a desfogarse con aquel desconocido, a pesar de
mantener una relación tan estable como pintoresca con un aspirante
a director de cine: un soñador de dudoso talento, cuyo romanticismo
y su agrado por las citas elocuentes le convierten en un ingenuo enamorado
de su propia imaginación. Desde aquel día invernal, cuando
se conocieron en el apartamento, los protagonistas se citarán
allí para placer de ambos y con ánimo expreso de no llegar
a conocerse. Ni nombres propios ni pasado: mantener ese supuesto lado
salvaje del ser humano que no busca formar una familia. Juegos carnales,
momentos divertidos y cariño, un batido de sensaciones irrechazable
para una chica ingenua deseosa de estrenar su falsa madurez, y todo
un desahogo para un perdedor. Sin embargo, el tiempo conseguirá
que acaben por enamorarse.
El director, Bernardo Bertolucci (El
conformista, El último emperador),
que desde sus inicios recibió gran reconocimiento por parte de
la crítica y el público, colaboró con cineastas
de la talla de Sergio Leone o Pier Paolo Pasolini.
En su última película, Soñadores
(The dreamers, 2003), rescata su ya conocido discurso contra
la represión y las tradiciones familiares léase
patriarcales; lo cuestiona, pero como en El último
tango en París, no ofrece alternativas ante este conservadurismo.
En Soñadores, la acción se traslada al París
de finales de los años sesenta, en pleno apogeo de las manifestaciones
estudiantiles ¿les suena Mayo del 68? y las consiguientes
cargas policiales. El protagonista es un muchacho recién llegado
de California recurso fácil para que nos identifiquemos
con él a quien una pareja de hermanos acoge en su casa.
Allí, los tres estudiantes inician una relación intimista
donde la imaginación, los sueños y su amor por el cine
se fusionan con el descubrimiento del placer y la desinhibición.
Con Soñadores, el director no ha conseguido el nivel de
transgresión que alcanzó con la protagonizada por Brando.
Ni siquiera obtuvo el apoyo de la crítica especializada; pero
la película resulta interesante y necesaria, dado que ataca la
quietud juvenil y el falso aire progresista que la acompaña.
Sus protagonistas, que se declaran rebeldes y comprometidos, son incapaces
de salir a la calle con aires de madurez social, y mucho menos de replantearse
los cánones familiares, establecidos férreamente en occidente
desde sus albores.
(1) XXIII Mostra de Valencia. Cinema del Mediterrani. Cicle Scandale.
(Diciembre 2002)
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