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Apuntes sobre la estupenda Family Viewing (1987), donde Atom Egoyan comienza lo que todavía no dio por terminado: un portentoso análisis acerca de la comunicación y la ética en la familia, considerada ésta como punto neurálgico de la sociedad.
Por Óscar Soler P.
El padre, Stan, es un ser antipático a quien acompañamos en la práctica de dos de sus aficiones, no sabemos si predilectas: una de ellas tan común como ver la televisión, en concreto los documentales sobre la vida animal, los cuales contempla desde su sillón, cerveza en mano, o desde la cocina. La otra, tan grotesca como íntima: el placer de grabar con una cámara de vídeo escenas de su vida familiar. Pero no se trata de primeras comuniones, bodas o meriendas en el campo. Graba las relaciones sexuales que mantiene con su esposa, aun sin la aprobación explícita de ésta, mientras conversa a través del teléfono con la operadora de una línea caliente.
El tercer vértice lo encontramos en Aline, la operadora de la línea caliente. Arsinée Khanjian ha participado en la mayoría de los trabajos de Egoyan, y aquí obtiene una actuación más que correcta, como viene siendo costumbre. Aline tiene a su madre como vecina de cama de la abuela de Van. Ella y Van simpatizan, de modo que termina por convertirse en cómplice de éste para llevar a cabo su plan de secuestro. Estos tres personajes Stan, Aline y Van dirigen el entramado de la historia, junto a la abuela y a la madastra. Esta última se aleja bastante del habitual arquetipo de cruel y miserable; de hecho, quizás sea el personaje más emotivo, debido a la incomprensión de su hijastro y una lamentable relación con su marido. Como es costumbre en el cine de Egoyan, la comunicación y el lenguaje se tratan de modo especial, en un punto intermedio entre la poesía y el realismo, pero lejos de uno y otro. Esto facilita que sus películas provoquen discusiones tan interesantes como banales, y hasta pedantes. La comunicación entre los personajes, tal y como ocurre en El liquidador (The adjuster, 1991) o Calendar (1993), mantiene ese aire frío y calculador que genera un distanciamiento entre espectador y protagonistas. Es complicado identificarse con ellos, de modo que dependemos de la música y de la fotografía para lograr un objetivo, que, por otro lado, no parece ser el deseado por el director. Cabe destacar la dolorosa sinceridad de las conversaciones que mantiene Van con su madastra y Aline, o las ásperas y objetivasdisputas con su padre, vacías de histerismo y griterío pero cargadas de una quietud espantosa. En las palabras de los protagonistas se adivina una ética contradictoria, que puede dejarnos literalmente boquiabiertos ante la tranquilidad con que los personajes asumen cuestiones como el incesto o el poder patriarcal, o el modo en que se actúa en principio bajo una capa de bondad, pero con unos medios bien discutibles.
Por último, destacaría la dificultad para encontrar incluso las películas más recientes de este director. Insistir en que lo primario en el mercado es el cine que vende rentable y de fácil concepción resulta ya redundante, aunque en ocasiones se lancen colecciones de películas de directores de renombre (y desconocido para la mayoría). Conseguir las películas de Egoyan en castellano, aun subtituladas, resulta muy complicado; sin embargo, debido a la calidad de sus producciones merece la pena la búsqueda, por exhaustiva que ésta resulte. La familia es clave en el cine de Egoyan. Su visión acerca de los intentos de una familia por mantener guardado el pasado, como si éste pudiese almacenarse en álbumes de fotos o en grabaciones caseras, puede interpretarse como una defensa del recuerdo, pero también como una crítica feroz hacia la estupidez de quienes sueñan con un futuro incierto, recuerdan con nostalgia su pasado y olvidan un presente fugaz.
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