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Secretos de familia

 

Por Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

 

—¿Secretos de familia? Yo te voy a contar secretos de familia.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a explicarte cosas sobre la familia. Esa santa institución sirve para inculcar la virtud en los salvajes. Santa familia. Templo de los buenos ciudadanos. Los niños son torturados hasta que confiesan su primera mentira. Donde la voluntad se quiebra bajo la represión. Donde la libertad es asesinada por el egoísmo. Familia... dais asco. Me cago en todos vosotros... Maldita familia.

(1972, mientras Marlon Brando usa de una manera tan innovadora y peculiar la mantequilla, que muchos españoles frecuentaron raudos las salas francesas)


El vacío de un apartamento se ve truncado por la visita de un extraño inquilino. El mobiliario cubierto de sábanas y el polvo reinante adornan un paisaje inerte. Esa tranquilidad contrasta con el interior del personaje: un tipo atractivo y corpulento que arrastra una historia personal marcada por tremendos sucesos familiares —como el aún cercano suicidio de su esposa—, y cuyos recuerdos le afligen y le obligan a revivir momentos vergonzosos que bien quisiera olvidar. Necesita un escape, una salida ante aquel tormento diario proveniente de su juventud y su vida matrimonial. Un doble fracaso: uno, por una educación trasnochada; el otro, por una infidelidad incomprendida, la de su mujer con uno de sus vecinos.

A del paso del tiempo transcurrido, El último tango en París (Ultimo tango a Parigi, 1972) se ha mantenido como una obra escandalosa. En el 2002, durante la Mostra de Valencia. Cinema del Mediterrani (1), esta película obtuvo la sonora protesta del mismísimo arzobispo de Valencia, así como de otras instituciones afines a éste, quizá por el estridente «¡Me cago en Dios!» con que ésta comienza. En fin, una irrupción más de la Iglesia contra una supuesta decadencia moral, pese a la legitimidad de la Mostra en ofrecer a su público cine del bueno. La película se recuerda por su erotismo, por la falta de pudor de la cámara ante el cuerpo desnudo de Maria Schneider —quien monopoliza esas secuencias—, y casi nunca por otras cuestiones que también aborda, quizá no tan obvias, pero igual de importantes. La crítica, en general, se ha ceñido al desenfrenado deseo sexual de sus personajes en un lugar alejado de toda temporalidad y recuerdo, sin atender a que este guión buscaba romper con el sentido tradicional de lo obsceno —aun de modo machista, pues se ciñe al cuerpo de ella—, sin entender que la película, en definitiva, era un ataque en toda regla contra la institución familiar. El sexo, fundamentalmente el extra matrimonial, siempre ha sido un tema difícil; tanto que suele quedar fuera de temario en la tarea de educar a nuestros hijos. Aunque esté hoy ya superada, resulta también evidente que la fotografía pretendía desbaratar los tabúes familiares reinantes en 1972.

Nos encontramos con un protagonista que carga con un sobrecogedor hastío hacia la cordialidad y la hipocresía. Un personaje que se pregunta cómo pudo engañarle su esposa con un patán cuyas semejanzas con él eran obvias. ¿Qué pudo ocurrir para que decidiese acabar de una vez con su vida sin dar explicación alguna? Y en el análisis huye despavorido de su pasado, para darse de bruces con Jeanne. Marlon Brando —fallecido hace bien poco y recordado ahora tras dos décadas de olvido— dio vida a un personaje que sigue la estela de muchos de los que interpretó Humphrey Bogart: un tipo duro con ingratas y abundantes experiencias, revolucionario en Sudamérica, boxeador y viajero. Y ella, una burguesita dispuesta a desfogarse con aquel desconocido, a pesar de mantener una relación tan estable como pintoresca con un aspirante a director de cine: un soñador de dudoso talento, cuyo romanticismo y su agrado por las citas elocuentes le convierten en un ingenuo enamorado de su propia imaginación. Desde aquel día invernal, cuando se conocieron en el apartamento, los protagonistas se citarán allí para placer de ambos y con ánimo expreso de no llegar a conocerse. Ni nombres propios ni pasado: mantener ese supuesto lado salvaje del ser humano que no busca formar una familia. Juegos carnales, momentos divertidos y cariño, un batido de sensaciones irrechazable para una chica ingenua deseosa de estrenar su falsa madurez, y todo un desahogo para un perdedor. Sin embargo, el tiempo conseguirá que acaben por enamorarse.

El director, Bernardo Bertolucci (El conformista, El último emperador), que desde sus inicios recibió gran reconocimiento por parte de la crítica y el público, colaboró con cineastas de la talla de Sergio Leone o Pier Paolo Pasolini. En su última película, Soñadores (The dreamers, 2003), rescata su ya conocido discurso contra la represión y las tradiciones familiares —léase patriarcales—; lo cuestiona, pero como en El último tango en París, no ofrece alternativas ante este conservadurismo. En Soñadores, la acción se traslada al París de finales de los años sesenta, en pleno apogeo de las manifestaciones estudiantiles —¿les suena Mayo del 68?— y las consiguientes cargas policiales. El protagonista es un muchacho recién llegado de California —recurso fácil para que nos identifiquemos con él— a quien una pareja de hermanos acoge en su casa. Allí, los tres estudiantes inician una relación intimista donde la imaginación, los sueños y su amor por el cine se fusionan con el descubrimiento del placer y la desinhibición. Con Soñadores, el director no ha conseguido el nivel de transgresión que alcanzó con la protagonizada por Brando. Ni siquiera obtuvo el apoyo de la crítica especializada; pero la película resulta interesante y necesaria, dado que ataca la quietud juvenil y el falso aire progresista que la acompaña. Sus protagonistas, que se declaran rebeldes y comprometidos, son incapaces de salir a la calle con aires de madurez social, y mucho menos de replantearse los cánones familiares, establecidos férreamente en occidente desde sus albores.


(1) XXIII Mostra de Valencia. Cinema del Mediterrani. Cicle Scandale. (Diciembre 2002)

 

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