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La familia y una más

Apuntes sobre la estupenda Family Viewing (1987), donde Atom Egoyan comienza lo que todavía no dio por terminado: un portentoso análisis acerca de la comunicación y la ética en la familia, considerada ésta como punto neurálgico de la sociedad.

 

Por Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

 

En esta película, Egoyan nos obliga a contemplar con descaro los vídeos íntimos y caseros de una familia, y nos asombra con una fotografía basada en ellos; cualquier grabación esporádica, sea del padre de familia o sea de una cámara de seguridad, le sirve para reflexionar acerca de las relaciones interpersonales entre un padre, su hijo y la madrastra de éste. A través de estas filmaciones, las escuchas telefónicas y diferentes puntos de vista (por ejemplo desde la pantalla del televisor de su comedor), conocemos las peculiaridades de una familia normal; aunque normal puede no significar más que unos cuantos vicios, hábitos y actitudes compartidas por una amplia mayoría de ejemplos de esta institución —y que en este caso se dan por sentadas y se insiste en los matices que según parece, tienen mayor relevancia—. Pero entremos en detalle a través del análisis de los personajes.

El padre, Stan, es un ser antipático a quien acompañamos en la práctica de dos de sus aficiones, no sabemos si predilectas: una de ellas tan común como ver la televisión, en concreto los documentales sobre la vida animal, los cuales contempla desde su sillón, cerveza en mano, o desde la cocina. La otra, tan grotesca como íntima: el placer de grabar con una cámara de vídeo escenas de su vida familiar. Pero no se trata de primeras comuniones, bodas o meriendas en el campo. Graba las relaciones sexuales que mantiene con su esposa, aun sin la aprobación explícita de ésta, mientras conversa a través del teléfono con la operadora de una línea caliente.

El hijo, Van, —el auténtico protagonista de la historia— siente un gran aprecio por su abuela, a quien sus padres mantienen enclaustrada en una residencia de la tercera edad de camas adosadas unas a otras. Su sana obsesión por cuidarla —idea ésta que le induce a planear su secuestro— choca con la actitud de su padre, que no quiere traerla a casa bajo ningún pretexto. Por esta razón hijo y padre discuten, dado que sus puntos de vista son unilaterales: el padre quiere mantener su poder en casa y el hijo quiere ayudar a toda costa a su abuela, aunque sea por encima de su padre. Pero el enfrentamiento real estalla cuando Van descubre que su padre está grabando sus nuevas adquisiciones sobre las antiguas, entre las que figuraban escenas cotidianas donde aparecía su difunta madre, como si conscientemente estuviese destruyendo el pasado familiar.

El tercer vértice lo encontramos en Aline, la operadora de la línea caliente. Arsinée Khanjian ha participado en la mayoría de los trabajos de Egoyan, y aquí obtiene una actuación más que correcta, como viene siendo costumbre. Aline tiene a su madre como vecina de cama de la abuela de Van. Ella y Van simpatizan, de modo que termina por convertirse en cómplice de éste para llevar a cabo su plan de secuestro. Estos tres personajes —Stan, Aline y Van— dirigen el entramado de la historia, junto a la abuela y a la madastra. Esta última se aleja bastante del habitual arquetipo de cruel y miserable; de hecho, quizás sea el personaje más emotivo, debido a la incomprensión de su hijastro y una lamentable relación con su marido.

Como es costumbre en el cine de Egoyan, la comunicación y el lenguaje se tratan de modo especial, en un punto intermedio entre la poesía y el realismo, pero lejos de uno y otro. Esto facilita que sus películas provoquen discusiones tan interesantes como banales, y hasta pedantes. La comunicación entre los personajes, tal y como ocurre en El liquidador (The adjuster, 1991) o Calendar (1993), mantiene ese aire frío y calculador que genera un distanciamiento entre espectador y protagonistas. Es complicado identificarse con ellos, de modo que dependemos de la música y de la fotografía para lograr un objetivo, que, por otro lado, no parece ser el deseado por el director. Cabe destacar la dolorosa sinceridad de las conversaciones que mantiene Van con su madastra y Aline, o las ásperas —y objetivas—disputas con su padre, vacías de histerismo y griterío pero cargadas de una quietud espantosa. En las palabras de los protagonistas se adivina una ética contradictoria, que puede dejarnos —literalmente— boquiabiertos ante la tranquilidad con que los personajes asumen cuestiones como el incesto o el poder patriarcal, o el modo en que se actúa —en principio bajo una capa de bondad, pero con unos medios bien discutibles—.

En Calendar, Atom Egoyan, además de interpretar el papel principal, también adopta un esquema similar a Family Viewing. En este caso, un fotógrafo repasa las grabaciones de un viaje a Armenia, donde realizó un estudio sobre doce iglesias para la elaboración de un calendario. Durante la película asistimos a dichas filmaciones y contemplamos en todo momento a su mujer, traductora, y a un guía armenio que les da las explicaciones oportunas ante cada monumento. Como en la anterior película, nos encontramos ante personajes fundamentalmente pasivos, hecho reflejado de manera concisa por una secuencia del largometraje: tras insistir su mujer para que les acompañe a dar un paseo a ella y al guía, el fotógrafo elige quedarse contemplando una iglesia, con la excusa de no querer cargar con todo el equipo a cuestas. Prefiere quedarse allí, inmóvil y solo, para grabarles mientras desaparecen de su punto de vista, cogidos ambos de la mano. Todo para constatar un hecho al que no opone ninguna resistencia.

Por último, destacaría la dificultad para encontrar incluso las películas más recientes de este director. Insistir en que lo primario en el mercado es el cine que vende —rentable y de fácil concepción— resulta ya redundante, aunque en ocasiones se lancen colecciones de películas de directores de renombre (y desconocido para la mayoría). Conseguir las películas de Egoyan en castellano, aun subtituladas, resulta muy complicado; sin embargo, debido a la calidad de sus producciones merece la pena la búsqueda, por exhaustiva que ésta resulte. La familia es clave en el cine de Egoyan. Su visión acerca de los intentos de una familia por mantener guardado el pasado, como si éste pudiese almacenarse en álbumes de fotos o en grabaciones caseras, puede interpretarse como una defensa del recuerdo, pero también como una crítica feroz hacia la estupidez de quienes sueñan con un futuro incierto, recuerdan con nostalgia su pasado y olvidan un presente fugaz.

 

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